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Mostrando entradas de marzo, 2024

Carambolas

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   El síndrome de Mowgli  es, de mis novelas, una de las menos vendidas, pero al mismo tiempo es de las más apreciadas por muchos lectores.  Estas paradojas son habituales, en la vida y en los libros. Lo he contado muchas veces, sólo lo apunto de nuevo para quien no lo sepa: tras   La clave Pinner   me empeñé en escribir algo muy distinto, y el precio de hacer lo que te da la gana es que los editores te digan, vale, chaval, tu nueva novela es estupenda, pero no la vamos a publicar. Cuando tengas otra de espías ya hablaremos, si eso…   El síndrome de Mowgli  terminó ganando un premio y publicándose. Hoy me ha vuelto a dar una alegría. Y ya van unas cuantas. Pasa desde que empecé a escribirla, o mucho antes, cuando el niño que fui leyó las obras completas de Kipling en un hermoso tomo con tapas verdes, lomos dorados y papel biblia sacado de la biblioteca. Allí estaba el Mowgli de verdad, no el de la película de Disney. Siempre quise tener un perro p...

Opinar

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  Lo saben bien quienes me conocen: no suelo entregar un original a nadie para que me dé su opinión a no ser que se trate de alguien de mucha confianza y que además me lo pida con sinceridad e insistencia. Tampoco acostumbro a preguntar a un lector si le ha gustado un libro mío. Si alguien quiere contarme qué le ha parecido, seré todo oídos, pero no seré yo quien dispare primero. Con esto me arriesgo a dar la sensación de antipático o distante, y tal vez tenga algo de esas dos cosas en lo que se refiere a mi trabajo, pero sobre todo me espanta la figura del escritor insoportable. Es cierto: aplico este proceder hasta con los más cercanos de los míos. Tanto, que mi madre me preguntaba hace poco si ya no escribía artículos. Mis padres leen la prensa todos los días. Mi padre además devora todo lo que le recomiendo. Ahora anda disfrutando de un tocho sobre filosofía. Le envidio, entre otras muchas cosas, la pasión por aprender. “Vive como si fueras a morir mañana y aprende como si fuer...

De mayor quiero ser Ancelotti

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    Mi relación con el fútbol es paradójica: el juego apenas me interesa, no siento una pasión desmesurada por ningún equipo, pero al mismo tiempo envidio a esos aficionados que se desgañitan en el campo o se comen las uñas delante de la tele; pero la mayoría de las situaciones que no tienen que ver con los partidos me generan una enorme curiosidad por lo de impagable estudio de la condición humana que revelan. No es raro esto, creo, y, además, son las contradicciones las que nos humanizan. De otra forma no seríamos sino robots aburridos. Y yo no quiero ser eso. Ni ahora ni nunca. Si acaso, de mayor quiero ser Carlo Ancelotti. Lo tengo clarísimo. Y no lo digo por la pasta que se levanta cada año, sino por su carácter, que también observo con una mezcla de envidia y admiración en algunos tipos cercanos que me recuerdan al italiano. Ese alzamiento de ceja, entre cínico y guasón, a lo Sean Connery, ese aire innegable de bon vivant recién llegado de una playa exótica o a punt...

¿Te puedo llamar?

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  Tardé mucho en subirme al carro del guasap. Desde que sucumbí a su hechizo lo he dado de baja varias veces con una mezcla de alivio y de preocupación por sentirme aislado. Además, no tener guasap es uno de los motivos, otro de tantos, para que te tilden de raro, a tu cara o a tu espalda, si es que no desconfían de ti, sobre todo si no te conocen. ¿Cómo no va a tener guasap? Cuidado con este tío, a ver si ha salido de una vaina, como los extraterrestres de aquella película. Vigilémoslo, por si acaso. Con estos mimbres Philip K. Dick o Ray Bradbury escribirían una historia pesimista de ciencia ficción. Como ya no pueden, por desgracia, lo mismo acabo escribiéndola yo, aunque no atesore ni un miligramo del talento de esos dos genios.  Debe de hacer cuatro o cinco años que no desactivo el guasap, no me refiero a quitarlo durante unas horas o días, sino a quitarlo durante una temporada con la esperanza estúpida de que sea para siempre. Aunque es útil, lo reconozco, salvo en caso ...