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Mostrando entradas de septiembre, 2022

El príncipe de las manías

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Me fascinan las personas maniáticas. No se trata de admiración, sino curiosidad antropológica. Uno de mis obsesos preferidos es el personaje que compuso Jack Nicholson en  Mejor imposible . Tal vez lo recordéis: ese escritor que caminaba por Manhattan cuidándose de esquivar las juntas de las baldosas. Pero una de las cosas buenas de la ficción es que al cerrar las tapas del libro o acabar la película vuelves al mundo real. Jack Nicholson al final se llevó al huerto a Helen Hunt. Nunca sabremos cuánto duró la relación, pero presumo que ella no lo habría aguantado más allá de lo que dura la ceguera del enamoramiento. Por tanto, me fascinan los maníaticos, pero de lejos...  En realidad, creo que el problema no son tanto las manías (cada uno tiene las suyas y no seré yo quien arroje la primera piedra) como que el maniático (o la maniática: en determinados asuntos conviene ser paritario) considere que su forma de comportarse es el resultado de una evolución privilegiada (cuand...

FIN

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  Nunca me ha pesado gastar horas consumiendo ficción porque siempre he procurado que los libros y las películas sean alimenticios. El verbo zampar se aplicaría literal y felizmente en este caso. Cumplo años y el porcentaje de ensayos y documentales zampados alcanza límites inesperados. También los diarios donde desde chaval registro lo que pasa  ― y sobre todo lo que pienso y lo que siento ―  cada día requieren más espacio en mis estanterías.  La ficción pasa factura  ― que se lo pregunten a Alonso Quijano ―  pero nunca me ha molestado pagarla. El cine es tan poderoso que ya no pensamos, ni soñamos, ni recordamos, ni vivimos igual. Pardner Jones fue un antiguo sheriff del oeste americano al que contrataron como asesor en el Hollywood que principiaba. Intentar desenfundar el revólver más rápido que el otro era la forma más fácil y estúpida de convertirse en comida para buitres. Nada como un buen rifle para poner las cosas en su sitio, afirmaba el viejo...

Vuelta a la normalidad

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Me entero de la vuelta al colegio de los niños ucranianos y recuerdo que no hace mucho leí que en el país que aguanta las embestidas rusas como una aldea gala irreductible también había comenzado la liga de fútbol. Era una buena noticia. Da igual que te guste dar patadas a un balón o mirar cómo lo hacen otros; o que no te guste. La vida sigue adelante a pesar de las bombas y de los invasores. Igual que la algarabía de los críos en las aulas, los domingos con fútbol es una de esas situaciones extrañas que suponen la vuelta a la normalidad, por absurdas que parezcan. No olvidemos que los Panzer de la Wehrmacht se detenían con disciplina marcial en los semáforos en rojo de Varsovia. Este mes se cumplen ochenta y tres años. Pero lo del fútbol en Ucrania también es una mala noticia: la vida continúa porque no queda más remedio, pero la guerra permanece. O, lo que es peor: se acepta que la guerra va para largo y hay que seguir viviendo. Los rusos se empeñan en la conquista, los ucranianos ...