Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

Quinto aniversario


 

Podría empezar diciendo que no me acordaba, pero quedaría como un esnob. Claro que me acuerdo. Mañana se cumplen cinco años del confinamiento. No perdí a nadie cercano, tuve suerte. Pero también pasé miedo por los míos. Como estoy acostumbrado a pasarme muchas horas encerrado y sin hablar con nadie, mi rutina, salvo no poder ir a donde me diera la gana, no cambió demasiado. Conservo en un cuaderno las listas de la compra de mis padres y en mi cabeza los ratos tan largos en la cola de la pescadería, en la frutería; con la mascarilla y los guantes. Por pura casualidad había montado un tatami en una habitación y podía entrenar (para entrenar solo, sólo hace falta voluntad: aquí lleváis un ejemplo de por qué soy un disidente de las normas sobre la acentuación de este adverbio); escribí un par de cuentos, o quizá tres, para una colección que aún sigue guardada en un cajón; leí muchos libros y también releí La carretera, de Cormac McCarthy, lo que viene a ser como leer Tiburón 
durante unas vacaciones de verano. No es broma lo que digo: debo de llevar un masoquista dentro porque a los trece años leí Tiburón en la playa. Me bañé poco ese verano. Vi muchas películas y me dio por recomendar una del Oeste cada día en Facebook. Los héroes solitarios resultaban muy apropiados para lo que vivíamos. Me sentí muy acompañado al hablar con tantos lectores en las redes sociales. También tuve que resolver muchos problemas que prefiero reservarme, un día sentí que no podía soportar una carga tan pesada y me derrumbé, pero sólo duró un rato y al final pude: dicen que los valientes son quienes aguantan un poco más. Un día acabó el confinamiento. Acompañé a mi madre a dar un paseo, la primera vez que salía a la calle en dos meses, y al volver escribí el que para mí es uno de los artículos más emotivos que he escrito nunca. No puede ser de otra forma cuando las palabras te brotan desde tan adentro. 

Mucha gente afirmaba con alegría que de la pandemia saldría un mundo mejor. Mentira. Al final, aplaudir cada tarde a las ocho y cantar Resistiré no sirve de nada. Si eso fuera cierto, después de tantas tragedias viviríamos en un paraíso. Trump ha vuelto, lo de Israel no se acaba, hay guerra en Ucrania y en algunas tertulias de la tele los mismos zánganos se lo siguen llevando calentito por hablar de la vida de los demás. A mí la pandemia me volvió más escéptico, todavía más, si cabe, sobre la condición humana. Lo equilibra el idealismo que, no sé muy bien por qué, todavía conservo. 

 

© Andrés Pérez Domínguez, marzo de 2025 

 

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