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Oye, chaval

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A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

Cámaras

Cámaras Todos lo hemos hecho alguna vez: después de pasar la tarjeta de crédito por la ranura, se ha abierto la puerta del vestíbulo del banco y, antes de introducir el rectángulo de plástico en el cajero automático nos hemos quedado mirando la cámara que nos observa, impasible, como un ojo electrónico, indiferente, o hemos sacado la lengua al mirar nuestra propia imagen vista desde arriba en el monitor que nos advierte o nos recuerda que estamos siendo grabados. Nuestros movimientos quedan inmortalizados por las cámaras más veces de las que nos damos cuenta. O de las que queremos darnos cuenta, porque si uno se para a pensar cuántas veces al cabo del día sus movimientos son grabados, observados, analizados por alguien, puede que se encerrase en casa bajo llave, se tapase con una manta gruesa y ocultase la cabeza bajo la almohada sin tener todavía la certeza de estar a salvo, temiendo que alguien que ponga el empeño suficiente para encontrarlo, podría averiguar en qué lugar exacto de s...

Karate y Literatura

Karate y Literatura Como todos los que me soportáis cada miércoles sabéis, me dedico a escribir. A escribir cuentos, a escribir novelas, a escribir estos artículos con los que Óscar Gómez me deja que os castigue el oído cada semana. Pero hoy no voy a utilizar este micrófono para hablar de libros o para comentar la actualidad desde una perspectiva literaria. Hoy quiero hablaros de artes marciales. En realidad, os voy a hablar del único arte marcial que conozco un poco. Hoy os voy a hablar del karate. Porque resulta que, ser escritor en ciernes y ser karateca aficionado es bastante parecido. Sí, no arruguéis el entrecejo todavía, que ahora mismo cuento por qué: para la mayoría de quienes no escriben, la idea de un escritor es la de un ser ausente, un ser distante, un ratón de biblioteca con telarañas colgándole como guedejas de las patillas de las gafas con las que mantiene a raya su miopía. Cuando se es escritor —o cuando uno se encuentra en el camino de tratar de serlo, como es mi caso...

Esos objetos del deseo

En una estupenda película de Anthony Mann, Winchester 73 , un famoso y preciso rifle se convertía en la obsesión de sus protagonistas: el rifle, como las falsas monedas, pasaba de mano en mano, de las de James Stewart a las de un bandolero, a las de un jefe indio interpretado por un insólito Rock Hudson. A todos les sucedía lo mismo: la obsesión por conseguir el magnífico Winchester 73 les llevaba a robar, a matar, a traicionar con tal de conservar el rifle. Algo muy similar, ahora que lo pienso, a lo que les ocurre a los personajes de la trilogía de Tolkien con el anillo. Todos los que lo ven, todos los que lo tocan, todos los que se encuentran cerca de él o saben que existe caen bajo su influjo sin remedio y no cejarán hasta apoderarse de él. Resulta fascinante el poder que ciertos objetos ejercen sobre nosotros: un jarrón, un tocadiscos antiguo, un disco de vinilo, la primera edición de una novela de nuestro autor favorito, una decicatoria, un autógrafo, un trofeo, la copa donde be...

La guerra chica

Durante varias semanas se han celebrado en el municipio sevillano de Tocina unas jornadas sobre el exilio y la posguerra: Jornadas de investigación y debate sobre represión, exilio y posguerra, ha sido su nombre exacto. Mañana se clausuran y, no sólo me gustaría enterarme de que la asistencia ha sido masiva, sino que me alegraría mucho saber que la experiencia se va a repetir en muchos más sitios. Durante la Transición —de hecho, hasta hace muy poco— hubo un pacto de silencio que relegó al olvido a la mayoría de quienes gastaron su vida en el monte, a escondidas, como bandoleros, y luego en la cárcel, o, los más afortunados, en el extranjero. Yo me acerqué hasta Tocina para tener la oportunidad de ver a algunos de ellos: José Murillo, el comandante Ríos, es un cordobés casi octogenario que aguantó 9 años en el monte y después otros 15 en las cárceles. Habló el comandante Ríos de las cinco balas que lleva como recuerdo en un hombro. Esas balas que cuando estuvo preso no se las quisieron...

Primos segundos

Supongo —o, mejor dicho, espero— que a estas alturas nadie dudará ante el hecho más que evidente de que el hombre desciende del mono. O, para ser más exactos, que los humanos y los monos tenemos un antepasado común que debío de patearse las tierras de África hace unos cuantos millones de años. A Darwin se le echaron encima los pensadores más rancios de su época cuando publicó El origen de las especies en el siglo XIX y me temo que, en pleno siglo XXI, a más de uno aún le gustaría pensar que el hombre no desciende del mono —o que no tiene un antepasado común—, que estamos aquí porque una varita mágica nos ha rozado para insuflarnos vida e inteligencia. Discusiones teológicas aparte —porque no voy por ahí—, basta con mirar las caras de algunos para asumir nuestros nuestros orígenes y basta también con mirar algunas jaulas del zoo para que quienes están al otro lado de los barrotes se den cuenta de cómo han evolucionado, o mejor, de cómo han degenerado en sólo unos pocos millones de años....

El académico Pérez-Reverte

Cómo pasa el tiempo. Yo lo descubrí hace diez años, en 1993, cuando apareció por las librerías El club Dumas. Por aquí tengo el libro, con las imágenes de D` Artagnan, Porthos, Athos, Aramis y el ladino cardenal Richelieu. Ahora sus novelas ocupan una buena porción de mi estantería, pero hace diez años sólo lo conocía de verlo micrófono en mano contándonos la Guerra del Golfo y luego la de los Balcanes. Sabía que era el autor de la novela en la que Pedro Olea se había basado para rodar El maestro de esgrima, pero aún no me había atrevido a hincarle el diente a un libro suyo. Y me enganchó, claro. No sólo con esa novela, sino con casi todas las que ha escrito. Como lector hay algo que no le perdono a un libro: que no sea entretenido. Y las novelas de Arturo Pérez-Reverte son entretenidas. Mucho. Se percibe y se agradece el trabajo exhaustivo de documentación y unos personajes escandalosamente bien creados. Lo que, desde mi humilde punto de vista como lector, debe tener una buena novela....

Vientos de guerra

Algunos dicen que la guerra con Irak no es inevitable. A mí, sin embargo, me gusta pensar que todas las guerras —la de Irak, incluso la de Troya— son evitables. Y tengo la sensación de que mucha gente piensa lo mismo que yo: que Bush y los suyos necesitan cualquier excusa para ordenar a los aviones que empiecen a arrojar bombas —otra vez— sobre Bagdag. Claro que el mandamás de los iraquíes no es ningún santo, pero tampoco lo es nadie, creo, en estos tiempos —no lo soy yo, y seguro que tampoco lo es el presidente de Estados Unidos: ¿lo es alguno de ustedes?—. El actor Sean Penn ha demostrado hace pocas semanas su talante comprometido visitando Bagdag, recorriendo los hospitales de la capital iraquí, igual que los futbolistas lo hacen en Navidad, para aportar su granito de arena en contra de esta guerra absurda. Por desgracia, me temo que el gesto admirable de Sean Penn —igual que las manifestaciones de otros actores en Estados Unidos en contra de la decisión de atacar Irak— caerá en sac...