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Oye, chaval

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A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

Maricón el último

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Maric ón el ú ltimo es una de esas expresiones  que uno deja de oír y años después regresan a la memoria con la misma nitidez con la que uno recuerda el olor de los pupitres o las gomas Milan.  Las reglas eran sencillas: echar a correr. El último cargaba con el título. Nadie se preguntaba qu é  tenía de malo ser maricó n. Lo importante era no llegar el último. Nos reíamos mucho con los chistes de mariquitas. Seguimos riéndonos, me temo.  Yo pertenecía a la cofradía de los raros, pero sostener que por eso era un adolescente ilustrado que cuestionaba aquellas actitudes sería faltar a la verdad.  Al cabo, y aunque no nos guste, somos  hijos de nuestro tiempo. Pero las bromas tienen una curiosa asimetría: el humor pertenece a quien lo cuenta; la ofensa, a quien la recibe. Y no siempre coinciden. Por eso me molesta mucho ese argumento de quien después de soltar algo sin pensarlo un par de veces, cuando te enfadas te dice que no se te puede decir nada. Los bocach...

Despistado sin genio

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  Sostener que uno es un genio despistado tiene prestigio. Queda elegante,  incluso  romántico,  imagina r  a un sabio caminando con el pelo revuelto mientras resuelve los misterios del universo y se olvida de dónde ha dejado las llaves.  Ya me gustaría, aunque no pasee por una avenida jalonada de tilos (ay, esos aficionados a la filosofía), pero pertenezco a otra cate goría bastante menos glamurosa, lamento decepcionarios: l a del idiota despistado.  Lo del pelo revuelto no tiene arreglo, me temo. Los  lectores pata negra quizá  recordarán que el verano pasado me dejé un brasero encendido durante varios días.  Ya veis :  los científicos dejándose los sesos para  explicar  del  calentamiento global  y  la explicación  estaba en mi casa.  Menos mal que  alguien  señaló el brasero con una mezcla de estupor y compasión . De no haberlo descubierto quizá yo me habría ahorrado docenas de proble...

Más madera

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  Hace dos décadas pasé mucho tiempo investigando la vida del tipo que popularizó la  relatividad . Lo pasé bien, viajé a varios lugares inolvidables en buena compañía y ,  tras descubrir muchas de sus debilidades como ser humano y hablar con gente que lo trató, Albert Einstein acabó cayéndome simpático.  Me gusta la gente que vive y se la juega, que acierta y se equivoca.  Cuánta razón tenía  ese tipo: e l tiempo es  elástico . Cinco minutos  junto a una mujer estupenda  desaparecen sin dejar rastro. Cinco minutos en una oficina puede n durar un cuarto de siglo. Salgo de la de   la  asistente social  preguntándome si Larra también estuvo aquí.   A pesar de  los ordenadores, las fotocopiadoras y las pantallas táctiles,  Vuelva usted mañana  continúa siendo un manual  de sorprendente vigencia . La escena comienza  incluso antes de empezar.  Despu é s de u n mes esperando la cita, me siento ...

Tiburón

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Lo mío debe de tener un nombre en psicología. Si salgo de esta igual me siento en el diván. Quién me  mandaría  venir. Con el biólogo y el policía; y el veterano de guerra al timón. Visto de cerca  el Carcharodon Carcharias  acojona. El diván de un psicólogo, digo. Aunque, ya puestos, viendo acercarse esa manifestación de cuchillos afilando cuentas pendientes, mejor una psicóloga. Con la muerte tan cerca se esfuman las tonterías.  Que le den a la corrección política.  Una psicóloga para contarle que de niño me leí la novela en la playa. Igual era una excusa para quedarme en el apartamento leyendo tebeos. A los trece años ya apuntaba maneras de friki. Y a mucha honra, oye.  No me acuerdo de si vi la película antes o después, pero espero que estos dos tipos que tienen tanto miedo como yo no hayan leído el libro, porque en la novela el biólogo de los ricitos se tira a la mujer del poli. Supongo que Spielberg pensó, con buen criterio, porque es cualquier c...

Los huevos de Reagan

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Tenía dieciséis veranos y, como dice Steven Seagal en el hermoso prólogo de Por encima de la ley, todavía no se me habían abierto los ojos del todo. Hasta de la película menos apropiada se pueden extraer lecciones interesantes. Es lo bueno de no tener prejuicios. Y de que a la edad que tenía cuando estrenaron la primera de Steven Seagal me gustasen las películas de Steven Seagal. Dieciséis veranos, digo. Centro comercial en algún lugar cerca de la frontera de Estados Unidos y Canadá. Un amigo español que también estaba de intercambio vio una figura de cartón de Ronald Reagan a tamaño natural como reclamo en una tienda y pidió permiso para retratarse agarrándolo por los huevos mientras le ponía los cuernos con la otra mano. El encargado se encogió de hombros, indiferente.  —Este es en un país libre. Muy pocos años después, todavía muy joven y con los ojos todavía semicerrados, quién sabe si como ahora, vi una manifestación multitudinaria de mujeres que defendían el derecho al abort...

Boñigas

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No sé si el chiste es bueno, pero a mí siempre me ha hecho gracia. Un padre tiene dos hijos. Uno es incapaz de encontrar el lado bueno de las cosas; el otro, por el contrario, parece empeñado en descubrir una rendija de esperanza incluso cuando no la hay. Llegan los Reyes Magos. Al pesimista le dejan una escopeta de aire comprimido. Al optimista, una caja llena de boñigas de caballo. A la mañana siguiente el padre encuentra al primero llorando por el pasillo. —¿Qué te pasa? —Pues mira el disgusto. Si disparo a alguien puedo hacerle daño; si rompo un cristal tendré que pagarlo. Siempre acabaré teniendo problemas. El padre intenta consolarlo y sigue adelante. Un poco más allá aparece el otro hijo dando saltos de alegría. —¿Y tú por qué estás tan contento? —¡Porque los Reyes me han traído un caballo! Lo que pasa es que todavía no lo he encontrado. Siempre me ha gustado este chiste. No porque crea que el optimismo consista en engañarse o en negar la realidad, sino porque sospecho que la vi...

Masaje de pies

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Hacía mucho que no la veía tan quieta. Casi dormida mientras le masajeaban los pies, esa voluntad indomable parecía haberse rendido. Se antojaba raro verla entregarse sin resistencia. Como esas fieras que acaban apoyando la cabeza sobre la mano del cuidador. Bastaban dos manos expertas y unos cuantos minutos para domesticar, siquiera un rato, a quien lleva toda una vida empeñada en no dejarse domesticar por nadie. Con un par. Un par de mi madre, digo. Nunca le habían dado un masaje en los pies. Al menos que yo sepa. La miré, sonriendo, todo el rato que duró. Me quedé más tiempo para verlo. Mientras observaba la escena me acordé de una de esas ciudades centroeuropeas que parecen inventadas por un ilustrador de cuentos. Tantos años hace que parece otra vida. Y en realidad es otra vida. Mi novia de entonces y yo llevábamos varios días caminando como si nos hubieran puesto las pilas del conejito de Duracell, durante el frío de diciembre que tanto me gusta en esas latitudes. Al final de la ...