400 palabras

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Lo llevo claro, parece. Clarinete. Por raro que parezca con tanta gente pontificando en Instagram, escribir es algo más complicado que colgar una tontería resultona en las redes sociales, una frase o dos debajo de una foto para que los seguidores le den al corazoncito. También se puede hacer, faltaría más —y se hace, y lo hago— y algunas veces hasta tiene su gracia, pero ya digo, escribir es otra cosa. Al menos para un servidor. A mí me gusta dar vueltas, acercarme en círculos, rodear lo que quiero contar, aproximarme un poco, retirarme después, amagar sin golpear, volver por otro lado y, cuando ya parece que me he olvidado de a dónde quería llegar, intentar clavar el aguijón, como un escorpión astuto, en el corazón del lector. A veces lo consigo, a veces no. Algún día, quién sabe, el escorpión acabará picándose a sí mismo, qué le vamos a hacer. Miradlo por el lado bueno: así os libraréis de mí. Suelo evitar los caminos rectos cuando escribo. Prefiero los rodeos y estos necesitan espac...

Ni una puñetera foto


 

En agosto de 1987 pasé un par de días navegando en canoa por el río Shenandoah. Like the indians, fue el argumento de tres amigos norteamericanos cuando me invitaron. Remar entre montañas, ciervos pastando en la orilla, aullidos de coyotes mientras el fuego ardía junto a la tienda de campaña. Toda una experiencia a la edad que tenía entonces. Sobre todo si habías leído de niño las novelas de James Fenimore Cooper. Aún tardaría unos años en estrenarse la espléndida El último mohicano, con Daniel Day Lewis, que además se rodó no demasiado lejos de allí, pero la emoción era la misma. Paddle hard!, se desgañitaba Mark desde la popa de nuestra canoa cuando la proa enfilaba sin remedio hacia los rápidos. Alguna vez volcamos y tuvimos que nadar para recuperar las bolsas de la comida; de cuando en cuando había que remar hasta la orilla y cargar con las canoas sobre la cabeza para salvar un desnivel peligroso. De noche, estos tres tipos a los que ya no he vuelto a ver, me miraban y me hablaban de la película Deliverance (Defensa, se tituló en España).  Qué graciosillos. Si la habéis visto, entenderéis por qué lo digo, por qué resulta una broma siniestra. Si no, buscadla. Un clásico setentero, con John Boorman (el mismo de Excalibur y La selva esmeralda) a los mandos y Burt Reynolds en pleno apogeo al frente del reparto. Sólo a Robin Hood le ha resultado más oportuno un arco, creedme.

Hoy me acuerdo de aquella aventura de hace tantos años al ver, mientras desayunaba, a una mujer joven con sus dos hijos en la mesa de al lado haciéndose selfies todo el rato. Que levante la mano quien esté libre de pecado, yo el primero, pero viene esto a cuento porque de aquellos días irrepetibles en las montañas de Virginia no tengo ni una puñetera foto. Y no digo que no me gustaría, pero quién sabe si por no tenerla lo recuerdo con tanta intensidad, con tanta nitidez. Tardé mucho en usar una cámara digital. Hasta 2007 cargaba siempre con una vieja réflex que compré aquel mismo verano de la aventura en canoa, en una tienda de Washington D.C. Aún no nos habíamos globalizado, estos cacharros solían ser mucho más baratos fuera de España y antes de viajar había que buscar mucho y mirar mucho para informarte de lo que te esperaba, mirar mapas con una lupa, preguntar a quien hubiera estado allí. Pero siempre planeaba una deliciosa sensación de descubrimiento iniciático, de abrir los ojos de verdad. 

Llego a casa y busco esa vieja Canon que cumplirá 37 veranos este año. La tengo a mano, a pesar de que hace años que no la uso. No tiene carrete, pero pulso el disparador por inercia, pensando que no va a responder porque está sin pilas. Pero chasquea con la misma potencia insolente de siempre, recordándome que sigue esperándome, por mucho que me empeñe en arrumbarla. Me apresuro a sacar las pilas. Quién sabe cuánto llevan ahí. Ahora estará todo hecho un desastre, seguro que la vieja cámara ya no servirá más que como adorno. Pero qué va: todo está como debería. Ya no sé ni dónde venden carretes, si es que los venden, y mucho menos dónde se revelan, si es que se revelan. Pero cuánto me apetece meter uno en esta cámara, colgármela al hombro, hacer fotos sin poder ver el resultado, tener la curiosidad por mirarlas, la incertidumbre porque no hayan salido. Retratar lo que me plazca por el puro placer de hacerlo, sin poder caer en la tentación de colgarlo en las redes sociales. Hacer fotos de las que se tocan, como dice mi madre, siempre tan sabia. 

 

 

© Andrés Pérez Domínguez, febrero de 2024

 

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