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Oye, chaval

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A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

¿Emoción o análisis?

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(Si no habéis visto Juego de tronos y tenéis intención de verla, no leáis este post. Avisados estáis...) Muchos espectadores se han sentido decepcionados con algún episodio de la penúltima temporada de Juego de tronos . Traicionados, quizá: suelen ocurrir estos disgustos cuando lo venerado no alcanza las expectativas. Yo no me encuentro entre ellos, ni siquiera porque el colmillo se me haya retorcido irremediablemente de tanto inventar historias. Juego de tronos cada vez me gusta más, y esta temporada que concluyó el otro día es de las que más he disfrutado. Sí, vale, las elipsis son tramposas y todo el mundo no tiene por qué hacer la vista gorda. Pero me puede la emoción de lo que va a pasar aunque lo intuya, o quizá, precisamente, porque lo intuya. Adoro a la mayoría de los personajes, y los que se me atragantan acaban desapareciendo como merecen. También han desaparecido muchos que habrían merecido mejor suerte, pero quién ha dicho que la ficción tenga que ser justa si la ...

Un viejo cascarrabias

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Voy camino de acabar siendo un viejo cascarrabias . No puedo hacer nada por evitarlo. Me molestan los ruidos, el bullicio, los lugares multitudinarios, las caravanas para ir a la playa y cada vez tengo menos paciencia con los cantamañanas . Pero, para ser sincero, de jovencito también me molestaban estas cosas. Aunque no recuerdo bien si antes me incomodaban tanto las prisas ; la urgencia que los demás quieren transmitirte, quiero decir. Será cosa de estos tiempos (sí, ya lo sé: es la frase típica de un gruñón amargado y anticuado , pero lo avisé en la primera frase): todo tiene que ser inmediato, cuanto antes, para ayer si puede ser. Lo del atentado en Barcelona hace dos días es una muestra triste (y preocupante para un futuro viejo misántropo ) de la puñetera urgencia por contarlo todo y por saberlo todo. Para enterarse de lo que está pasando basta tener un móvil y conectarse a las redes sociales donde miles de personas, con mejor o peor criterio, estarán encantadas ...

Mi abuelo

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El hombre más sabio que conocí no sabía leer ni escribir. La frase no es mía, es de Saramago. Ser escritor es darte cuenta a menudo de que las mejores frases ya las han escrito otros. Si no eres consciente de eso, además de no ser humilde resulta que también eres tonto. Mi abuelo tampoco sabía leer ni escribir. Con mucho trabajo remataba su firma en papeles cuyo significado no podía interpretar. Hoy me entero de que es el día de los abuelos y recuerdo que en mayo pasado se cumplieron veinte años de su muerte. Sólo conocí a mi abuelo paterno y a mi abuela materna. Mi abuela paterna murió cuando mi padre tenía tres años. Mi abuelo materno cuando yo era un bebé y no me acuerdo de él. Tengo la suerte de que aún viven casi todas las personas que he querido, pero de mi abuelo me acuerdo cada día. Recuerdo haberle preguntado de niño por lugares con resonancias épicas donde estuvo en una guerra que perdió (Ebro, Jarama...), pero hasta que no fui mayor no me di cuenta de que no le gustaba h...

Vidas paralelas

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Por alguna extraña razón acostumbro a sobrecargarme de trabajo cuando estoy muy ocupado. Será tal vez porque me siento más vivo y con más ganas de hacer cosas cuando las tareas se multiplican, o es que tengo miedo al tedio, a no hacer nada y quedarme bloqueado y con los pies dormidos para siempre si no ando embarcado en algún proyecto. No hablo sólo de trabajo, también hablo de la vida. El verano avanza, inexorable y asfixiante, cada vez más, qué pena, en el sur, pero me levanto muy temprano cada mañana y como muy tarde a las ocho estoy escribiendo. Necesito unas cuantas horas de concentración plena antes de que suene el teléfono (a pesar de que suelo tenerlo en silencio cuando escribo, no puedo evitar mirar la pantalla en los breves descansos y me cuesta no atender las llamadas perdidas o los mensajes acumulados) y la vida, que sigue ahí, al otro lado de la ventana, me requiera para las tareas cotidianas: hacer recados, atender a los amigos y a la familia, ocuparme de cosas importa...

La piel fría

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Fue mi querido Félix J. Palma quien me puso sobre aviso hace trece años. Por aquella época hablábamos a menudo, nos contábamos nuestras inquietudes literarias e incluso algunos años antes cotejábamos mes a mes nuestras bases de datos con certámenes para concursar. Félix me alertó, decía, sobre una novela que había leído y estaba seguro de que me encantaría. Como tiene buen criterio y me conoce como lector y como escritor, le hice caso y compré La piel fría , de Albert Sánchez Piñol . Todavía tardé varios meses en leérmela (otras lecturas mandaban y yo estaba entonces arremangado en la promoción de La clave Pinner ) pero cuando la empecé no pude parar hasta el final. Una historia tan sencilla como inquietante y fascinante: un exactivista del IRA llega a una isla del Pacífico Sur en la segunda década del siglo XX. En ese lugar apartado, sólo vive un tipo peculiar que responde al no menos peculiar nombre de Batís Caffó y cada noche les atacan unos monstruos que vienen del fond...

La dificultad

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Un amigo me preguntaba hace un par de días por mi nueva novela . Chasqueé la lengua, incómodo, sacudí la cabeza. Ahí ando, le respondí, que es lo máximo que acostumbro a contar cuando estoy atascado, no sólo en el trabajo, sino en la vida en general. No suelo dar muchas explicaciones. Por coherencia, tampoco las pido. Pero Alfonso es un chaval al que aprecio y me explayé un poco: estoy peleándome con ella, añadí; ya veremos quién gana... Alfonso , que además es compañero de tatami , sonreía, convencido de mi victoria mucho más de lo que yo puedo estarlo. No creo haber escrito nunca un libro , y ya van unos cuantos, sin que la incertidumbre y el desánimo estén ahí agazapados, esperando a que bajes la guardia. Aún queda la mitad del trabajo por hacer, pero hay días que me cuesta avanzar ― el calor y el verano no ayudan― porque se me ocurren o descubro cosas nuevas y para hacerles hueco he de descartar otras ya escritas y encajadas. Es un continuo cambio de párrafos estos días...

El sofá de los raros

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Sala de espera de un hospital. Tengo que buscar acomodo mientras le hacen una prueba a una persona muy querida. Es la tercera planta, con vistas al campo, tan lejos del bullicio de abajo que casi parece la recepción de un hotel vacío. Sólo falta el hilo musical. Uno de los sofás está frente a la cristalera por la que pueden verse varios huertos, con líneas de olivos verdeazulados , terrones secos y alguna envidiable piscina. La estampa cualquiera del campo andaluz en esta época del año: calor y encanto, sudor y alegría. Me acomodo en ese sofá, el sitio perfecto para aislarte. Sólo hay tres o cuatro personas. Todas móvil en mano. Pongo el mío en vibrador, como si a alguien le importara que suene, y mi hermana me llama para preguntar si todo bien. La informo y abro un libro, de espaldas a los que pasan el dedo por la pantalla del móvil para no perderse una conversación por whatsapp , para no dejar de estar al día en las redes sociales . Siento que cualquiera que me mire va a pensa...