De succiones genuflexas

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No me voy a andar por las ramas. Creo que la ocasión lo merece. Al que le guste, bien, y al que no, pues nada, me alegro. No tenía ni idea de la polémica que se había desatado. Bastantes cosas tengo a mi alrededor, y bastante más importantes, como para andar pendiente de según qué asuntos. Pero esta mañana me he enterado de que Javier Tebas, presidente de la liga española, había pedido perdón a los chinos. En chino. Así que me he puesto a escarbar un poco, por pura curiosidad.  A estas alturas ya sabréis lo ocurrido, pero por si acaso, os lo cuento. Parece que Mbappé, el jugador del Real Madrid, durante una entrevista recordó un meme en el que aparecía su cara sobre la imagen de Mao Zedong (yo sigo prefiriendo Mao Tse-tung, pero allá cada cual con sus gustos). Al comentar el montaje dijo que se trataba de un tipo que creía que era un dictador chino. Ni siquiera pronunció su nombre, igual hasta ni lo sabía. Contó también que utilizaba la imagen para bromear con sus amigos. Como cu...

Eclipse

Los eclipses me encantan en las novelas o en las películas. Mi favorito es cuando Hank Morgan, el protagonista de Un yanqui en la corte del rey Arturo, se salva de ser quemado vivo en el último momento porque anticipa un eclipse de sol y consigue que los brutos caballeros de la Tabla Redonda le perdonen la vida. Algo parecido ocurre en Apocalypto, la espléndida película de Mel Gibson: el eclipse interrumpe un sacrificio en lo alto de la pirámide y a partir de ahí empieza lo bueno.

Y luego está la historia, la de verdad. La de Cristóbal Colón. En 1504, durante su cuarto viaje, cuando se encontraba varado en Jamaica, los indígenas habían dejado de suministrar comida a los españoles. Colón sabía que iba a producirse un eclipse lunar y utilizó sus tablas astronómicas para anunciarles que su dios estaba enfadado y que la Luna desaparecería como castigo. Cuando el eclipse comenzó los indios se asustaron y volvieron a alimentarlos. Colón era un tipo la mar de astuto, vaya que sí. No dudo que los momentos citados más arriba de Un yanqui en la corte del rey Arturo y Apocalypto ―sobre todo la primera― beben de esa vieja historia del eclipse utilizado por el almirante de la mar océana para impresionar a quienes no conocen lo que va a suceder, aunque cada una la adapta a su propio universo.

En realidad, lo que quiero decir, y a ver si lo digo ya, es que el eclipse de hoy me importa tres cojones. Uno, dos y tres. Cada uno detrás del otro. Lo afirmo sin despeinarme ―no podría, aunque quisiera―, tras ver ayer en el telediario una tienda que había vendido miles y miles de gafas especiales para contemplarlo. Alojamientos turísticos desbordados, caravanas, camisetas con eclipses serigrafiados, chocolates conmemorativos y no me extraña que hasta llaveros con la luna tapándole el ojo al sol. Me parece estupendo que la gente gane pasta y que cada cual emplee su tiempo como le salga de donde podéis imaginar. Y seguro que un eclipse de sol es fantástico. Alguno he visto.

Pero no sé. Quizá sea que vivo mejor instalado en la ficción que en la realidad. Igual me interesan más los eclipses cuando sirven para salvarle el pellejo a un personaje, detener un sacrificio o permitir que le den de comer a la tripulación de un navegante astuto.

Paren el mundo, que me bajo, decía Groucho.

Pues eso.


Agosto de 2026


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