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Mostrando entradas de febrero, 2024

Esos tipos con bigote tienen cara de hotentote

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Nos vamos a tomar por culo. Sin remedio. Cada vez lo tengo más claro. Podría cortar y pegar, cambiar los nombres y este artículo no sería muy distinto al que he escrito otras veces. Demasiadas veces y cada vez más veces. Tiro de memoria: en 2002 lo puse negro sobre blanco en la columna de un periódico donde cada semana me dejaban dar rienda suelta a lo que me pasaba por la cabeza. Entonces era la novela  Diez negritos , de Agatha Christie. Le cambiaban el título, para no molestar. En 2020 alguna lumbrera (puede ser tanto femenino como masculino: prefiero aclararlo antes de que los guardianes, o las guardianas, de la corrección me salten a la yugular) dijo que  Lo que el viento se llevó  fomentaba el racismo y HBO la retiró de su catálogo. En octubre de 2022 se levantó un revuelo porque la canción  Sufre mamón , de Hombres G, lanzaba un preocupante mensaje homófobo. Hace justo un año nos enteramos de que los párrafos de algunos cuentos de Roald Dahl iban a ser reescri...

La condición humana

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En las últimas dos décadas me han propuesto tres veces formar parte de la lista para unas elecciones. Resulta divertido porque se trataba de tres partidos de corte muy distinto. También halagador, no lo niego, que, como escribió Max Aub, nadie adivine lo que abrigan mis colores. Entiendo que si cada persona que habló conmigo estaba convencida de mi apego a sus ideas es porque siempre he procurado ser fiel a mí mismo. Y me provoca una sonrisa que tanta gente crea conocerme cuando a veces a mí me cuesta tanto conocerme. En realidad, nunca me he casado con nadie, literalmente, pero esa historia la dejaremos para otro día. La de la boda, digo. En mi opinión, uno debe ser fiel a sus ideas, evolucionar con ellas, pero la lealtad inquebrantable a un partido, pase lo que pase, me resulta tan absurdo como el futbolero “man que pierda”. No tengo ninguna vocación política, eso al menos parece claro.  Hace muchos años un político que iniciaba su carrera y ya entonces ocupaba un cargo muy impor...

Filosofía

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Eres un filósofo, me decía alguien no hace mucho. Le brillaban los ojos por mi opinión sobre algo muy importante que le pasaba. Un par de cosas sobre esto: una, me había preguntado (no acostumbro a meter la nariz donde no me llaman); dos, no soy un filósofo. O sí, pero no en mayor medida de la que todos lo somos, supongo. Soy de los que procuran ver las cosas desde múltiples ángulos, puede que por deformación profesional: debo ponerme en el lugar de los personajes, entender sus motivaciones. Quizá eso te regala, aunque no lo quieras, una importante capacidad empática, aunque a veces la empatía se pasa de rosca y cada vez que alguien te ataca o te maltrata o te hace daño en lugar de enfadarte o entristecerte, o además de enfadarte y entristecerte, te preguntas cuánto tienes tú de culpa en lo sucedido, si no podrías haber hecho más para evitarlo y procuras entender sus razones. Al final tienes que resignarte, no hay respuesta para todo. Al cabo, filosofía es lo que no sabemos, como apunt...

Ni una puñetera foto

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  En agosto de 1987 pasé un par de días navegando en canoa por el río Shenandoah.   Like the indians , fue el argumento de tres amigos norteamericanos cuando me invitaron. Remar entre montañas, ciervos pastando en la orilla, aullidos de coyotes mientras el fuego ardía junto a la tienda de campaña. Toda una experiencia a la edad que tenía entonces. Sobre todo si habías leído de niño las novelas de James Fenimore Cooper. Aún tardaría unos años en estrenarse la espléndida   El último mohicano , con Daniel Day Lewis, que además se rodó no demasiado lejos de allí, pero la emoción era la misma.   Paddle hard! , se desgañitaba Mark desde la popa de nuestra canoa cuando la proa enfilaba sin remedio hacia los rápidos. Alguna vez volcamos y tuvimos que nadar para recuperar las bolsas de la comida; de cuando en cuando había que remar hasta la orilla y cargar con las canoas sobre la cabeza para salvar un desnivel peligroso. De noche, estos tres tipos a los que ya no he vuelto a ...

Amargura destilada

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Llego a casa y pongo la tele justo cuando David Verdaguer está a punto de recoger el Goya al mejor actor protagonista por  Saben aquell . Estoy agotado, se me caen los ojos porque el sábado ha sido muy largo y provechoso, pero me quedo a ver la gala hasta el final. Tenía curiosidad por qué película se llevaría el galardón a la mejor del año. Acertaron las quinielas y fue  La sociedad de la nieve . De las cinco finalistas son las únicas que he visto. De ellas he hablado aquí. Hay otra que me apetece mucho:  Cerrar los ojos , la de Víctor Erice. Y espero solucionarlo en breve. De las dos primeras mencionadas, prefiero la de David Trueba. Ambas son estupendas, pero me tiran más las historias que se apoyan en la épica de lo cotidiano, en los silencios. Las que tienen que ver con los garbanzos, como apuntaba Rafael Azcona. El actor premiado por su interpretación de Eugenio lo explicó muy bien anoche, Goya en mano: “Quiero dedicar este premio también a los humoristas y a los có...

Ni edad de merecer

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  A Joe Biden le baila la memoria. Nada extraño, ni sorprendente, en un hombre de ochenta y dos años, confundir al presidente egipcio con el mexicano, o a Macron con Miterrand. Podía haber sido peor, o más divertido, si por aquello de la rima y lo de francés lo hubiese llamado Napoleón. Hasta Joaquin Phoenix podría haber dicho, puestos a rizar el rizo. Trump sólo tiene cuatro años menos pero se refiere a Biden con la condescendencia de quien se sabe ganador y se siente superior. Vladimir Putin sonríe como un tiburón que avizora un barco yéndose a pique mientras sostiene que con Trump las cosas irían mucho mejor. No estoy seguro de para quién, o sí, pero no quiero desviarme. De Carles Puigdemont de momento no ha dicho nada, no sé si por prudencia o porque, con la que está cayendo en el mundo, que los rusos quieran pescar en el río revuelto de la independencia de Cataluña debe de parecerle un asunto menor. Y quizá lo sea. No lo es tanto, un asunto menor, el de la edad, digo: Putin ti...

Mucho ánimo

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No sé qué le ocurre, pero intuyo o adivino o imagino que algo le pasa. Aunque la sonrisa siga siendo la misma de cada mañana. También su amabilidad. Es de agradecer en cualquiera que trabaje cara al público. Sobre todo en un bar. No siempre se da. Pocas cosas resultan más desagradables que un perdonavidas que atiende a un cliente: en una ventanilla, en un comercio, en un bar o en una gasolinera. Yo estoy a lo mío, apurando el segundo café, mirando a la gente, leyendo, anotando en el cuaderno cosas que sólo yo entiendo, cosas que a menudo yo no entiendo. Un cliente le da un abrazo. Le dice que mucho ánimo. Conozco al cliente, de una vez que coincidimos en otro sitio, no muy lejos de allí, una tarde muy especial a primeros del verano pasado. Desde entonces me saluda con afecto y amabilidad. Ni siquiera me acordaba de él cuando un día se acercó a mi mesa y me tendió la mano. La vida, me dice al despedirse, con pena. La vida está llena de problemas. No hago preguntas. Cuando intuy...

Apollo Creed

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          Hace años, en una mesa redonda sobre boxeo en la que participé en Barcelona porque el protagonista de una novela mía había sido campeón de Europa superwélter, un púgil retirado arrugó la nariz con asco cuando alguien mencionó, tal vez yo mismo, las películas de Rocky. Las he visto todas, varias veces, disfrutándolas siempre. Hasta algunas mujeres me han aguantado el tiempo suficiente para verlas conmigo. Sólo algunas, sí. Con otras no lo he conseguido. Suena a tópico manido, ya lo sé, pero si las ves de un tirón las películas de Rocky suponen una muestra innegable de superación, del personaje y del actor que lo interpreta. Contaba Stallone en un documental dos anécdotas a las que a menudo recurro cuando hablo de la importancia de no rendirte si crees en ti mismo o de lo fundamental que puede llegar a ser un detalle en apariencia insignificante. Empiezo por lo segundo: Stallone fue a un casting para otra película, y allí estaban, si mal no recuerdo...

Nadar hasta que pueda

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Ya me conocéis. Y si no me conocéis, vuelvo a contarlo. Será por contar. Vivo saludablemente lejos del mundillo literario. Lejos de Barcelona, lejos de Madrid, incluso lejos de Sevilla porque habito en una esquina de la provincia. Aparte de las presentaciones y de las entrevistas que tienen que ver con la promoción de mis libros (o tenían: ahora lo explicaré), no suelo asistir a actos literarios. Ya ni me invitan de tanto escaquearme. No me quejo. No se puede tener todo y por todo se paga un precio. Disfruto de la promoción, de los viajes, de las entrevistas, de los encuentros con los lectores, pero también respiro aliviado cuando regreso a mi rutina, a escribir cuando puedo, sentado en mi despacho, imaginando historias, emborronando cuadernos. Esta semana en Madrid un amigo me pone al día del negocio de los libros. Esto ha cambiado mucho, Andrés, me cuenta. Salvo casos excepcionales, ya no se hacen viajes promocionales. Las entrevistas en los medios cada vez son más escasas. Ahora lo ...