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Mostrando entradas de abril, 2024

Desayunos

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Hace muchos años desayunaba siempre en la calle. Abandoné esa costumbre cuando se cumplió el sueño de trabajar en mi casa. También perdí la costumbre de las tostadas, supongo que en parte por pereza. Pero antes o después uno regresa al lugar del que se marchó y descubre que ya no es quien fue, o quizá lo sigue siendo pero de otra manera. En un mismo cuerpo caben distintas personas durante una vida. Leed a John Locke si queréis profundizar sobre esto. El filósofo, digo. Aunque también podéis usar el comodín de la serie Perdidos: John Locke (uno de los personajes principales, los fans de la serie lo recordarán) se llamaba así por él.   Sostenía Gerald Brenan que el desayuno es el mejor momento del día. A partir de ahí las cosas no pueden sino estropearse. Si no lo dijo él, así es como lo recuerdo. No me apetece buscarlo en Google. Para bien o para mal, a menudo y cada vez más me gusta saltar al vacío. En la escritura, en la vida. Resultan, las dos, más emocionantes, más divertid...

La piel transparente

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Yo que tú me iría a la feria con la tableta para hacer retratos. Te forrarías. Me lo dijeron el otro día. Dibujo desde niño, no sé cómo ni por qué. Nadie me ha enseñado. Bien o mal, dibujar me sale solo, de una forma orgánica. Lápices, rotuladores. Con los pinceles me siento inseguro. Hace poco empecé a probar el dibujo digital y me encanta. El proceso es el mismo de antes, cuando sólo usaba lápices, rotuladores y papel: dibujo para mí, por el puro placer de hacerlo; dibujo para gente muy especial para mí, por el puro placer de hacerles un regalo. También escribo sin saber muy bien cómo ni por qué. Pero no quiero saberlo, me aburre racionalizarlo, o quizá prefiero creer que se trata de un misterio y los misterios pierden su encanto cuando los descifras. No me ofendió el comentario sobre hacer retratos en la feria. Más bien al contrario: me pareció un halago descomunal. Igual que cuando me dicen (de broma, seguro: me apresuro a aclararlo antes de que alguien se moleste) que debería cobr...

Youtubers antárticos

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  Observo atónito en el telediario a ciertos turistas de la Antártida (quizá youtubers o influencers o aspirantes a serlo), sus cámaras al otro lado del palo para selfis (no sé si se llama así ni puñetera falta que me hace: el palito, digo), grabando la majestuosa cola de la ballena al sumergirse a pocos metros de la embarcación (yo haría lo mismo si fuera una ballena: nadaría hasta el fondo del mar en cuanto alguien pretendiera sumar seguidores en su cuenta de Instagram a mi costa, aunque no sé si lo privaría de un remojón) o tirándose en plancha, en bañador, como si estuvieran en el Caribe, para nadar entre bloques de hielo. Todo vale, desde hacer el tonto o arriesgar la vida tontamente, si es que no son sinónimos, con tal de unos segundos de gloria cibernética. El otro día se descalabró una youtuber cuando se grababa al borde de un acantilado. Hacer el idiota tiene sus riesgos. Ya lo dijo el maestro Reverte hace muchos años, veinticinco por lo menos, cito de memoria: “Algunos...

El chichi pa farolillos

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Lo confieso. Antes disfrutaba de la feria, aunque sólo haya bailado alguna sevillana bajo amenaza de tortura. Mis padres eran socios de una caseta a la que venían los amigos. Pero los años pasan, los tiempos cambian y ciertos amigos desaparecen cuando dejas de subvencionarles el vino, el jamón y las gambas. La feria tiene algo especial: quien no haya paseado nunca por el real con una mujer hermosa vestida de gitana cogida de su brazo no sabe lo que se pierde. Pero como casi todo, el problema es cuando divertirse, sonreír, alternar, bailar, incluso emborracharse, se convierten en una obligación, como la de soplar matasuegras en un cotillón de nochevieja. Queda toda la semana de imágenes en los telediarios y espacios radiofónicos copados por la feria. En demasiada gente, me temo, acaba prendiendo la idea de que en el sur no hacemos otra cosa salvo levantarnos de la siesta para irnos de juerga, como vociferaba Clara Lago en Ocho apellidos vascos. Por desgracia, ningún tópico se sostendría...

Taxonomía generacional

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  Siempre he encontrado un punto forzada la clasificación por generaciones, una especie de encasillamiento oportunista más cercano al marketing dirigido a un sector que a veces, me temo, tiende a comportarse de una determinada manera no tanto porque lo sienta sino porque lo marca la tendencia. Al cabo, quizá la taxonomía generacional no sea sino otra forma tribal de diferenciarse, tan antigua como la vida misma, vaya. Pero dos desayunos seguidos conversando con personas de mi generación (si entendemos por misma generación a gente de la misma edad o sin mucha diferencia de esta) sobre las generaciones posteriores me empuja a curiosear un poco. Siempre pensé que me encontraba en el bando del Baby boom . Boomers , parece que se dice ahora. Nací en 1969, el mismo día que Neil Armstrong estaba a punto de saltar del módulo lunar para dejar la huella más famosa de la Historia. Pero, según qué clasificación consultes, parece que los boomers acabaron su reinado en 1964 o 1968 para dejar pa...

Bajar los brazos

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  Aprieta el calor. Es uno de esos días en los que el verano amenaza con llegar demasiado pronto, cada año antes. El desierto avanza implacable hacia el norte. Nueve farmacias llevas recorridas en un radio de treinta kilómetros. Buscar aparcamiento, hacer cola, enseñar la receta en el móvil. Fuiste a la primera después de comer. Son casi las ocho de la tarde. En la penúltima, una chica con acento eslavo ha llamado a otra farmacia, muy lejos, para preguntar si tienen lo que necesitas. Los medicamentos de uso veterinario suelen venderse por encargo. No tardan más de veinticuatro horas, pero muy temprano al día siguiente tienen que ponerle la primera inyección y quieres dejarlo resuelto esta tarde. ¿Cuántas veces te has puesto enfermo y no has ido al médico? Casi todas. ¿Cuántas veces has preferido esperar a que la naturaleza siga su curso en lugar de tomar una pastilla? Casi todas. Pero qué distinto es cuando no se trata de ti. Y qué raro puede parecer a tanta gente que además sea un...

Sexoadicción

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Hace años Michael Douglas confesó su adicción al sexo. Parece que estuvo tratándose en una clínica de desintoxicación antes de casarse con Catherine Zeta Jones, lo que debe de ser como ir a vendimiar y llevarse uvas de postre. En realidad no sé, y ahora que lo escribo creo que tampoco quiero saberlo, qué te hacen en una clínica de esas. Me cae bien Michael Douglas, pero prefiero al padre. Recuerdo esa sonrisa socarrona, todavía era como ver a Espartaco, cuando le preguntaron acerca de la afición desmesurada de su hijo por indagar debajo de las faldas de las mujeres. ¿Dónde está el problema?, preguntó. Yo he sido sexoadicto toda mi vida. De la sospecha de que la culpa del cáncer de garganta de su retoño la tenía el sexo oral no recuerdo que dijese nada. Tampoco es eso de lo que quiero hablar. Resulta que mi amigo Daniel, dotado de un fino instinto para determinados asuntos, me contó hace un par de días que Tiger Woods, otro rijoso declarado (me refiero a Michael Douglas, no a Dani) ha r...

Sensibilidad

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Polemizaba amablemente (valga el fácil oxímoron) ayer en Facebook con Juanma, compañero de los felices tiempos radiofónicos. Mencioné varias películas de Robert Zemeckis, entre ellas  Forrest Gump  y  Náufrago . Sin restar méritos a la primera, que son indudables, prefiero la segunda. Juanma se decanta por la primera. Nada grave: seguro que mucha gente piensa como él. Sin embargo, yo creo que  Forrest Gump  tiene muchos asideros a los que agarrarse, desde el impagable protagonista hasta los distintos escenarios y situaciones que recorren varias décadas del siglo XX.  Náufrago  no puede aprovecharse de tantos recursos. Por eso resulta, a mi juicio, mucho más meritoria. Porque, también a mi juicio, claro, es una obra maestra.  Pensaba escribir un breve texto en plan guasón para pinchar a Juanma. Tal vez habría bastado con el párrafo anterior, aunque no asome la guasa en ninguna línea. Pero  Náufrago  me trae a la cabeza varias cosas qu...

Todólogos

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Aunque soy de los viejos dinosaurios que acercan la nariz al papel y cierran los ojos para disfrutar del olor, reconozco las numerosas ventajas de la prensa digital. Quizá la mayor de todas sea leer los comentarios al hilo de cualquier noticia. Será por la fascinación incurable que me provoca la condición humana, pero tanto me gusta que se está convirtiendo en un vicio preocupante y a menudo he de respirar hondo para no lanzarme de cabeza a las opiniones de los lectores. Me ocurre algo parecido en los bares, casi siempre mientras desayuno (a otras horas no suelo acodarme solo en ninguna barra): rara es la reunión en la que no hay un todólogo, o varios. Ya sabéis, esa gente que sabe de todo y gasta saliva en predicarlo entre quienes tertulian con ella y, si puede ser, también con cualquiera que tenga oídos. Internet no refleja sino la vida misma, vaya. O quizá sea, cada vez más, por desgracia, la vida misma. Hace cuatro años abundaban los expertos en pandemias, aunque muchos nunca antes...

Macarena

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La noche ha sido de esas que no se acaban por culpa del insomnio. Es raro, porque, salvo casos aislados, como hoy, llevo años durmiendo con placidez suficiente para quien se ha pasado más de una madrugada en blanco. El absurdo cambio de hora y algo que no debí hacer ayer a última hora de la tarde tienen la culpa, me temo. Harto de dar vueltas en la cama me levanto, pongo la tele y busco algo que no me importe perderme cuando me quede dormido. Elijo un documental sobre la canción  Macarena , por pura curiosidad y, quién me lo iba a decir, me zampo los dos episodios seguidos, fascinado, hasta que los pájaros saludan el amanecer y tengo que adecentarme para salir al campo de batalla y solucionar los problemas del lunes. No exagero al confesar mi fascinación, no por la canción, que nunca me ha gustado y mucho menos he bailado. Sus creadores aseguran con socarrona ligereza que no puede haber nadie en el mundo que no haya bailado al menos una sola vez la canción de la novia de un tipo qu...