Lo confieso. Antes disfrutaba de la feria, aunque sólo haya bailado alguna sevillana bajo amenaza de tortura. Mis padres eran socios de una caseta a la que venían los amigos. Pero los años pasan, los tiempos cambian y ciertos amigos desaparecen cuando dejas de subvencionarles el vino, el jamón y las gambas. La feria tiene algo especial: quien no haya paseado nunca por el real con una mujer hermosa vestida de gitana cogida de su brazo no sabe lo que se pierde. Pero como casi todo, el problema es cuando divertirse, sonreír, alternar, bailar, incluso emborracharse, se convierten en una obligación, como la de soplar matasuegras en un cotillón de nochevieja. Queda toda la semana de imágenes en los telediarios y espacios radiofónicos copados por la feria. En demasiada gente, me temo, acaba prendiendo la idea de que en el sur no hacemos otra cosa salvo levantarnos de la siesta para irnos de juerga, como vociferaba Clara Lago en Ocho apellidos vascos. Por desgracia, ningún tópico se sostendría...