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Oye, chaval

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A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

Un viejo dibujo

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Aprovecho la mañana del domingo postcumpleañero para ordenar las estanterías. O al menos intentarlo. Los libros nunca son demasiados, pero tengo tantos que están repartidos por varias habitaciones, papeles que se multiplican como en un milagro bíblico, cajas que al abrirlas parecen la chistera de un mago porque de su interior brotan objetos que creía perdidos para siempre. En plena faena me he reencontrado con un viejo cuaderno de apuntes de filosofía, de 1986, cuando estudiaba tercero de BUP. Más que ver mi letra y mis notas de hace veintisiete años me ha hecho ilusión encontrarme con el dibujo de la portada. Cuando estaba en el instituto acostumbraba a decorar los cuadernos con mis propios dibujos. No puedo estar seguro, pero creo que éste lo copié de una historieta de Torpedo , aquel personaje dibujado por Jordi Bernet que me gustaba tanto. O quizá no sea un personaje de las historias de Torpedo , pero tiene ese estilo. Hace mucho que no dibujo, salvo en las dedicatorias de mis...

Obsolescencia programada

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En un rincón de un armario de la casa de mis padres he encontrado un viejo ventilador. Pequeñajo, chato, aspas azules, protector metálico un poco oxidado, botón redondo, una de las esquinas de la base desportillada por el paso del tiempo o un accidente y un cable terminado en un enchufe tan antiguo que lo primero que pienso es que, si logro encajarlo en alguna parte, se fundirán los plomos de la urbanización. Recuerdo perfectamente este trasto, hace más de treinta años, cuando los aparatos de aire acondicionado se antojaban un lujo raro y, si los había, eran unos armatostes empotrados en la pared por un albañil. Mi madre me cuenta que ese ventilador es aún más viejo de lo que pienso, que probablemente ya era de la familia antes de que yo naciera. Hasta donde yo puedo recordar este chisme fue un alivio del calor de muchas tardes de verano. No soy dado a la nostalgia, pero no he podido evitar encender el viejo ventilador. Si es cierto eso que dicen de la obsolescencia programada, el...

Daniel Mordzinski

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Como llevas asomándote a su trabajo desde hace años, esas fotos singulares de escritores (Vargas Llosa, Benedetti, Gelman, Sampedro, Cabrera Infante, Salman Rushdie, Borges, García Márquez …), cuando te escribe Daniel Mordzinski para decirte que estará el fin de semana en Sevilla y le gustaría retratarte no puedes sino cancelar cualquier plan veraniego que tengas para citarte con él y ponerte en sus manos. El sábado ha amanecido nublado, pero por la tarde hace mucho calor a la hora en que hemos quedado en el hotel. Tengo curiosidad por lo que sucederá cuando tenga que posar. Si miras sus fotos, sabes que con Mordzinski nunca puedes estar seguro: a algún escritor lo he visto tumbado en la cama, saltando desde una fuente, tirado en el suelo o cerrando los ojos mientras el fotógrafo hace su trabajo. Son fotos peculiares, me explicará Daniel más tarde. Fotinskis es el nombre con que las bautizó Enrique de Hériz. Le he sugerido que nos acerquemos hasta el puente de Triana. Es un ...

Las ideas en movimiento

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Una de las primeras cosas, y quizá de las más sorprendentes que descubrí cuando empecé a escribir, es que las mejores ideas casi nunca te vienen a la cabeza al sentarte en un sillón y pensar sesudamente, sino que estar atascado en el esbozo de los capítulos de una novela (yo no suelo sufrir el temido bloqueo de escritor, pero si me pasa, es al diseñar la trama, muy al principio, nunca cuando estoy arremangado escribiendo) es como buscar una y otra vez algo que has perdido, o estrujarte la cabeza intentando recordar el título de una película o dónde has visto una cara. Casi siempre las cosas que uno deja olvidadas tontamente en cualquier rincón de la casa aparecen por casualidad cuando has dejado de buscarlas, y cuando ya no sientes la presión de tener que recordar algo es cuando por fin te viene a la cabeza, con tal nitidez que terminas sintiéndote un estúpido por creer que lo habías olvidado. Ando esbozando la trama de una novela muy compleja, y aunque tengo claro buena parte de...

Los padres de Supermán

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Llevo media vida esquivando los multicines y buscando las salas de toda la vida con agradable olor a rancio y butacas viejas y mullidas y acaso con muelles oxidados, pero  hasta ayer  nunca me había dado pena entrar en un centro de salas múltiples. A una hora punta la taquillera manipulaba distraída la pantalla de su móvil porque no había clientes que atender y, al subir, la misma chica que vendía las palomitas y los refrescos me picó la entrada. Otra barra inmensa y desierta junto a las quince salas indicaba que algo no iba bien. Los servicios enormes, vacíos, las hileras interminables de urinarios sin mácula más por falta de uso que por haberlos limpiado concienzudamente. Aún tengo el ceño fruncido cuando entro en una sala vacía y no quiero sentarme. No creo que merezca la pena proyectar una película sólo para mí. Prefiero decirlo y devolver la entrada, si se puede. Pero me alivia la culpa una pareja con un paquetón de palomitas y unos refrescos. Son las nueve y media d...

La costumbre de ganar

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Dentro de un par de horas España se va a enfrentar a Brasil en la final de la Copa Confederaciones, que aunque aún no tengo muy claro qué competicón es no pienso perderme el partido. Por lo visto hoy se cumplen cinco años de la victoria de la selección española en la final de la eurocopa en Viena. Parece que cinco años no son muchos, pero si yo miro cuántas cosas me han pasado desde entonces se me antoja una vida, y más me parece estar en lo cierto cuando he visto esta tarde en el telediario a unos niños convencidos de que, como siempre, hoy la selección española de fútbol saldrá victoriosa del enfrentamiento con Brasil. Será porque me hago mayor veo a los chavales en la tele y se me dibuja en la cara una sonrisa escéptica, como si ya, qué más quisiera yo, estuviera de vuelta de todo. Después de los éxitos de los últimos años supongo que lo más fácil para cualquier crío es pensar que somos invencibles y que al final, hagamos lo que hagamos y por muy difíciles que se nos pongan las...

Un hilo del que tirar

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Cada vez que empiezo a escribir una nueva novela me acuerdo de una frase que le leí al gran Isaac Asimov hace muchos años. Veinticuatro años, para ser exacto, según reza la fecha en que compré el libro donde el autor de una de mis series de novelas favoritas, Fundación , explica lo que significa ser un escritor prolífico: “Una vez que la sensación de estar escribiendo bazofia desaparece de la boca del estómago, se desvanece la mayor parte del desagrado asociado con la tarea de escribir”. Llevo alrededor de cien páginas escritas de mi nueva novela y, como siempre, no me queda otra que dar la razón al maestro Asimov mientras saco de la estantería su libro. Durante buena parte del proceso de escritura, sobre todo en las primeras semanas, uno no puede evitar la sensación incómoda, quizá no de estar escribiendo bazofia ―aunque eso tampoco significa no estar escribiendo bazofia―, sí de pensar que lo que tantas horas y tanto trabajo te está costando sacar adelante al final pueda no i...