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En los bares que frecuento me ignoran felizmente porque de tanto verme escribir soy parte de su rutina. Hace apenas dos semanas, en una de mis tabernas favoritas del Madrid de los Austrias, entre sorbos de cerveza helada y bocados al sabroso pincho de tortilla, hablaba con el camarero de la barra (siempre que puedo me acomodo en la barra) sobre otros compañeros suyos que he conocido y ya no están. Le hacía gracia que recordase sus nombres. Raúl me invitó a un chupito. Suelen hacerlo los camareros de ese bar, y también los de otros, supongo que tiene algo peculiar o incluso de asombroso (para ellos, digo, a mí me resulta muy pedestre) un cliente solitario escribiendo en un cuaderno o leyendo algo distinto a la pantalla del móvil. No es mal premio, en realidad, para un tipo con merecida fama de misántropo.
Esa mañana había hecho lo mismo cuando paré a desayunar en uno de esos bares de carretera que tanto me gustan. La libreta en la barra, tomando notas de lo que pasa y de lo que me pasa por la cabeza, por pura costumbre. Otras veces me da por dibujar. No es muy distinto, parece. La camarera se me quedó mirando tras poner el café, dudó un instante y al final me hizo esa pregunta tan incómoda. Tantos años juntando letras y me sigue dando vergüenza. Pero quizá esta vez dije la verdad porque más que una pregunta era una afirmación. En sus ojos el brillo de asombro al que nunca estoy seguro de saber corresponder. Eres escritor, ¿verdad? Asentí con timidez. Unos segundos después la chica tecleaba mi nombre en Google. Los clientes esperando y yo deseando que me tragase la tierra mientras calculaba cuántas monedas llevaba en el bolsillo para dejarlas sobre el mostrador y largarme pretextando prisa. Me dijo que había estudiado filología y conocía los títulos de algunas de mis novelas, pero tengo la mala costumbre de encajar como ditirambos el entusiasmo de los desconocidos. Quizá sea una suerte de síndrome del impostor. Resulta halagador, no me malinterpretéis, y lo agradezco, pero me siento tan vulnerable como si me señalasen por la calle mientras camino desnudo.
Inauguré el penúltimo cuaderno el cinco de enero del año pasado. Lo clausuré doscientas cincuenta páginas más tarde, a finales de noviembre. Viejos me gustan más, como la ropa, como los libros, como las películas, como las caras de algunas mujeres que se vuelven arrebatadoras, más todavía, con las huellas de lo vivido. Los prefiero con arañazos, con manchas de café, o de vermú, con grasa de mis dedos, con dibujos, con tachaduras. Tengo docenas de cuadernos donde escribo sólo para mí. El más antiguo es de 1984. Los hubo anteriores, pero los perdí. Todos son una suerte de diarios, de notas, de reflexiones, de poemas, de impresiones sobre viajes, de proyectos. Una mezcla de lo vivido y lo imaginado. De lo deseado y lo detestado. De lo conseguido y lo inalcanzado.
No acostumbro a leerlos, pero el otro día abrí uno que compré en Alemania hace más de treinta años y le mandé una foto a quien inspiró, sin saberlo, algunas de las páginas más hermosas. Pensé lo feliz que me haría que alguien me regalase algo así por Navidad, aunque fuera con tres décadas de retraso. Hace poco también mandé a una mujer la captura de un diario aún más antiguo, tanto que yo casi era un adolescente, los dos lo éramos, en el que la mencionaba sin que entonces ella pudiera imaginarlo. Hay cosas que uno no debe guardar para siempre. Con los años acabas rindiendo cuentas, está bien.
A veces me preguntan si publicaré mis diarios. No lo creo, la verdad. Pero al mismo tiempo que garrapateo cada día en un cuaderno estoy tecleando otra cosa con furia en el ordenador. Algo que no es ficción (suelo escribirla a mano), aunque tampoco es un diario (siempre los escribo a mano). Ni siquiera unas memorias, no tengo edad para eso y no creo que mis vivencias sean interesantes. Pero el impulso de escribir es tan intenso que no puedo reprimirlo. Ni quiero. Lo escribo porque me da la gana, que es la mejor de las razones para castigarte las cervicales y engordar las cuentas de resultados de las ópticas. Además, se escribe solo, o casi, y cuando el viento sopla a favor conviene largar velas y navegar. No hay más. Ya veremos si luego se publica. Ya veremos, sobre todo, si yo quiero publicarlo. Igual no porque es muy personal y ya soy demasiado mayor para desnudarme. Igual sí porque es muy personal y aún estoy en buena forma para desnudarme.
A un amigo muy querido le envié las primeras páginas. Se trataba de algo muy íntimo, ni siquiera tenía que ver con él, tenía que ver conmigo, con mis recuerdos. Sólo él las ha leído. No podía dejarlo en manos de cualquiera. Pero son las páginas que más me gustan. Además, los amigos están para soportarnos a los pesados. También mandé algunos fragmentos a varias personas muy cercanas porque escribo de ellas. Gente importante para mí. Gente especial. No menciono sus nombres: ellos sabrán reconocerse en los guiños que les dedico. Se los mando porque en el fondo necesito su beneplácito.
Lo conmovedor de estos textos íntimos, me decía mi amigo cuando leyó esas primeras páginas que le mandé, es que no hay trampa ni cartón, el artificio en el que conscientemente el lector se sumerge con las novelas. Los lectores valoramos que alguien que sabe mirar y escribir te descubra su alma sin mentiras.
Me dejó tumbado.
Sigue contando, concluyó.
Eso hago.
Seguir contando.
© Andrés Pérez Domínguez, enero de 2025

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