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Mostrando entradas de julio, 2025

Cansancio

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  Tengo ganas de sentir frío, de ese que corta la cara y sólo puedes quitarte al entrar en un café, pedir una taza de chocolate caliente y agarrarla bien fuerte para volver a sentir los dedos. Pero me conformo con una brisa fresca por la mañana y no tener que buscar una mesa dentro del bar porque todavía no son las nueve y en la terraza no se puede estar. Hace poco enchufé un ventilador y hasta cuatro días después no supe que también había conectado el brasero de una mesa de camilla que tengo arrumbada. Sólo noté que hacía más calor del habitual. Se dio cuenta alguien que vino a casa. Se llevó las manos a la cabeza, no sé si con más indignación que preocupación. Quién sabe cuánto habrían tardado en aparecer las llamas, en arder los libros (si no sabéis a qué temperatura arde el papel, leed a Ray Bradbury), en quemarse mi carne de haberme pillado ahí.  Por esto, y también por otras muchas cosas que me reservo, sé que llevo mucho cansancio acumulado. Sobre todo de mí mismo, me t...

El vello de punta

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Me pasa a menudo. Es una respuesta natural, incontrolable. Deliciosa. La ciencia explica que sucede por una emoción intensa. Alguien que me conoce muy bien me ha confesado muchas veces su envidia porque me pase con tanta frecuencia. No siempre soy consciente de que lo que me pasa a mí no tiene por qué pasar a los demás, o pasarles de la misma forma. Escucho una canción, leo un poema, veo la escena de una película y se me pone la carne de gallina. Como es tan evidente en verano, el otro día me lo volvieron a decir, que cuánta envidia, cuando el vello de mi antebrazo apuntaba al cielo. Todavía me pasa más si canto una canción, cuento la escena de una película que significa mucho para mí, o el pasaje de un libro, o si soy yo quien recita el poema. Me gusta recitar, en voz baja, sin estridencias, sólo unos pocos versos, al oído de quien lo merece o mirando sus ojos. Hasta aquí puedo leer. La emoción del otro día era por varias canciones: Que nadie vaya a llorar , de Manuel Molina (cuando m...

Amantes infieles

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Ando en huelga veraniega de noticias. Total, más o menos ya me lo sé. Casi siempre tengo la tele apagada mientras almuerzo, o encendida pero con apenas volumen. Ayer, por alguna casualidad (quienes crean en el destino pensarán que fue para escribir esto, vale, pero yo no creo en el destino), puse los ojos en la pantalla cuando hablaban sobre una pareja a la que las cámaras de un concierto pillaron en plena infidelidad. Entre tanto mangante y tanta guerra, las noticias, por fin, me arrancaron una sonrisa. Ya ni poner cuernos se puede, joder. Algunos diréis que estaban en un concierto y sabían a lo que se arriesgaban. Vale, pero también podía haber pasado en la calle, en un restaurante o en la cola del pan. Qué tiempos en los que llevaba una réflex contundente para retratar las ocasiones especiales. Ahora basta cualquier tonto con móvil para que te conviertas en uno de los recuerdos de las vacaciones de cualquier familia.  Lo de esta pareja va a terminar en divorcio, parece. Son muy ...

F1

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Hace un par de años unas fotos de Brad Pitt en la final de Wimbledon con gafas de sol, estudiado desaliño capilar y ese aire de inmarcesible tipo buenorro, dieron la vuelta al mundo. Este tío se mete algo, me dijo un examigo. No sé, respondí, pero tiene que haber algo más. Seguro que Willy Toledo también se mete algo y no es lo mismo. Rodaba entonces el actor en Londres la película que revienta la taquilla este verano. Como el ruido me espanta no soy aficionado a las carreras de coches ni de motos, pero voy a ver F1 porque determinados  blockbusters  conviene disfrutarlos en pantalla grande. Me entretiene, me divierte, salgo del cine un poco más feliz que cuando entré. No pido mucho más a una película, sobre todo lo último. Pero también voy a verla porque está Brad Pitt. Carreras y lujerío de marcas prohibitivas aparte (el título de la película no es casual, claro), la clave está en el perdedor digno que compone el tipo que enseñó lo que era un orgasmo como Dios manda, o vari...

Bendita rutina

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Si la mejor improvisación resulta de una preparación concienzuda, tal vez la mejor aventura sea la que se cuela por los agujeros de la rutina.  La vida es un puñetero caos  ― o bendito, depende ― al que nos empeñamos en dar sentido. Aún más quienes nos dedicamos a jugar a imaginemos. Quizá la rutina sea una forma engañosa de convencernos sobre el control de lo que nos pasa, pero qué más da. Son muy pocas las cosas que podemos controlar, casi nada lo que depende de nosotros. Los estoicos se han puesto de moda, pero sería bueno leerlos de verdad, y tal vez entenderlos y aprender, en lugar de usar memes resultones de las redes sociales como mantras. Estamos en la era del Superpop 2.0. La rutina, decía, que no quiero desviarme. No es mal asunto llevar cierto orden, aunque luego los problemas te empujen a un rincón del cuadrilátero. Empiezo a recuperar mi rutina, o lo que viene a ser lo mismo: recuperar mi vida. O lo procuro. Pero, como en las buenas historias, se presentan co...

La sombra tras la bicicleta

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Tu padre nos va a enterrar a todos, me dijo el otro día Javi, un viejo amigo de la infancia, cuando fui a su papelería a plastificar algo que hice para regalar. Hablamos un rato de cuando éramos niños mientras su hijo terminaba de darle consistencia a mi dibujo. Lo de enterrarnos a todos lo decía con admiración sincera puesto que, como él recordaba, en septiembre hará cuarenta y dos años que mi padre sufrió un ictus. Un mes postrado en la cama de un hospital, la mitad izquierda del cuerpo paralizada, la boca torcida, hipotecado hasta las cejas para construir unas viviendas de protección oficial que todavía parecen nuevas, un puñado de nóminas que pagar y una mujer, dos hijos, un padre y varios perros a su cargo. Para colmo, no tenía a nadie a quien pedir un duro prestado. A menudo pienso en eso cuando me acosan los problemas y todo se relativiza bastante, creedme. Como ya venía duro de fábrica, consiguió salir adelante. Vaya que sí. Hoy ha cumplido ochenta y ocho. Sigue conduciendo, le...

La pareja del bar

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Ella es expansiva. Sonríe a los otros clientes, casi les habla o parece que no le importaría entablar una conversación. Se la ve contenta. Camiseta holgada, pantalón corto y chanclas. Es domingo por la mañana, hace mucho calor. Una escapada a la playa. Si es temprano, para esquivar el atasco. O más tarde, justo antes de comer, tampoco es mala opción. Él, más serio, pero contento también. Se peina como yo. Esto es, el cráneo rapado para no lucir guedejas asimétricas. Cuánto debemos quienes perdimos los rizos a Ronaldo Nazario y a Zinedine Zidane. Nunca me ha importado y a muchas mujeres les gusta. La mesa contigua a la mía es grande, rectangular. No se sientan el uno frente al otro, sino uno al lado del otro, las piernas rozándose, los brazos también, mirando el móvil, quién sabe si calculando la ruta, buscando una canción o eligiendo una obra de teatro. Da igual: sólo les atañe a ellos. La clave está en sentarse uno al lado del otro, en cómo siguen queriendo tocarse. Las yemas de l...

Una tarde de viernes cualquiera

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En tiempos de tribulación no hacer mudanza. Dicen que lo dijo San Ignacio de Loyola, pero da igual porque a veces el rebelde que llevo dentro tiende a desoír los consejos de los sabios y ando en pleno zafarrancho. Moviendo cosas de una parte a otra estoy y, como no tengo antena, voy a comprar una tele inteligente de esas. También necesito un aparato de aire acondicionado en el salón para no acabar derretidos la nueva tele y yo. Me encanta el cine pero no tanto como para sufrir. Veremos si lo soluciono en los próximos días: lo del aire acondicionado, digo. Lo de sufrir ya veremos. El Mediamarkt a primera hora de la tarde de un viernes en verano se parece al desierto: hay sitio de sobra para aparcar y los vendedores suelen estar todos libres. Todos salvo el de los televisores. Ahora le atiendo, me dice, sudoroso, a pesar del aire acondicionado. No es para menos. Está con una pareja de jubilados alemanes. Ella, el pelo corto, chanclas tan grandes como tablas de surf y tatuajes en los braz...

Virutas de chocolate

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Nueva York es como un pastel de virutas de chocolate que es todo virutas de chocolate. Lo decía Isaac Asimov en un artículo. Cito de memoria. Lo leí hace treinta y cinco años, o más. No tengo el libro a mano, pero confío en mi memoria. Me acordaba ayer de esa reflexión, no porque una persona muy cercana me dijese por la noche, qué casualidad, que estaba deseando ir a Nueva York, y mira que la he animado veces a que compre el billete y reserve un hotel. Lo pensé a la orilla del mar. Tampoco merendé un pastel de virutas de chocolate. Da lo mismo. No suelo tomar dulces. Durante varias semanas el tiempo ha sido un bien tan escaso que cualquier rato de paz era igual que disfrutar de un helado despacio, como una caricia, como unos ojos bonitos mirándome por encima de la curva de una copa de vino. Me juré darme un baño en el mar la primera tarde que pudiera, por si acaso ya no puedo hacerlo más durante el verano. Hay muchas cosas que resolver todavía, y vendrán más. Llevaba años durmiendo raz...