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Nunca había tenido uno, pero esos chalecos
acolchados resultan útiles porque puedes ponértelos debajo de una cazadora
y estar abrigado sin tener que llevar un incómodo jersey grueso. Llevas un chaleco
pepero, me dijo una amiga. No tenía ni idea, pero da igual. Cuando me pongo
un fular me dicen hippie,
o rojo, si tienen mucha confianza, o si se la toman, que es peor; y a lo mejor
cuando llevo sombrero a muchos les parezco un esnob. También tengo unas gafas
con montura de pasta, y no era consciente de que las usan los hipsters
hasta que me dijeron que, como yo las llevaba, por fuerza tenía que ser uno de
estos, lo que resulta muy poco apropiado, creo, para quien vive alejado
de los núcleos urbanos y no es muy
dado a extravagancias alternativas. Qué
más da. Basta que los demás puedan encajarte en un casillero. Todo simple, que
no sencillo. Para qué pararse a pensar. Para qué decir, como Alberto Manguel en un espléndido artículo el otro día en The New York Times, que leer literatura
nos ayuda a entender las vidas ajenas, a salvar la tentación de encerrarnos en
nosotros mismos. Según parece, votar a un partido de izquierdas es incompatible
con ser patriota; de igual modo, tener cultura y sensibilidad y votar a un
partido de derechas es imposible. Pensar, y además decir, que desdoblar el lenguaje hasta el delirio
en masculino y femenino (o mejor en femenino y masculino, para no molestar; aunque también habrá quien diga que poner delante el femenino es una forma asquerosa
de machismo) te produce alipori y no contribuye a la deseable y
necesaria causa de las mujeres, te
convierte en un retrógrado. Si no eres
partidario de la independencia de
Cataluña pero entiendes que puede haber razones que no conoces o que,
aunque las conozcas y no las compartas, puedes respetarlas, es porque te
parieron pusilánime o porque, en
lugar de combatir las injusticias, prefieres ponerte de lado. La cuestión es quedarse en la cáscara y etiquetar enseguida
al que a lo mejor piensa un poco más, sólo un poco. Y mientras, ahí fuera, cada
vez más ruido.
© Andrés Pérez Domínguez, marzo de 2019
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