El doctor Zhivago
Durante los últimos
dos años, mientras escribía una novela que espero puedan disfrutar los lectores
en 2016, me he zampado unos cuantos libros sobre la Revolución de
Octubre, la guerra civil y el exilio ruso, para otra historia que estoy preparando, de la que ya tengo escritas unas doscientas cincuenta
páginas. Aún tardaré en terminarla. No hay prisa. Además de la documentación,
uno de los motivos que me ha empujado a meterme entre pecho y espalda las 747
páginas de El doctor Zhivago fue enterarme el año pasado
del interés que se tomó la CIA en traducir la novela al ruso para
introducirla clandestinamente en la Unión Soviética. Una de las
reflexiones de la novela es la afirmación del individuo, el médico que da
título al libro, frente a lo colectivo: lo contrario que propugnaban las consignas
soviéticas. La propia historia de la publicación de El doctor Zhivago
merecería una novela, incluso una película de intriga. El autor, ninguneado en
su país, le entrega el manuscrito a un comunista italiano, Sergio D’Angelo,
que trabajaba para una radio oficial en Moscú, y éste se lo hace llegar Giangacomo
Faltrinelli para publicarlo en Italia. A finales de los años
cincuenta la CIA contaba con un departamento cuyo nombre hoy suena tan
romántico como inútil, por desgracia: la división literaria. Desde allí
se encargaron de traducirlo al ruso e imprimirlo, no en la agencia, para
que el KGB no descubriese dónde había empezado todo al identificar el
tipo de papel, sino en Holanda, y fueron distribuidos clandestinamente
en la Exposición de Bruselas de 1958, con la ayuda de la Iglesia:
el mayor lote de ejemplares de El doctor Zhivago fue escondido en
el pabellón del Vaticano, donde los visitantes rusos recibían un
ejemplar. Los lectores arrancaban la cubierta y lo dividían en trozos para
introducirlo a escondidas en la Unión Soviética. Si todo esto no
se antoja lo bastante novelesco, también se cuenta que la agencia de espionaje
norteamericana consiguió las copias de la novela desviando a Malta, por
causas técnicas, el avión donde viajaba el manuscrito desde Roma a Milán.
Mientras los pasajeros esperaban la solución de los problemas del aparato, unos
agentes fotografiaron página a página la novela de Pasternak.
Por un motivo que siempre se ha antojado más
político que literario, los suecos acabaron dándole el Nobel a Boris
Pasternak, que tuvo que rechazarlo y murió dos años después. Y la novela no
fue oficialmente publicada en la Unión Soviética hasta 1988, en
tiempos de la Perestroika.
Mientras escribo
este post tengo en la mesa dos ejemplares de El doctor Zhivago:
una vieja edición, presumo que sería una de las primeras publicadas en España,
con las tapas verdes, desgastadas por las más de cinco décadas (Editorial
Noguer, octubre de 1958), las páginas amarillas por la lignina, el
áspero e impagable olor de los libros viejos; otra, en la espléndida
traducción de Marta Rebón, mucho más reciente, en bolsillo. Llego al
final del libro un poco exhausto por ciertos excesos y digresiones que
no comparto, pero satisfecho por la lectura y con la sensación de haber
aprendido un poco más sobre esa época. Pero, no sé, más que la propia aventura
del médico atrapado entre dos mujeres y la guerra me interesa la peripecia de
la publicación de la novela. Aunque hoy parezca un poco ingenuo, me
agrada imaginar una época en que los espías tenían el convencimiento de que un
libro podía cambiar el mundo, y me asalta una extraña nostalgia por un
tiempo desaparecido que jamás llegué a vivir.
Casi sesenta años después, la CIA
ya no tiene una división literaria. Para cambiar el mundo ahora basta con usar
adecuadamente las redes sociales. Eso que llevamos perdido, como tantas
cosas.
© Andrés Pérez Domínguez, julio
de 2015



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