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Mostrando entradas de mayo, 2026

El terco juntaletras

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Este cuaderno ha durado menos que otros. Porque escribo mucho, claro. Valga como respuesta a ciertos idiotas que me preguntan si sigo escribiendo. ¿Sigues respirando? ¿Sigues comiendo, viviendo? ¿Follando? ¿Sigues diciendo tonterías? Suelo pensarlo mientras callo y sonrío. A veces no sonrío. Escribir forma parte de mí. Mi manera de estar en el mundo, si me pongo exquisito. Pero no me gusta ponerme exquisito. Prefiero arremangarme cuando escribo y contar lo que me dé la gana. Tiene su parte buena cuando se mira con perspectiva una carrera larga y su parte mala cuando los editores han de hacer cuentas. Lo segundo no me preocupa pero lo respeto. Lo primero tampoco me preocupa pero me gusta.  Esta mañana llego a la página 400 de esta suerte de diario, notas, reflexiones, apuntes, y recuerdos de buenos ratos (también malos). Lo empecé hace menos de siete meses. Hoy mismo, o quizá mañana, empezaré otro. Ya no caben más cuadernos de estos en la estantería. A menudo pienso que sería bonito...

The Madison

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  The Madison es, como dirían los snobs, un placer culpable. Me explico: tiene un punto lacrimógeno lo bastante contenido para que funcione sin sonrojarte. Incluso para que te emocione. Aparte de la firma de Taylor Sheridan tras el tinglado ( Comanchería ,  Wind river ,  1883 ,  1923 ,  Yellowstone : apabulla, ¿verdad?), están Kurt Russell, al que por enfrentarse a un asesino alienígena milenario en  La Cosa le perdono cualquier resbalón, y abundan en su carrera; y Michelle Pfeiffer, que me dejó boquiabierto la primera vez que la vi en la pantalla de un cine de verano junto al gran Jeff Goldblum en  Cuando llega la noche  (qué delicia, y John Landis tras la cámara); lo mismo cuando vestida de mojigata dama francesa dieciochesca se murió de amor por John Malkovich (la vida no es justa, pero hay esperanza: algunos calvos tienen suerte); o cuando hizo de rusa en aquella espléndida adaptación de una novela de John le Carré (no soy capaz de ver el mome...

Hogar dulce hogar

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Son viejas paradojas: la tendencia a la soledad y el gusto de compartir un rato con buenos amigos; el poderoso imán de los libros y las películas en mi sillón favorito y las ganas irresistibles de una escapada. Con los años he comprendido que los extremos se retroalimentan, una divertida contradicción irresoluble. Digo divertida porque también he aprendido a tomarme con humor todo lo que puedo, y es mucho, vaya. Cuanto estoy en casa pienso en el próximo viaje y en cuanto me largo suelo pienso en el regreso, a mis cosas y a los míos. Me da un poco de vergüenza reconocerlo, pero quienes me conocen bien saben que suelo buscar una excusa para escaquearme (y a veces ni siquiera la busco) de los saraos a los que me invitan. He perdido o me he distanciado de amigos por eso y también he tirado por la borda más de una oportunidad de conocer a gente del oficio que me pueda echar una mano. Pero como los babosos me espantan y las palmadas en la espalda me provocan sarpullido, en justa coherencia n...