El que apaga la luz
Se les ha hecho largo el fin de semana porque he estado cuarenta y ocho horas desaparecido. No fue nada del otro mundo, pero lo bastante para estar ocupado. Me llamó un buen amigo y estuvimos charlando un rato; una amiga muy querida me escribió para interesarse por mis huesos tras la caída en las piedras del teatro de Mérida. La tranquilicé, no pasa nada. Hasta tus caídas son literarias, replicó, la muy guasona. También vino alguien que me aprecia a pasar la tarde y estuvimos practicando yoga y hablando y cenando y riendo mucho. Y me llamó otro buen amigo mientras iba (él) camino de la radio. Y más cosas que me callo, claro. No es mal patrimonio ese, joder, los amigos. Por la noche voy antes de que sea tarde y estén dormidos. Hablo con ella un rato, de muchas cosas. Ya está acostada. Se encuentra mucho mejor, pero no tanto como le gustaría, como nos gustaría a todos. Trato de animarla, pero en el fondo es ella quien, con esa forma tan astuta que tiene de hacer las cosas...