Gafapastas bohemios
La hora del desayuno en la terraza de un bar. El cuaderno abierto y la pluma garabateando frases inconexas. Me gusta dejarme llevar, juntar ideas sin relación que terminan adquiriendo sentido. Aunque sólo sea para mí. Llega una sombra del pasado. No me ha reconocido, pero se queda mirándome un momento hasta ubicarme. Me da un abrazo. No esperaba esa muestra espontánea de afecto y aunque soy de natural cariñoso el gesto me queda forzado, incómodo. Se alegra mucho de verme. Intercambiamos unas cuantas frases protocolarias. Insiste en presentarme a quien lo espera en otra mesa, un periodista jubilado. Declino sentarme con ellos a pesar de su entusiasmo. Resulta halagador el entusiasmo de quien quiere presentarte a un amigo, pero abruma también. Quizá declino sentarme con ellos por su entusiasmo. No sé si has ido a su exposición, le dice, cuando estrecha mi mano. Ha dicho exposición, sí. No presentación. Exposición. No creo, responde. No sabe cuánta razón lleva: nunca he expuesto nada. Mir...