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Mostrando entradas de marzo, 2026

Nadar hasta que pueda

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  Aunque soy combativo por naturaleza y me dejo el pellejo antes de bajar los brazos, a veces me canso. No pasa nada: cierro los ojos, duermo o me encierro en una coraza hasta que vuelvo a salir a pelear. A todo buen boxeador le queda un gran combate dentro, reza una máxima pugilística. Pero a veces me pregunto qué pasará cuando no tenga ganas de pelear, cuando me quede sin fuerzas o ya no merezca la pena. Si hablo de esto con gente de mucha confianza (muy pocas personas, en realidad), suelo decir que me iré a una playa, me desnudaré en la orilla y nadaré mar adentro hasta que me rinda el cansancio. Escribí un cuento hace pocos años donde uno de los personajes hacía justo eso. Los juntaletras acostumbramos a contar las verdades importantes en la ficción. No he publicado esa historia. Todo se andará, espero. Alguna vez, alguna vez tal vez... Pero sé que no será tan fácil. No publicar ese cuento, sino nadar hasta que me fallen las fuerzas, por muy poética que se me antoje esa despedi...

Horario de verano

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No me entero hasta esta mañana, en pie desde muy temprano, como casi siempre, y al mirar el móvil me siento incómodo: aún no se ha levantado del todo el sol, pero con esa luz incierta suelo llevar despachados un café y unas cuantas páginas de lectura provechosa. Unos días fuera, tantas cosas en las que pensar, y sobre todo tantas cosas en las que no pensar, y me he olvidado por completo del cambio de hora. Lo he contado muchas veces, pero lo repetiré, por si sirve de algo. O, mejor, a sabiendas de que no servirá de nada: pertenezco a esa cofradía de raros que prefieren el horario de invierno (es más natural: quien quiera saber, que se informe, es fácil), me agobian esas tardes tan largas en las que la oscuridad se hace la remolona, duermo mejor, y aunque la primavera sea muy bonita y muy colorida también es la antesala del verano y el verano a veces es sinónimo del infierno, porque es muy largo y hace mucho calor y a las diez todavía no es noche cerrada. El verano sería estupendo, o qu...

El regreso de Ulises

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Me froto las manos porque cada vez queda menos para el estreno de  La Odisea , de Nolan, que pienso ver en la butaca de un cine, bien cómodo y, si es posible, bien acompañado. Los placeres saben mejor al compartirlos. Mientras, me zampo  El regreso de Ulises , que desapareció de las salas antes de que pudiera ir a verla (hay cosas que es mejor no dejar para más tarde) y ahora ya no estoy tan seguro de que película de Christopher Nolan me vaya a gustar tanto. Ojalá me equivoque. Una curva de oreja a oreja todo el tiempo mientras la botella de vino se iba vaciando. Hay ocasiones en las que merece la pena arriesgarte a un dolor de cabeza. Me chiflan los héroes sin efectos especiales, los héroes cansados que vuelven a pelear, porque no les queda otra, con la resaca de lo vivido en la mirada. Que Ralph Fiennes no haya ganado todavía un Oscar es una prueba de que el mundo no es un lugar justo. Tampoco le hace falta (ganar el Oscar, digo): nada tiene que demostrar. Penélope espera el...

San Ray Bradbury

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  Como el título de esa novela de la temperatura a la que arde el papel en la escala de Farenheit, no recuerdo la cifra, dijo el profesor en el instituto. 451, murmuró el alumno, con cierto pudor aunque quizá también con alguna presunción. Eso, concedió el profesor, señalándolo con extrañeza:  Farenheit 451 . El alumno se encogió de hombros mientras sus amigos reían. Quizá se reían de él, pero que más da eso ahora.  Mi querido Miguel me envía un texto de Ray Bradbury, uno de esos de entusiasmo contagioso, tan habituales en el escritor, y me empiezan a galopar los recuerdos. A veces tengo la sensación de haber leído todo lo importante en la adolescencia. Si no lo más importante, desde luego lo que más me ha marcado. Bastan un par de mensajes para que Miguel encargue uno de los libros de Ray Bradbury que más he recomendado:  Zen en el arte de escribir . Me preocupa un poco que mis amigos sigan mis sugerencias sobre lecturas y películas sin pestañear: cada persona es di...

El azar

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No me canso de repetir que no creo en el destino, que me espanta la pseudofilosofía que remeda al viejo Superpop en las redes sociales, pero me fascinan los mecanismos del azar. No me canso de repetirlo y tal vez estéis cansados de escuchármelo o de leérmelo. Mis condolencias por anticipado si es así. Ya no sé si podría otra vez, pero hace muchos años creé una alerta de Google con mi nombre: resultaba útil para saber cuándo aparecía en algún medio cualquier cosa relacionada con mi trabajo. Hoy, un periódico destaca mi nombre entre la lista de ganadores de un premio literario. No está mal que te dibujen una sonrisa cuando llevas unos días complicados, pero la noticia me empuja a pensar, como tantas otras veces, en la vida como una partida de billar al revés. La vida sólo se puede entender hacia atrás, sostenía Kierkegard. Será verdad. Hace un cuarto de siglo, cuando peleaba por hacerme un hueco en el mundillo literario, una mujer muy mayor no dejaba de llamarme porque confundía mi númer...

No a la guerra

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La prueba innegable del paso del tiempo son las canas de Alberto San Juan. No debe de suponer un problema para quien, además de ser un actor excelente, empieza a lucir pinta de galán clásico. Pero lo miro, hago cuentas y así, como quien no quiere la cosa, resulta que han pasado veintitrés años del “No a la guerra”. Me gustaría decir que basta asomarse al telediario durante el almuerzo y percatarse de que nada ha cambiado, pero estaría faltando a la verdad: ahora todo me parece más grave, más siniestro, con lo difícil que parecía superar el delirio por las armas químicas de Irak. Pero hasta Bush hijo se antoja un filósofo griego comparado con el tarado que se sienta cada mañana en el Despacho Oval con ganas de desayunar napalm (ay, Robert Duvall, cuánto te echamos de menos). Al presidente Sánchez se le podrá reprochar muchas cosas, pero me siento muy representado por él estos días. Ahora viene el momento en que algunos amigos me llamarán rojo. Vale, pues me alegro. A veces otros amigos ...