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Mostrando entradas de octubre, 2024

Tragedia

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      Iba a escribir de otra cosa. Tenía en la cabeza una imagen muy potente, varias, para unirlas en un texto y darles sentido. Escribir a menudo es eso, si no siempre: dar sentido a cosas que no lo tienen (¿acaso algo lo tiene?), explicarte lo que pasa, contártelo, contárselo a los demás y, con suerte, mucha suerte, entenderlo. Por la mañana estaba convencido de que lo haría, palabra, pero no soy capaz. Escribir de cualquier otro asunto se me antoja una frivolidad. Peor: una falta de respeto. Tres días fuera, sin cargador del móvil, sin datos. Tan feliz. El martes era un murmullo lejano. No miré las noticias. Estaba a lo mío. Hasta ayer no soy consciente de la tragedia. Por el camino recibo varias llamadas. Ten mucho cuidado con el coche, me dicen. Avisa cuando llegues. El cielo está azul, respondo. Por aquí diluvia, me advierten. Pocas cosas revelan más el aprecio que la preocupación de quienes te quieren. E intuyo más preocupación de la que desean transmitir. Normal: ...

Otoño

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No sé si será por las caricias a mi perro, de cuya resistencia podrían aprender hasta esos galos de los tebeos. O por los lametones de mi perro: a veces me pregunto si me equivoco cuando afirmo que tiene suerte por no saber nada, porque cuando me mira la pena es por mí, no por él; porque lo sabe todo y me dice: “No te preocupes, chaval. Haces lo que puedes y lo que debes. Todo está bien.” También puede ser, ya que me he puesto mimoso, por las caricias, los besos y los abrazos que doy a la gente que quiero. O por las caricias, los besos y los abrazos que me regala la gente que quiero. Quién sabe, a lo mejor es por esos dos libros que me estoy zampando a la vez: uno sobre anécdotas de escritores que me han pedido presentar (consuela comprobar que los más grandes también tuvieron defectos y manías, pero eso los hace más humanos, esto es, todavía más grandes); otro, la biografía de un conquistador. Desde siempre me interesaron estos aventureros barbudos. Y, ya puestos, conquistar, en un co...

Esos borrachos

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De lejos los soporto, pero me incomodan los borrachos cuando se acercan. No hace mucho, sentado en una terraza con mis apreciados Juan Antonio y Manolín, llegó un desconocido y me dio un abrazo pegajoso. Como para determinadas muestras de efusividad soy bastante ingenuo y, puesto que no sabía quién era y dados los escasos índices de lectura las posibilidades de encontrarme con un seguidor en la calle son insignificantes, aún más si se me lanza al cuello, pensé que conocía a mis amigos. Pero el gesto de ambos indicaba lo contrario. Además, el lento movimiento de cabeza de Manolín resultaba inequívoco hasta para el más torpe: mejor marcharse a dar abrazos a otra parte. Lola, la dueña del bar, lo despachó rápido hacia la parada de autobús. La intervención de una mujer con los ovarios bien puestos suele ser mano de santo. Los de la otra noche eran cuatro. Andaba ocupado en otros asuntos más interesantes y no los había visto. Estaba pagando la cuenta cuando uno de ellos me golpeó en el cost...

El águila y la serpiente

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             Vacaciones de Semana Santa, 1986. Una noche, en un bar que ya no existe, en mi pueblo, me encuentro a Isidro, mi profesor de Historia en el instituto, y me dice que el domingo anterior leyó un reportaje en  El País  sobre la conquista de México y lo ha guardado para mí. Semanas antes hemos hablado en clase sobre esa época. “Hernán Cortés acabó ostentando un título nobiliario. Andrés, experto en la conquista de América, nos lo podrá confirmar”, apuntó el profesor, con mucha guasa. “Marqués del valle de Oaxaca”, respondió el alumno, siguiéndole la broma pero diciendo la verdad. Eran otros tiempos. Viejos tiempos. No era ningún experto, me apresuro a aclararlo. Sigo sin serlo. Pero me gustaba mucho esa época y más o menos un año antes había disfrutado como el enano que era de una espléndida novela:  El dios de la lluvia llora sobre México , de László Passuth. Lo primero que me viene a la memoria de este...

Vehículo de sustitución

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Me gusta conducir. Sé que puede parecer un vicio inconfesable o tal vez uno de esos placeres culpables. Lo mismo da. Me encanta viajar en coche. Y mira que disfruto en un tren o volando sobre las nubes al lado de alguien que me importe mucho. Con absurda nostalgia conservo una caja repleta de auriculares del AVE sin estrenar y también viejas revistas de Ronda Iberia. Voy a Madrid varias veces al año, pero desde hace mucho siempre en coche. Me agobian Atocha y las multitudes. Prefiero la carretera, salir temprano, parar por el camino cuantas veces quiera, desviarme, sin prisa por llegar. Volver a casa muy de mañana si quiero o a última hora del día si me apetece quedarme más tiempo. Supongo que como me gusta conducir resulta inevitable que también me gusten los coches. Así es. Si puedo, los vendo antes de que se hagan viejos, aunque les tenga cariño, y estreno otro. En eso pienso desde hace tiempo. Quizá ya vaya tocando cambiar de coche. Como tenía algunos arañazos y en julio se quedó t...

La puñetera imaginación

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             Cerca de donde suelo desayunar hay un geriátrico. Algunos residentes se asoman por el bar, en grupos diversos. El más habitual era uno formado por tres octogenarios: uno en silla de ruedas, otro, empujándola, con gafas de aviador y cazadora como de Maverick jubilado y ella, que me recordaba a Patricia Highsmith. Los tres fumando como si no hubiera mañana (quizá a cierta edad lo mejor es no pensar en mañana: en realidad, es mejor no pensar demasiado en mañana a ninguna edad), casi siempre puros. Tosiendo, aunque con tanto deleite no parecía preocuparles. Era divertido observar cómo las mesas a su alrededor en la terraza se quedaban vacías. Nadie protestó porque fuera está prohibido fumar. Primero desapareció Patricia Highsmith. Como tenían ese aire de compañeros de instituto, antes de pensar en algo más triste y más lógico preferí imaginar que se habían peleado. Los triángulos amorosos siempre acaban mal. Al menos l...