400 palabras

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Lo llevo claro, parece. Clarinete. Por raro que parezca con tanta gente pontificando en Instagram, escribir es algo más complicado que colgar una tontería resultona en las redes sociales, una frase o dos debajo de una foto para que los seguidores le den al corazoncito. También se puede hacer, faltaría más —y se hace, y lo hago— y algunas veces hasta tiene su gracia, pero ya digo, escribir es otra cosa. Al menos para un servidor. A mí me gusta dar vueltas, acercarme en círculos, rodear lo que quiero contar, aproximarme un poco, retirarme después, amagar sin golpear, volver por otro lado y, cuando ya parece que me he olvidado de a dónde quería llegar, intentar clavar el aguijón, como un escorpión astuto, en el corazón del lector. A veces lo consigo, a veces no. Algún día, quién sabe, el escorpión acabará picándose a sí mismo, qué le vamos a hacer. Miradlo por el lado bueno: así os libraréis de mí. Suelo evitar los caminos rectos cuando escribo. Prefiero los rodeos y estos necesitan espac...

Los huevos de Mollejo


Dani es uno de esos tipos inteligentes que hasta cuando bromea, y lo hace a menudo, dice cosas muy serias. Amigos como él son un tesoro. Basta con tener sólo unos pocos así para sentirse afortunado. La gente capaz de ironizar sobre todo lo que se mueva enseguida se gana mi simpatía y mi cariño. Si además tiene el valor de ironizar sobre sí misma, tiene mi respeto sin fisuras. Sólo la gente inteligente es capaz de carcajearse de su propia sombra. Por otro lado, son los torpes y los envidiosos quienes usan esta sinceridad irreverente para atacarlos o para definirlos ante otros por sus defectos confesados humorísticamente. Más de un amigo ha dejado de serlo por esto.
Anoche me escribía Dani para comentarme sobre el tocamiento genital de un futbolista, Víctor Mollejo, al celebrar un gol. Vaya por delante que agarrarse el paquete para celebrar un triunfo o para molestar a alguien resulta de un mal gusto inadmisible. A lo mejor porque acostumbro a tomarme con cierta frialdad y distancia las cosas buenas y las cosas malas no me gustan los extremos. La alegría, aunque sea mucha, si ha de notarse prefiero que sea en la sonrisa o en el discreto brillo de los ojos. Lo mismo me pasa con las penas. Pero si un futbolista en un momento de euforia, en el césped, se lleva la mano a la entrepierna, qué le vamos a hacer. Otra cosa fue lo de Rubiales en el palco, pero de eso ya hablamos el otro día y no me apetece repetirlo.

 Tal y como está el patio, no resulta extraño que a Víctor Mollejo le haya faltado tiempo para pedir disculpas por la celebración, pero ya se está poniendo en marcha la maquinaria inquisitorial, las denuncias, las crónicas periodísticas que señalan con premura al jugador, quién sabe si para no perder lectores, oyentes, telespectadores o anunciantes. Salirse de la corriente dominante no parece lo más rentable. No seré yo quien recomiende a nadie que arriesgue los garbanzos. Pero me preocupa esta costumbre de pedir disculpas preventivas. De sentirse en la obligación de pedirlas, más bien. Proclamar que uno no se sale de la corriente dominante, vaya, por si acaso. No es nuevo: hace siglos los conversos se afanaban en comer cerdo a la vista de todos, para que no hubiera dudas de su nueva fe. Del 11 de septiembre de 2001 conservo en la memoria una imagen reveladora: Yasir Arafat donando sangre para los heridos de las Torres Gemelas. No sólo hay que ser inocente, sino parecerlo. Tal vez así evitarás que las hordas inquisitoriales te pongan en una pira y con suerte (hasta los más radicales tienen su corazoncito) obtener la pedrea de la excomunión o una temporada tras los muros de un monasterio flagelándote cinco veces al día.

No sé cómo te atreves a escribir en público, me dijo anoche Dani. Yo que sé, tío, contesté. Me incomoda la polémica, no me gusta discutir, pero me rebelo ante la injusticia y el papanatismo. Soy prudente, pero no sería capaz de mirarme al espejo si tuviera miedo. O si lo tuviera y me paralizase. No tolero que me indiquen lo que debo hacer o lo que debo decir; o lo que no debo hacer o no debo decir. No de niño lo he consentido, así que no voy a cambiar a estas alturas. Tampoco me he sentido nunca cómodo siguiendo la corriente si no estoy de acuerdo o si tengo dudas, y casi siempre las tengo. Si uno de los tipos más brillantes que ha pisado este planeta sostenía que sólo sabía que no sabía nada, no seré tan imbécil como para contradecirlo.

Pues eso.

 

© Andrés Pérez Domínguez, septiembre de 2023

 

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