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Oye, chaval

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A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

La silla de ruedas

Es un día de junio, un día entre semana. Un día de esos que, si hay sol, cualquier playa, por muy atestada que pueda estar en julio o en agosto, se antoja un paraíso que cuenta con resignación las jornadas que faltan para ser invadido por legiones de toallas, de carnes ansiosas de rayos ultravioleta y litros de bronceador que se diluirán en el mar para confundirse con la espuma del rompeolas.Pero hoy apenas hay nadie en la arena: no más de una docena de privilegiados y, junto a la orilla, dejándose acariciar por la rompiente, una silla de ruedas vacía.Nadie, por muy fuertes que sean sus brazos, puede arrastrar sin ayuda una silla de ruedas desde el paseo marítimo hasta la orilla: la arena es demasiado blanda y enseguida el centenar de metros que separa el mar de la civilización se convierte en un abismo insalvable. Acabo de sentarme en la toalla y ya estoy buscando al dueño de la silla. A mi lado, un matrimonio de sexagenarios mira el mar protegido bajo una sombrilla, con el aburrimien...

Los inocentes

Hoy se cumple un triste aniversario: hace sesenta y cinco años, por la tarde, comenzaba el bombardeo de Guernica. Los aviadores alemanes de la Legión Cóndor, acompañados de tres cazas italianos que se sumaron a la fiesta, dejaron caer sobre la ciudad vizcaína su carga letal. A pesar del tiempo que ha pasado, los historiadores no se ponen de acuerdo en cuanto al número de víctimas: al principio hablaban de miles, ahora de poco más de un centenar. Pero en las guerras, en los bombardeos traicioneros dirigidos con asepsia desde el cómodo sillón de una oficina, no debería importar mucho cuántos sino quiénes. Han pasado más de sesenta años desde aquella tarde trágica que se convirtió en símbolo de la infame guerra española pero a pesar de ello han caído demasiadas bombas, cada vez más sofisticadas, desde el cielo. Han pasado más de sesenta años, una conflagración mundial y un sinfín de conflictos locales que parecen las espitas por las que escapa el gas en una olla a presión que de otro modo...

El principio de Peter

Del mismo modo que la Ley de Murphy dice que si algo puede salir mal, al final saldrá mal, el corolario de Peter afirma que, con el tiempo, todo puesto tiende a ser ocupado por alguien absolutamente incompetente para desempeñar sus funciones. No hace mucho leí un reportaje sobre la trayectoria de Ariel Sharon: a los 20 años ya demostraba su habilidad innata para el arte de la guerra en la primera guerra Árabe-Israelí, a los 28 era uno de los coroneles más laureados a las órdenes del tuerto Moshe Dayan, a los 39 se convirtió en uno de los artífices de la victoria de la guerra de los Seis Días y a los 44 se superó a si mismo en el Yom Kippur. Pese a sus demostradas dotes para los asuntos militares, en Sharon parece cumplirse la máxima de Peter: ha pasado de militar capaz a gobernante incompetente, un puesto en el que día a día se supera a sí mismo para demostrar sus escasas dotes políticas. Pero lo peor no es percatarse de algo que hasta el menos lúcido habría previsto, sino darse cuenta...

El valor del tiempo

Ya estamos en marzo. Si no fuera un tópico recurriría a la socorrida frase de “cómo pasa el tiempo”. Aunque, ahora que la he pronunciado, es justo que reconozca que he caído en la trampa del tópico manido y la he dicho porque no se me ha ocurrido otra mejor. Cómo pasa el tiempo. Es que es verdad. Cómo pasa el tiempo. Hace apenas un pestañeo estaba hablando delante de este micrófono de la Nochebuena, de la fiesta de Nochevieja, de la locura de las rebajas, y ya han pasado dos meses. En mi estantería todavía quedan restos de los adornos navideños con los que mi sobrina de seis años le dio un toque festivo al estudio y, aunque no quiera darme cuenta, aunque me pese reconocerlo, quedan menos de tres semanas para la primavera, hay días que luce el sol y hay días en los que el viento azota sin piedad los cristales de las ventanas, signos inequívocos del cambio de estación que se avecina. El tiempo. El tesoro más preciado. Podemos perder dinero y volver a ganarlo, podemos perder nuestra casa...

Peripatético

No sé. Será quizá que andamos necesitados de héroes o es que padecemos algún complejo de inferioridad atávico, pero, por mucho que les pese a los políticamente correctos, nos hemos caído con todo el equipo. Hace pocos días nos resbalaban las lágrimas de emoción por las mejillas, extasiados ante las exhibiciones de Johann Muehlegg y sus mocos congelados al traspasar la línea de meta y, apenas transcurrido un pestañeo, el deportista teutón ha pasado de la cima al ninguneo con la misma velocidad que la darbepoetina imprimía a su cuerpo de atleta. El caso de Juanito es especialmente delicado: basta con apuntar que, por muchas banderas y por muchos vivas al país que le paga, no parece tan español como los que se han criado y desarrollado toda su carrera aquí para que cierta gente muy dada a los eufemismos y a la corrección hipócrita recurra al argumento aburrido de la discriminación. Porque, vamos a ver, comparar a Muehlegg con los inmigrantes que se juegan la piel al cruzar el Estrecho es ...

Los nombrecitos

Desde luego, hay veces que leo el periódico y me cuesta un rato discernir si estoy leyendo las páginas de sociedad, las de sucesos, incluso las de cultura, o si ahora las bromas, para hacernos la vida más amable o para entretenernos, no sólo se cuelan en la prensa el día de los Inocentes. Ya escribía el otro día sobre los Diez negritos de Agatha Christie, pero la misma ternura me había provocado la metedura de pata del gobierno respecto a la reunión de Felipe González en Marruecos o el desembarco de los chicos de la Royal Navy en La Línea, con sus GPS y sus rostros aguerridos bajo las cremas de camuflaje. Pero está visto que para desentumecer las ternillas no hay más que hojear un periódico soslayando los prejuicios para que el estupor ceda sitio a la más limpia de las carcajadas. Resulta que el padre de un recién nacido en Granada, sin duda seguidor inquebrantable de Operación Triunfo, ha querido regalar a su hijo el nombre insigne de David Bustamante, así, como suena, el nombre compu...

En busca del tesoro

Cada vez es peor. Desde los agitados años anteriores a la Expo 92, no recuerdo un caos circulatorio ni una afán por las obras rayano en lo patológico como el de ahora. Y de los accesos a la ciudad, mejor ni hablar, porque, llegar a la altura de la curva de la Pañoleta bajando desde la autovía de Huelva, se convierte, a determinadas horas del día, en una peligrosa carrera de obstáculos en la que dos ojos resultan insuficientes para estar al tanto de los coches que han puesto la doble intermitencia en mitad de un tramo con escasa visibilidad y al mismo tiempo controlar en los retrovisores la furgoneta que tienes pegada al culo, dándote ráfagas con las luces, o el camión intrépido que se abre camino por el carril de la derecha, como si el atasco no fuera con él. Dado lo arriesgado del asunto, y a pesar de tener el fervor religioso bajo mínimos desde la primera comunión, hay veces que, sin saber muy bien por qué (o tal vez sí), se santigua uno al ponerse al volante. Menos mal que ahora, co...