Estos rojos asquerosos...
No he visto un solo minuto del debate de investidura. La única emoción que me provoca es el aburrimiento, y como la vida aprieta últimamente por varios flancos, el tiempo que me queda lo dedico a leer provechosamente (ando arremangado en un tocho delicioso de Mary Beard: la antigua Roma, sí; como apuntó Terencio, soy un hombre y nada de lo humano me resulta ajeno) y a terminar un cuento que llevaba meses atascado (quiero empezar una nueva novela y no me gusta dejar trabajos pendientes) y que, por inconfesable desidia, lo había ido posponiendo aunque sepa bien que las historias no se escriben y mucho menos se terminan solas. A pesar de lo apuntado en la primera frase, como no vivo en una burbuja resulta imposible sustraerme a lo que pasa, en el Congreso y en la calle. Soy de los que piensa que al final todo se calmará, cada uno seguiremos con nuestra vida y antes o después habrá otro tema del que ocuparse. Otro asunto del que discutir, vaya. Y entonces esto no será más que un recue...