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Oye, chaval

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A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

El doctor Zhivago

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    Durante los últimos dos años, mientras escribía una novela que espero puedan disfrutar los lectores en 2016 , me he zampado unos cuantos libros sobre la Revolución de Octubre , la guerra civil y el exilio ruso, para otra historia que estoy preparando, de la que ya tengo escritas unas doscientas cincuenta páginas. Aún tardaré en terminarla. No hay prisa. Además de la documentación , uno de los motivos que me ha empujado a meterme entre pecho y espalda las 747 páginas de El doctor Zhivago fue enterarme el año pasado del interés que se tomó la CIA en traducir la novela al ruso para introducirla clandestinamente en la Unión Soviética . Una de las reflexiones de la novela es la afirmación del individuo, el médico que da título al libro, frente a lo colectivo: lo contrario que propugnaban las consignas soviéticas . La propia historia de la publicación de El doctor Zhivago merecería una novela, incluso una película de intriga. El autor, ninguneado en su país, le entrega...

600.000

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    Esta bitácora lleva siete años abierta. He contado alguna vez que el motivo de la existencia del blog fue a primeros de 2008 , cuando se me ocurrió que no sería mala idea disponer de un espacio para colgar las entrevistas y las reseñas que fueran saliendo sobre El factor Einstein , que acababa de publicarse. No tenía ni idea de cómo se podía fabricar una bitácora virtual , pero enseguida me di cuenta de que no resultaba complicado, y poco a poco se convirtió en una suerte de cajón de sastre donde acabaron recalando los artículos antiguos que había escrito durante años para Onda Cero y El Correo de Andalucía , y los que se emitían entonces en la desaparecida Punto Radio , en la sección que mi querido Cristóbal Cervantes bautizó como La separata , bautizando, sin saberlo, este lugar virtual. Yo no tenía cuenta en Facebook ni en Twitter , pero no importaba porque muchos lectores dedicaban unos minutos a visitar mi blog cada vez que colgaba un post . Con el ti...

James Salter

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  Abundan en los periódicos estos días los panegíricos sobre el escritor norteamericano James Salter , y se me antoja con menos tristeza que resignación que al gran público su nombre no le suena de nada. No sin cierta malevolencia me atrevo a pensar que más de uno habrá leído su nombre por descuido, aunque tenga cierto dominio de la lengua inglesa, de una forma castellanizada, como el del famoso jugador del Real Madrid . Unas pocas líneas más arriba he escrito “ gran público ”, y cabría preguntarse si calzar ese concepto en la misma frase en la que se mencione a un escritor no será sino una descomunal contradicción. Pero eso daría para otro post . De su fallecimiento me enteré ayer, al leer sendos artículos del escritor Eduardo Lago y de Sigrid Kraus , su editora en Salamandra , en El País . Me quedo con una frase de su editora: “ ...era un hombre modesto, que prefería hacer preguntas a hablar de sí mismo, lo que tal vez fuera un rasgo que hizo más difícil su reconocimien...

Dejad que los niños se acerquen a mí

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    Será porque pienso que aún tiene toda la vida por delante para que le sonría la suerte, todavía más que la tristeza de un niño me conmueve la de un anciano. Mi abuela es igual que una niña con muchas arrugas en la cara, me dijo una amiga hace muchos años. Creo que tenía razón: al cabo, las personas mayores y los críos no son tan diferentes en su fragilidad, en los tiernos ramalazos caprichosos y los brotes de alegría sinceros. En una sociedad donde los niños se me antojan saturados de estresantes actividades extraescolares y muchos abuelos acaban arrinconados en geriátricos, alegra encontrar una iniciativa, no sé si novedosa pero sin duda acertada, en la que una guardería se ha instalado dentro de una residencia de ancianos, un espacio en el que los chiquillos pueden estar jugando todo el rato con personas que les sacan siete u ocho décadas, y a las que sin saberlo les alegran el día. En Seattle están de enhorabuena. La idea es tan sencilla que debería extenderse como...

¿La edad media?

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      La otra noche me fui a cenar con mi sobrina. Dieciocho años, guapa como ella sola y con una inevitable y envidiable curiosidad por entender los mecanismos extraños que regulan las relaciones entre las personas, por saber dónde está el libro de instrucciones del mundo que todos nos pasamos la vida buscando sin llegar a encontrarlo. El camarero, que me ha servido otras veces la cena cuando me acompañaba alguna amiga, me regaló una sonrisa cómplice, que ahora erraba el tiro.  No se la devolví. No recuerdo por qué, pero terminamos hablando de las generaciones. De la suya, de la mía, de la de mis padres. Me contó que un profesor le explicó que sus abuelos habían vivido tiempos duros pero en general habían conseguido salir adelante y tener una cuota de felicidad aceptable, mientras que a su generación probablemente le sucederá lo contrario porque están acostumbrados a vivir muy bien desde que nacieron y quizá por eso, y por lo complicado del futuro, difíc...

El escritor tranquilo

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Ahora que ha ganado el Premio Princesa de Asturias de las Letras quedaría muy bien decir que soy un lector habitual de Leonardo Padura , pero no es verdad. Del cubano hasta ahora sólo he leído la espléndida El hombre que amaba a los perros , que mi querido Gregorio León me recomendó con insistencia hace tiempo. Al Gregorio León real, que no se diferencia mucho del Gregorio León que habita en las páginas de El silencio de tu nombre , le debo varios descubrimientos felices ( Phillip Kerr , John Banville ), así que pronto caerán las novelas de Leonardo Padura protagonizadas por el detective Mario Conde sobre las que Gregorio tanto me insiste. Conocí al escritor cubano en la Semana Negra de Gijón , hace justo diez años, y con paciencia y amabilidad me dio algunas indicaciones para mi inminente viaje a La Habana . Lo recuerdo siempre en camiseta, pantalón corto, chanclas, la barba canosa y la piel morena. Estos días están saliendo en la prensa muchas fotos de Leonardo Padura , y...

Vuelta al cole

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Aunque es verdad que siento más aprecio por mi perro que por muchas personas , no voy a caer en el momento tonto de usar el mismo rasero si de animales y de personas se trata, pero esta mañana me ha venido a la memoria cuando mi madre me llevó al colegio por primera vez, hace cuarenta y dos años. Entonces no había guarderías y muchas mujeres no trabajaban fuera de casa, así que, a mis cuatro años, era la primera vez que me iba a encontrar con un puñado de mocosos a los que no había visto nunca y adivinaba hostiles , y con una profesora que quizá no tendría motivos para mostrarse cariñosa conmigo. Un mundo desconocido para un pequeñajo , vaya, lejos de sus tebeos y de sus juguetes, donde tampoco podría comer lo que me gustaba. Ahora lo recuerdo con cariño, como todo el mundo, y una sonrisa me amuebla la cara mientras lo escribo, pero tampoco soy capaz de olvidar las náuseas que me provocaban las granadas y las peras (hay que comérselo todo, me ordenaban, y lo cierto es que son ...