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Oye, chaval

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A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

La isla mínima

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Salto felizmente estas semanas de un estreno español a otro. Después de ver El niño , incluso antes de ir a verla, me picaba la curiosidad por la nueva película de Alberto Rodríguez . Aun sin quererlo, no podía evitar compararlas anticipadamente, puesto que eran dos historias de policías que suceden en Andalucía . Localismos aparte, de los que no soy amigo, es de celebrar que un par de películas cuyas tramas suceden al sur de Despeñaperros hayan suscitado tanta expectación. Salí de la proyección de El niño encantado, con el orgullo castizo que uno siente cuando un español te demuestra que aquí se puede hacer lo mismo que al otro lado del océano con la décima parte de dinero y el triple de talento. Pero me mosqueaba un poco que el listón estuviera demasiado alto y cuando fuese a ver La isla mínima no fuera igual.  Me equivoqué. Anoche, cuando aparecieron los créditos, tenía la sensación de haber disfrutado una obra maestra . Ya sé que mi calificación podrá parecer excesiva a ...

Un cuento chino

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  Ya no sé qué  milonga  nos quieren vender con la recuperación económica . Salvo contadísimas excepciones (incluidos banqueros y dueños de multinacionales , que viven en otro mundo, el suyo), el que más y el que menos lleva cinco o seis años haciendo juegos malabares para tapar agujeros y llegar a fin de mes, y si todavía alberga esperanza de recuperarse a medio plazo es por eso tan humano de creer, sin fundamento, que tal vez mañana las cosas irán mejor. Escribo esta entrada muy cabreado, con el correo recién leído de un amigo periodista ―otro más― al que le han dicho que se busque la vida después de media vida dejándose las pestañas en la empresa, a una edad en la que es difícil reciclarse. Una edad en la que, después de haberse deslomado durante años, al menos debería avizorar la hora de la jubilación en el horizonte con la tranquilidad que se merece. ¿Pero qué hemos hecho mal?, se pregunta mucha gente que no ha especulado con el dinero de otros, no ha engañ...

El médico alemán

  Casi siempre que termino una novela , mi agente o el editor que corresponda me sugieren que cargue un poco más las tintas en la acción o la intriga. Incluso algún colega me dijo una vez, hace años, que el problema de una novela mía es que “era demasiado buena”. Se refería a que tenía voluntad literaria, algo que, al parecer, ni la gran masa de lectores, ni él, por supuesto, apreciaban. Venderías  el triple si hubiera más tiros , más persecuciones y más sexo , añadió. No me lo invento. Palabra. Y tampoco le doy importancia. A veces resulta raro, y divertido, que a uno lo consideren un autor de novelas de intriga cuando lo que más le preocupa es explorar lo que les pasa a los personajes por dentro, pero ésa es otra historia. Mis lectores saben -espero- que la intriga, si la hay, es una excusa para que la historia avance mientras me entretengo en explorar otros asuntos.  La cuestión es que como escritor, como lector y como espectador prefiero las historias interesa...

La clave Pinner, décimo aniversario

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Hace diez años, en septiembre, estaba muy atareado. Llevaba cerca de una década escribiendo y aún no me habían dado el bautismo comercial. Para mí era importante. Aunque tenía una columna semanal en un periódico, colaboraba regularmente en Onda Cero y gracias a los premios literarios que tuve la suerte de ganar conseguía mantenerme razonablemente con lo que escribía, sentía una poderosa curiosidad por ver cuál sería la reacción de los lectores ―los que merodean por las mesas de las novedades― al tener un libro con mi nombre impreso en la cubierta. Ya había publicado unos cuantos que fueron leídos y cosecharon reseñas elogiosas ( Ojos tristes , Duarte , Estado provisional , Los mejores años , y algún otro: mis lectores más antiguos los conocen), pero no me valía. Yo quería comprobar si mi trabajo pasaría alguna vez el filtro de una editorial comercial y si al contar con una distribución adecuada encontraría su camino. En junio de 2001 había puesto punto final a una novela que sucedía...

Oficios incomprendidos

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En septiembre, con suerte, me largaré unos días. Mientras tanto, paso agosto criando a un cachorro, leyendo libros que tenía pendientes y corrigiendo una novela breve ―entre 150 y 200 páginas― que se publicará en el primer trimestre de 2015. Sonrío estos días al releer un texto que escribí hace siete años, puliendo frases o eliminando redundancias que ahora no me parecen tan oportunas como antes ―se publica para dejar de corregir, dicen por ahí―, pero sobre todo al descubrir que sigo pensando igual que el protagonista y narrador de Los perros siempre ladran al anochecer , un dibujante de cómics ―tebeos, como él prefiere llamarlos, igual que un servidor― que se muda con su mujer a una urbanización a las afueras de una gran ciudad porque los vecinos del bloque de pisos donde vivían les hacen la vida imposible. Ya os contaré alguna cosa sobre esta novela más adelante. Sonreía el otro día, decía, y sigo sonriendo al recordarlo, cuando me topé con una frase en la que el protagonista...

Lo verde empieza en los Pirineos

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Consternado ando desde ayer porque me he enterado de que sólo el dos por ciento de la francesas de menos de treinta y cinco años practica  top less . Destetarse en la playa o en la piscina ha caído en desuso en nuestros vecinos del norte porque quedarse sin la parte de arriba ahora es un acto poco femenino y propio de mujeres con ganas de llamar la atención por una causa noble; porque supone una sumisión a los deseos masculinos ―los hombres, siempre tan ansiosos por mirar tetas ...―; o porque con las cámaras integradas en los teléfonos y las  redes sociales cualquiera que se ponga a dorarse al sol corre el riesgo de acabar siendo el objeto del deseo de algún  pervertido en en Facebook o Twitter . Ya decía yo que esto de las cámaras en los teléfonos móviles y las redes sociales al final nos iban a cambiar la vida para peor... Con la crisis los españoles ahora viajan menos al extranjero, pero, bien mirado, no tiene por qué ser una desventaja, porque parece q...

España en un post

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Mirar las estadísticas de las visitas de un blog puede ser un estudio sociológico bastante curioso. Cualquiera que administre una bitácora lo sabe. No es que Internet sea malo o bueno, como sostienen algunos. La Red no es más que un reflejo de la vida, un lugar donde se repiten los mismos comportamientos ― solidarios, mezquinos, voyeuristas, envidiosos, generosos... ―, un espejo de lo que ocurre al otro lado del ordenador. No hay que asustarse más de lo que uno se debería asustar en el mundo real. Las estadísticas, decía. Lo que mueve a la mayoría de la gente se puede comprobar de una forma precisa en el número de visitas de cada entrada. No resulta extraño que cualquier post con la palabra sexo en el texto tenga más lectores que otro en el que cuentas lo que te gusta pasear por el campo en verano. Y tampoco es raro que una entrada en la quien firma esta reflexión muestra su perplejidad porque Telecinco dedique un programa entero en la hora de máxima audiencia a glosar la ...