Miedo a caerse


Casi nunca duermo bien, pero confinado me cuesta más conciliar el sueño.  Esta noche sólo he descansado un par de horas, quizá porque no quería caer rendido al amanecer y despertar cuando ya fuera demasiado tarde para acompañar a mis padres a dar un paseo. Llevan 49 días sin pisar la calle. Me pregunto si mi madre ayer se puso una redecilla con rulos para estar presentable cuando saliera hoy. La llamo para preguntarle si está preparada y voy a buscarla. Mi padre no quiere venir. Le digo a mi madre que procure no caminar cerca de las paredes para evitar tocarlas. Voy a un par de metros de ella, por si aparece la policía, no tengo ganas de dar explicaciones, pero insiste en que me acerque. Si nos llaman la atención diré que tienes que estar a mi lado por si pierdo el equilibrio. No tarda en quedarse sin aliento. Son demasiados días encerrada. Se sienta en un poyete. No toques nada, le digo, procurando no parecer imperativo. Hago todo lo que puedo por ser amable y paciente con ellos, sonreír cuando me recriminan por no comprar exactamente en el mercado lo que me han pedido, pequeños e inevitables roces domésticos. Nada grave. 
Hace unos días tuve que llevar el coche de mi padre al taller. De no usarlo se había quedado sin batería. Cuando lo arreglaron me dijo que quería probarlo. Le pedí que no lo hiciera. No sé quién habrá tocado el coche, argüí. Es peligroso. Humilló la cabeza y se sentó, compungido, como un niño castigado injustamente. No creo haberme sentido peor en todas estas puñeteras semanas.
No te preocupes, me lavaré bien las manos cuando llegue a casa, responde mi madre. Hace mucho calor y está cansada. Le propongo que se quede ahí mientras voy a buscar el coche para recogerla, pero insiste en continuar. Mi madre es mucho más fuerte de lo que aparenta. Mucho más que yo. Mi padre también. No puedes ocuparte tanto de nosotros, replica. Ya tienes sobre tus hombros una carga demasiado pesada. 
Llevo casi dos meses encargándome de hacer la compra, recados, haciendo cola en el banco para tratar de achicar agua en este barco que se va a pique, intentando hablar con gente que jamás se pone al teléfono. 
Los tres formamos un buen equipo, contesto. Y en los equipos todos desempeñan un papel. Esto es lo que toca ahora. En la vida casi nunca ruedan las cosas como quieres. Pero así no puedes escribir. ¿Escribir? Sigo escribiendo, no te preocupes, mamá. Escribir es un juego, una apuesta que la mayoría de las veces no compensa, y cuando compensa la alegría dura demasiado poco. ¿Qué importa ahora escribir?
Cuando termina el paseo de mi madre, le propongo de nuevo a mi padre que salgamos, pero vuelve a declinar el ofrecimiento. Tengo miedo a caerme. La respuesta me recuerda al gran Manuel Alcántara. Ser viejo es tener miedo a caerse, decía.
Tienes las gafas empañadas, me dice mi madre, desde la puerta. Es la mascarilla, respondo, dándole la espalda. La mascarilla y este calor. 

© Andrés Pérez Domínguez, mayo de 2020

Comentarios

faroukdiaz ha dicho que…
Andrés eres un gran contador de emociones.No había leído este relato de tus padres. Me parece genial, me llega al alma.Me dan ganas de salir corriendo e irme a pasear con ellos. Sabes que este tema entra en mí como si de un vaso de agua fresca a un sediento le dieras. Enhorabuena por ser tan especial y por ese espíritu de escritor que empapa toda tu vida. ¡Qué suerte conocerte y leerte!El confinamiento también ha hecho aflorar mis sentimientos ....y además sin "poder pasear" a mis padres. Gracias por todo lo que nos das.
Andrés Pérez Domínguez ha dicho que…
Muchas gracias, querida. Soy yo quien tiene que dar las gracias por tener lectores como tú. Un beso.

Entradas populares de este blog

Hola y adiós

El que apaga la luz

Nadar hasta que pueda