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Mostrando entradas de mayo, 2024

Gafapastas bohemios

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La hora del desayuno en la terraza de un bar. El cuaderno abierto y la pluma garabateando frases inconexas. Me gusta dejarme llevar, juntar ideas sin relación que terminan adquiriendo sentido. Aunque sólo sea para mí. Llega una sombra del pasado. No me ha reconocido, pero se queda mirándome un momento hasta ubicarme. Me da un abrazo. No esperaba esa muestra espontánea de afecto y aunque soy de natural cariñoso el gesto me queda forzado, incómodo. Se alegra mucho de verme. Intercambiamos unas cuantas frases protocolarias. Insiste en presentarme a quien lo espera en otra mesa, un periodista jubilado. Declino sentarme con ellos a pesar de su entusiasmo. Resulta halagador el entusiasmo de quien quiere presentarte a un amigo, pero abruma también. Quizá declino sentarme con ellos por su entusiasmo. No sé si has ido a su exposición, le dice, cuando estrecha mi mano. Ha dicho exposición, sí. No presentación. Exposición. No creo, responde. No sabe cuánta razón lleva: nunca he expuesto nada. Mir...

Taylor Swift

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Sé que cuando leáis esto me vais a tomar por embustero. Me desagrada porque entre mis muchos defectos no está ser mentiroso. Si acaso, soy más de la cuerda de esa canción de Sabina: “…este rosario de cuentas infelices calla más de lo que dice pero dice la verdad”. Pero me arriesgaré: ayer, 26 de mayo de 2024, me enteré de que Taylor Swift era una mujer. Hasta la hora del telediario pensaba tontamente que era un hombre. No sé por qué. Tal vez por alguna asociación neuronal no paritaria o prejuicio de varón heterosexual chapado a la antigua. Sólo sabía que cantaba. El rato que le dedicaron en las noticias me sacó de las tinieblas. Tiene casi 300 millones de seguidores en Instagram. La cifra, que sin duda acelerará el pulso de las marcas que se acuchillarán por patrocinarla, es lo bastante contundente como para cambiar el mundo, decían. Un comentario suyo, el apoyo o el desprecio a un candidato a la presidencia de Estados Unidos, por ejemplo, y a contener todos la respiración. Permitidm...

Ensayo general

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Mónica me pregunta de qué tratan mis libros y me pide que le recomiende uno. Son dos preguntas que siempre evito responder. La primera, porque me sentiría como un crío sometido a un examen oral delante de la pizarra y de los compañeros (así solían evaluarnos en mi colegio); la segunda, también por lo anterior, pero sobre todo porque considero de mala educación recomendar libros propios. Siempre digo lo mismo: no me gusta hablar de mis libros y jamás cometo la grosería de preguntar a un lector si le han gustado, búscame en Google y allí encontrarás toda la información necesaria, entrevistas incluidas. Así podrás decidir tú. No te sientas en la obligación de leerme. Pero si te apetece, estaré encantando de dedicarte el que quieras, incluso regalártelo. El riesgo es parecer maleducado. Peor sería parecer imbécil. El interés de Mónica es sincero. Casi todos los días desayuno ahí, siempre con un libro. Puedo desayunar sin café, sin tostada, pero no sin mi cuaderno y un libro. Nunca digo que...

Un hipster en la España vacía

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No he nacido en un pueblo pero soy de pueblo. Profeso un pueblerinismo peculiar (o no tan peculiar) del que me siento orgulloso, sobre todo cuando viajo. El pueblo en los 70 era un pueblo de verdad: calles sin asfaltar, mujeres enlutadas como en una película antigua, algún compañero en clase que escribía mi nombre con “h”, sin “s” al final, sin tilde y en minúscula. La autovía era un sueño tan lejano y prometedor como el año 2000. También el teléfono. En mi casa no llegó hasta bien entrada la adolescencia (la mía). Entonces era difícil, mucho, que las líneas llegasen fuera del casco urbano. Cuando era urgente alguien se encargaba de ir a nuestra casa a avisarnos. O era mi madre, siempre dispuesta y valiente para solucionar problemas, la que iba a buscar un teléfono. La vida era sencilla y feliz para un niño al que le bastaba la compañía de sus perros y de sus tebeos y una bici para explorar caminos. Aún no se habían inventado las bicis de montaña ni esa cursilería del senderismo. Dem...

Dibujar

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Dibujo desde que tengo uso de razón. Quién sabe si antes, pero no lo recuerdo. Nadie me ha enseñado y tampoco he querido que me enseñen. No dudo que aprendería, tengo todo que aprender, no sólo en el dibujo. Pero prefiero encontrar el camino a machetazos. Con la escritura me pasa lo mismo: nunca he asistido a un curso. Tampoco lo he impartido. Prefiero no saber cómo ni por qué lo hago. Mucho menos explicarlo. Un día sentí el impulso de contar historias y me senté a escribirlas. Quería emocionar a los demás como a mí me emocionaba a veces lo que leía. La mayoría de las cosas importantes prefiero sentirlas, sin detenerme a pensar. Dibujar por placer, escribir por placer (aunque también sea mi oficio, lo detestaría si lo principal no fuese el placer de crear), vivir con placer. No me gustan los paisajes ni los bodegones. Tampoco el dibujo técnico. Mi primo Antonio me enseñó hace siglos a diseñar cocinas y armarios y yo también los dibujé durante siglos, sin entusiasmo, pero era mi obligac...

Asteriscos

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Hace poco lo conté aquí: suelo anotar lo que hago cada día, aunque sea una sola línea, y lo puntúo del uno al diez. La memoria suele ser traicionera y uno corre el riesgo de recordar sólo lo bueno y soslayar o malo. O viceversa. Resulta útil comprobar, al mirarlo con distancia, que lo que ahora parece extraordinario en realidad fue sólo bueno o que lo que recuerdo como terrible en realidad sólo llegó a regular. En cada día caben alegrías y tristezas, satisfacciones y decepciones. La cifra resultante una vez realizadas las operaciones aritméticas es lo que llamamos vida. También, desde hace años anoto los títulos de las películas que veo, los libros que leo, las obras de teatro, los documentales, las series… No es por incrementar la cifra cada año, eso me da igual, sino porque, a pesar de que la memoria es uno de los escasos dones que tengo (y a menudo, lo reconozco, también una maldición), prefiero dejar constancia. Si el libro, la película, la obra de teatro, el documental o la serie ...

Joselu

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  Un delantero del Real Madrid debe tener un nombre aristocrático o como mínimo exótico. Si no da para lo anterior (uno no es responsable de su nombre), como mínimo debería tener cuerpo de estatua griega y millones de seguidores en Instagram. Si esto también falta, resulta indispensable la contundencia en el área, la jerarquía, el carisma de fábrica. Para eso da igual no llamarse Karim, o Di Stefano, o Van Nistelrooy, o Ferenc Puskas, o Mijatovic; tampoco Cristiano Ronaldo. Basta con Raúl, o Paco Gento, o Emilio Butragueño. Pero, ¿Joselu? Joselu es nombre de cuñado amable que trae las cervezas para la barbacoa o soporta con paciencia la caravana de los domingos para llevar a la parienta y a los niños a la playa, con nevera, sombrilla, tinto de verano, filetes empanados y sandía de postre.  Hace tiempo, quizá demasiado, por desgracia, no me entretendría en insistir sobre la ironía del párrafo anterior. Pero demasiada gente lee a la ligera o ni siquiera lee hasta al final. ...

Compañerismo

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Escribir es un trabajo solitario. Cada cierto tiempo sales al mundo, sonríes para las fotos o para la tele (si tienes suerte de que te hagan fotos o de que te inviten a un programa en la tele), respondes a las preguntas (casi siempre lugares comunes que soportas con estoicismo: cada vez es más difícil ser entrevistado por alguien que sepa del oficio, supongo que en esto los escritores nos parecemos a los entrenadores de fútbol), te sientas en una caseta de la feria a firmar (si firmas, porque lo normal es pasarte casi todo el rato mano sobre mano mientras la gente te mira como a un animal en un zoo; o si no se hace realidad tu sueño infantil de ser invisible porque te exhiben junto a Paz Padilla) y en un par de meses, tres a lo sumo, como el mundo se olvida de ti, vuelves a encerrarte a trabajar. Resulta raro hablar de compañerismo en un oficio donde no tienes más que vértelas contigo mismo cada día (y con tus personajes). Recuerdo una vez, en una feria del libro, donde, a pesar del es...

Los tres corazones

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El otro día me escribió un viejo amigo para comentar algo sobre Isaac Asimov. Hace muchos años, más de treinta, por mi insistencia leyó la serie Fundación de cabo a rabo, los mismos ejemplares que yo me zampé de adolescente y están justo a mi espalda cuando tecleo. Uno procura estar bien acompañado siempre. También cuando de libros se trata. Enseguida hablamos de Shogun , otro de los libros que entonces le recomendé con entusiasmo. Es uno de los inconvenientes (aunque quiero pensar que también ventajas) que tiene ser amigo mío: en cuanto tengo oportunidad recomiendo lecturas y películas para toda una vida. Durante unos años felices en la radio me pagaron por hablar de libros. ¡Hay que ver! Mi amigo me confesó que relee Shogun al menos una vez cada dos años. También que le puso a su perro el nombre de uno de los personajes de Fundación . Uno se siente orgulloso y feliz porque sus propias pasiones calen tan hondo, pero también abrumado ante tanta responsabilidad, inesperada y por supu...

Tesoros

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No soy muy maniático, o tal vez sí pero como la mayoría no soy consciente de mis manías. Lo sea o no, reconozco algunas que tienen que ver con los libros. Estas manías, en mi caso al menos, revelan ciertas paradojas. Una, que no presto libros. Hace años lo hacía, a regañadientes, hasta que dejó de importarme perder amigos por eso. Sin embargo, me encanta regalarlos: los míos y los de otros. Sobre todo los de otros. De los míos he donado miles, pero no son regalos personales, eso los dejo para gente muy cercana, a la que, por diversas razones, además de los míos también regalo libros de otros. Otra, que me gusta oler los libros, sobre todo sin son viejos. Ya lo dijo Ray Bradbury: “Los libros sólo tienen dos olores: el olor a nuevo, que es bueno, y el olor a libro usado, que es todavía mejor.” Mi formato favorito es en bolsillo, voluminoso y con letra digna. Me gusta cuidarlos, no soporto que doblen los picos de las páginas, pero los subrayo sin piedad y para poder leer mientras desayuno...