Eclipse II

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A las seis de la mañana estoy tecleando con la furia incombustible del conejito de Duracell. Me he despertado muy temprano y ya no consigo dormir. Tengo los ojos como si me los hubieran frotado con papel de lija porque me acosté tarde tras cenar con un puñado de viejos amigos.  Toca acompañar al hospital y a media mañana ya estoy en la sala de espera. Serán, como siempre, muchas horas por delante y también la puñetera incertidumbre con la que aprendes a vivir, no queda otra, cuando las cosas no dependen de ti. Atravieso la hora del almuerzo, indiferente, leyendo un poco. El menú de la cafetería no me estimula, pero tampoco me arranca un lamento por no comer. Hace tiempo que, para sobrellevar estos días tan largos, me acostumbré a una pequeña recompensa: cuando vuelvo a casa me doy un homenaje. No es gran cosa. Me conformo con poco. Sólo hay que esperar. Al final todo llega. Aunque sea de forma extemporánea. Pasan de las seis de la tarde cuando aparece, por fin, el momento del hogar...

Eclipse

Los eclipses me encantan en las novelas o en las películas. Mi favorito es cuando Hank Morgan, el protagonista de Un yanqui en la corte del rey Arturo, se salva de ser quemado vivo en el último momento porque anticipa un eclipse de sol y consigue que los brutos caballeros de la Tabla Redonda le perdonen la vida. Algo parecido ocurre en Apocalypto, la espléndida película de Mel Gibson: el eclipse interrumpe un sacrificio en lo alto de la pirámide y a partir de ahí empieza lo bueno.

Y luego está la historia, la de verdad. La de Cristóbal Colón. En 1504, durante su cuarto viaje, cuando se encontraba varado en Jamaica, los indígenas habían dejado de suministrar comida a los españoles. Colón sabía que iba a producirse un eclipse lunar y utilizó sus tablas astronómicas para anunciarles que su dios estaba enfadado y que la Luna desaparecería como castigo. Cuando el eclipse comenzó los indios se asustaron y volvieron a alimentarlos. Colón era un tipo la mar de astuto, vaya que sí. No dudo que los momentos citados más arriba de Un yanqui en la corte del rey Arturo y Apocalypto sobre todo la primera beben de esa vieja historia del eclipse utilizado por el almirante de la mar océana para impresionar a quienes no conocen lo que va a suceder, aunque cada una la adapta a su propio universo.

En realidad, lo que quiero decir, y a ver si lo digo ya, es que el eclipse de hoy me importa tres cojones. Uno, dos y tres. Cada uno detrás del otro. Lo afirmo sin despeinarme no podría, aunque quisiera―, tras ver ayer en el telediario una tienda que había vendido miles y miles de gafas especiales para contemplarlo. Alojamientos turísticos desbordados, caravanas, camisetas con eclipses serigrafiados, chocolates conmemorativos y no me extraña que hasta llaveros con la luna tapándole el ojo al sol. Me parece estupendo que la gente gane pasta y que cada cual emplee su tiempo como le salga de donde podéis imaginar. Y seguro que un eclipse de sol es fantástico. Alguno he visto.

Pero no sé. Quizá sea que vivo mejor instalado en la ficción que en la realidad. Igual me interesan más los eclipses cuando sirven para salvarle el pellejo a un personaje, detener un sacrificio o permitir que le den de comer a la tripulación de un navegante astuto.

Paren el mundo, que me bajo, decía Groucho.

Pues eso.


Agosto de 2026


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