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Mostrando entradas de marzo, 2025

Agua

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Cuenta Jorge Valdano que cuando vino a jugar a Europa la adaptación fue un poco más difícil por el clima. Pasó de un lugar donde se suspendían los partidos cuando amenazaba la lluvia a jugar en el Alavés. Vista su trayectoria posterior mereció la pena el esfuerzo, pero lo entiendo.  A mí me gusta la lluvia. Pocos momentos más felices se me ocurren que tener en las manos un libro de esos que no caben en una caja de zapatos mientras los goterones golpean el tejado o, ya que estamos, tener entre las manos otras cosas menos confesables mientras los goterones golpean el tejado; pero me he criado en el sur de España y sin darme cuenta pospongo planes cuando truena el cielo. No sólo una escapada que retraso cada semana: el otro día me dirigía a comer con unos amigos y la Ley de Murphy, tan oportuna y tan puñetera, decidió que empezase a caer granizo mientras atravesaba un páramo. El paraguas no protege las piernas y enseguida estaba empapado desde las rodillas hasta los pies. Hice amago d...

Quinto aniversario

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  Podría empezar diciendo que no me acordaba, pero quedaría como un esnob. Claro que me acuerdo. Mañana se cumplen cinco años del confinamiento. No perdí a nadie cercano, tuve suerte. Pero también pasé miedo por los míos. Como estoy acostumbrado a pasarme muchas horas encerrado y sin hablar con nadie, mi rutina, salvo no poder ir a donde me diera la gana, no cambió demasiado. Conservo en un cuaderno las listas de la compra de mis padres y en mi cabeza los ratos tan largos en la cola de la pescadería, en la frutería; con la mascarilla y los guantes. Por pura casualidad había montado un tatami en una habitación y podía entrenar (para entrenar solo, sólo hace falta voluntad: aquí lleváis un ejemplo de por qué soy un disidente de las normas sobre la acentuación de este adverbio); escribí un par de cuentos, o quizá tres, para una colección que aún sigue guardada en un cajón; leí muchos libros y también releí  La carretera , de Cormac McCarthy, lo que viene a ser como leer  Tib...

La bomba de París

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No creo en el destino. Quizá por eso lo escribo con minúscula. Creer en el destino supone aceptar que nada de lo que haga o deje de hacer importa porque el resultado ya está escrito. Me gusta ese diálogo entre Ken Watanabe y Tom Cruise hacia el final de  El último samurái . ¿Crees en el destino?, le pregunta el japonés al oficial norteamericano antes de comenzar la batalla donde van a ser derrotados. Yo creo que un hombre hace lo que puede hasta que su destino le es revelado. Cito de memoria. Y paro ya porque no me he sentado a contar películas.  Con la misma intensidad que desprecio lo predeterminado me fascina el azar: cruzar un paso de peatones unos segundos antes o después de que aparezca un borracho al volante, embocar una calle en la que vas a ser atracado u otra en la que puedes reencontrarte con el amor de tu vida. Muchas cosas fundamentales dependen del azar. En alguna novela lo escribí, que lo busque quien le apetezca, y por supuesto no pasa nada si no le apetece a n...

Modales

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No soporto los malos modales. Me gusta la gente amable, digo la que gasta amabilidad sincera: enseguida me percato de cuando es forzada o, peor, cuando se trata de un imperativo adornado con una sonrisa. Pero si no queda más remedio la prefiero antes que los gestos desabridos. Dice mucho de una persona (en realidad, lo dice casi todo) la forma en que trata a quien se encuentra en una posición de inferioridad. Siempre me han dado alipori esos jefes que gritan a sus subordinados, esos amigos de los que uno va alejándose en silencio y con pena porque tratan mal a los camareros, a los taxistas, al recepcionista de un hotel. Me pregunto cómo serían si mandaran y me alegro de que no manden. Todo eso lo he visto demasiadas veces, por desgracia. Procuro ser amable, aunque no siempre sea posible, y cuando he creído que no era posible y no he sido amable he acabado arrepintiéndome y torturándome cada vez que se me ocurre algo que pude decir en lugar de lo que dije, que hacer en lugar de lo que h...