El club de los poetas muertos

Imagen
Lo he contado muchas veces: me gusta ir al teatro cuando estoy en Madrid. Manías que tiene uno. A pesar de haber visto la película cuando la estrenaron en el cine (puede que la haya vuelto a ver alguna vez), o quizá por eso, sentía curiosidad por la versión teatral. Conservaba un recuerdo muy nítido de John Keating, ese profesor que animaba a sus alumnos a subirse a los pupitres para ver el mundo de otra manera, cambiar de perspectiva, dar la vuelta a los argumentos, desconfiar de lo que todo el mundo daba por sentado, cuestionarse a uno mismo sin cesar; pensar, en definitiva. Los buenos profesores, creo, son los que te enseñan a pensar por tu cuenta, más allá de lo que puedas aprender de memoria para aprobar un examen. Alguno tuve, por fortuna. Más de uno, en realidad. No ha estado tan mal la vida, después de todo.  No  cabía un alfiler en la representación de El club de los poetas muertos . Lo bueno de la versión teatral es que es la película y al mismo tiempo no lo es. Jua...

Quinto aniversario


 

Podría empezar diciendo que no me acordaba, pero quedaría como un esnob. Claro que me acuerdo. Mañana se cumplen cinco años del confinamiento. No perdí a nadie cercano, tuve suerte. Pero también pasé miedo por los míos. Como estoy acostumbrado a pasarme muchas horas encerrado y sin hablar con nadie, mi rutina, salvo no poder ir a donde me diera la gana, no cambió demasiado. Conservo en un cuaderno las listas de la compra de mis padres y en mi cabeza los ratos tan largos en la cola de la pescadería, en la frutería; con la mascarilla y los guantes. Por pura casualidad había montado un tatami en una habitación y podía entrenar (para entrenar solo, sólo hace falta voluntad: aquí lleváis un ejemplo de por qué soy un disidente de las normas sobre la acentuación de este adverbio); escribí un par de cuentos, o quizá tres, para una colección que aún sigue guardada en un cajón; leí muchos libros y también releí La carretera, de Cormac McCarthy, lo que viene a ser como leer Tiburón 
durante unas vacaciones de verano. No es broma lo que digo: debo de llevar un masoquista dentro porque a los trece años leí Tiburón en la playa. Me bañé poco ese verano. Vi muchas películas y me dio por recomendar una del Oeste cada día en Facebook. Los héroes solitarios resultaban muy apropiados para lo que vivíamos. Me sentí muy acompañado al hablar con tantos lectores en las redes sociales. También tuve que resolver muchos problemas que prefiero reservarme, un día sentí que no podía soportar una carga tan pesada y me derrumbé, pero sólo duró un rato y al final pude: dicen que los valientes son quienes aguantan un poco más. Un día acabó el confinamiento. Acompañé a mi madre a dar un paseo, la primera vez que salía a la calle en dos meses, y al volver escribí el que para mí es uno de los artículos más emotivos que he escrito nunca. No puede ser de otra forma cuando las palabras te brotan desde tan adentro. 

Mucha gente afirmaba con alegría que de la pandemia saldría un mundo mejor. Mentira. Al final, aplaudir cada tarde a las ocho y cantar Resistiré no sirve de nada. Si eso fuera cierto, después de tantas tragedias viviríamos en un paraíso. Trump ha vuelto, lo de Israel no se acaba, hay guerra en Ucrania y en algunas tertulias de la tele los mismos zánganos se lo siguen llevando calentito por hablar de la vida de los demás. A mí la pandemia me volvió más escéptico, todavía más, si cabe, sobre la condición humana. Lo equilibra el idealismo que, no sé muy bien por qué, todavía conservo. 

 

© Andrés Pérez Domínguez, marzo de 2025 

 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Una hermosa y apasionada historia de amor

Monze, yo también zoy andalú

Presentación en Sevilla