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Oye, chaval

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A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

El valor del tiempo

Ya estamos en marzo. Si no fuera un tópico recurriría a la socorrida frase de “cómo pasa el tiempo”. Aunque, ahora que la he pronunciado, es justo que reconozca que he caído en la trampa del tópico manido y la he dicho porque no se me ha ocurrido otra mejor. Cómo pasa el tiempo. Es que es verdad. Cómo pasa el tiempo. Hace apenas un pestañeo estaba hablando delante de este micrófono de la Nochebuena, de la fiesta de Nochevieja, de la locura de las rebajas, y ya han pasado dos meses. En mi estantería todavía quedan restos de los adornos navideños con los que mi sobrina de seis años le dio un toque festivo al estudio y, aunque no quiera darme cuenta, aunque me pese reconocerlo, quedan menos de tres semanas para la primavera, hay días que luce el sol y hay días en los que el viento azota sin piedad los cristales de las ventanas, signos inequívocos del cambio de estación que se avecina. El tiempo. El tesoro más preciado. Podemos perder dinero y volver a ganarlo, podemos perder nuestra casa...

Peripatético

No sé. Será quizá que andamos necesitados de héroes o es que padecemos algún complejo de inferioridad atávico, pero, por mucho que les pese a los políticamente correctos, nos hemos caído con todo el equipo. Hace pocos días nos resbalaban las lágrimas de emoción por las mejillas, extasiados ante las exhibiciones de Johann Muehlegg y sus mocos congelados al traspasar la línea de meta y, apenas transcurrido un pestañeo, el deportista teutón ha pasado de la cima al ninguneo con la misma velocidad que la darbepoetina imprimía a su cuerpo de atleta. El caso de Juanito es especialmente delicado: basta con apuntar que, por muchas banderas y por muchos vivas al país que le paga, no parece tan español como los que se han criado y desarrollado toda su carrera aquí para que cierta gente muy dada a los eufemismos y a la corrección hipócrita recurra al argumento aburrido de la discriminación. Porque, vamos a ver, comparar a Muehlegg con los inmigrantes que se juegan la piel al cruzar el Estrecho es ...

Los nombrecitos

Desde luego, hay veces que leo el periódico y me cuesta un rato discernir si estoy leyendo las páginas de sociedad, las de sucesos, incluso las de cultura, o si ahora las bromas, para hacernos la vida más amable o para entretenernos, no sólo se cuelan en la prensa el día de los Inocentes. Ya escribía el otro día sobre los Diez negritos de Agatha Christie, pero la misma ternura me había provocado la metedura de pata del gobierno respecto a la reunión de Felipe González en Marruecos o el desembarco de los chicos de la Royal Navy en La Línea, con sus GPS y sus rostros aguerridos bajo las cremas de camuflaje. Pero está visto que para desentumecer las ternillas no hay más que hojear un periódico soslayando los prejuicios para que el estupor ceda sitio a la más limpia de las carcajadas. Resulta que el padre de un recién nacido en Granada, sin duda seguidor inquebrantable de Operación Triunfo, ha querido regalar a su hijo el nombre insigne de David Bustamante, así, como suena, el nombre compu...

En busca del tesoro

Cada vez es peor. Desde los agitados años anteriores a la Expo 92, no recuerdo un caos circulatorio ni una afán por las obras rayano en lo patológico como el de ahora. Y de los accesos a la ciudad, mejor ni hablar, porque, llegar a la altura de la curva de la Pañoleta bajando desde la autovía de Huelva, se convierte, a determinadas horas del día, en una peligrosa carrera de obstáculos en la que dos ojos resultan insuficientes para estar al tanto de los coches que han puesto la doble intermitencia en mitad de un tramo con escasa visibilidad y al mismo tiempo controlar en los retrovisores la furgoneta que tienes pegada al culo, dándote ráfagas con las luces, o el camión intrépido que se abre camino por el carril de la derecha, como si el atasco no fuera con él. Dado lo arriesgado del asunto, y a pesar de tener el fervor religioso bajo mínimos desde la primera comunión, hay veces que, sin saber muy bien por qué (o tal vez sí), se santigua uno al ponerse al volante. Menos mal que ahora, co...

Una gota en el mar

Cuando se apagan las luces y la platea se queda a oscuras me afecta una sensación idéntica al momento de sentarme en mi sillón de orejas preferido con una novela. Al cabo, de lo que se trata en estos dos momentos mágicos es de asistir una buena historia, que el tiempo pase sin darme cuenta y que al encenderse las luces de la sala o al cerrar el libro tenga uno la sensación de que el tiempo invertido haya merecido la pena, de sentirse mejor con uno mismo y tal vez haber aprendido algo. Las buenas historias son las que uno inicia con expectación y culmina con satisfacción, pero no siempre es fácil dar con ellas. Por desgracia, a veces cuesta tanto encontrarlas como a una gota en el mar. Un miércoles, día del espectador, encuentro la única sala en Sevilla donde ponen En la ciudad sin límites , una película española recién estrenada. Sólo estamos cuatro personas fascinadas por una historia mágica de intrigas familiares, de rencillas, de engaños, de codicia, de complicidad entre un padre en...

Contrastes

Casi no hemos tenido tiempo de recuperarnos de las Navidades y el hermoso rostro de Nuria Roca se ha convertido en la imagen de las rebajas. No habíamos terminado de buscar la sorpresa en el roscón de Reyes cuando los grandes almacenes anunciaban su apertura en día festivo para acoger la avalancha de gente que se aposta en la puerta, dispuesta a emprender una carrera, no menos intensa y arriesgada que la de Oklahoma , para hacerse con las primeras gangas. Que andemos metidos en tiempos acelerados lleva aparejado, a poco que uno se fije, un sinfín de contrastes. Aún no han pasado veinticuatro horas desde que han terminado las fiestas navideñas y no sólo tenemos rebajas hasta en la sopa, sino también toda una suerte de anuncios de fascículos para coleccionar objetos, ya no absolutamente inservibles, sino del todo inverosímiles o inauditos. Pero aquí no terminan los contrastes, ni mucho menos: resulta de lo más ilustrativo pasear por la ciudad la noche del seis de enero, sólo veinticuatr...

La hora de los valientes

La hora de los valientes Había que ser valiente, pero no de mentirijillas, sino valiente de verdad, para negarse a llevar el uniforme, ser llamado a filas y no presentarse y además, para completar la pirueta heroica, no hacer tampoco la prestación social sustitutoria . Al principio se los consideraba unos asociales, gentuza que faltaba al respeto de los otros jóvenes que cumplían con el deber sagrado de servir a la patria. Pero, con el tiempo, su reivindicación ha sido entendida: negarse a empuñar un arma es un opción tan digna o tan legítima como sentirse orgulloso de enfundarse en un uniforme, y del mismo modo que la vocación castrense, también debe ser respetada. Desde el pasado veinte de diciembre, el servicio militar obligatorio ya no existe. Los últimos soldados de reemplazo dijeron adiós a los cuarteles antes de Navidad, pero aún hay un puñado de irreductibles que, en el mejor de los casos, siguen regresando cada noche a dormir a la prisión o, los más desafortunados, aún se enc...