Fase 1: Ganas de vivir.
El día que dejaron salir a los niños me encontré a un chiquillo paseando con su madre. Era temprano, por la mañana. Yo venía de comprar el periódico y él no tendría más de tres años. Por ese instinto mitad de supervivencia y mitad de solidaridad desarrollado durante estos últimos dos meses, me cambié de acera. Antes de llegar a mi altura el crío agitó la mano efusivamente y gritó ¡hola! Con el mismo entusiasmo le pregunté si estaba contento y me dijo que sí. Para algunos, entre los que tengo la suerte de encontrarme, hoy era un día distinto. Cada uno lo habrá celebrado a su modo. En mi caso, no echo de menos los bares, pero me he percatado de cuánto me apetecía coger el coche y conducir sin temor a que un policía me parase y me devolviese a mi casa, con multa o sin ella. Seguimos encerrados, pero para quienes estamos en la fase uno la cárcel se ha ensanchado hasta los límites de la provincia. Con eso me vale: la provincia de Huelva no me queda lejos y pienso en la fronter...