Insultadme con gracia
Hace tiempo, al presentarme a una subordinada, un editor estirado quiso hacerse el gracioso: “Ez andalú, ¿no vez cómo habla?”. No hay nadie más antipático que un andaluz al que le tocan las pelotas, creedme. Con una sonrisa helada le expliqué que el acento andaluz tiene una variada y rica gama de matices y que si para imitarme recurría al ceceo debía de ser por su pésimo oído. Lo de la poca gracia es otro asunto, añadí. No se trata de defender lo indefendible, pero si alguien piensa que por ser andaluz me voy a poner a bailar sevillanas o a contar chistes me sale el misántropo que llevo dentro y me siento más cerca de Harry el Sucio cuando quiere que le alegren el día que del Chiquito de la Calzada. El Rocío me parece una manifestación insoportable, la feria el lugar perfecto para maltratar las cuerdas vocales; y de la Semana Santa me quedo con el olor a incienso y la belleza artística, a poder ser de lejos. Pero no le voy a sonreír a nadie que piense que antes de subir al AVE he...