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Mostrando entradas de junio, 2025

Quizás en primavera

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No estoy inmunizado, y ojalá nunca lo esté, pero cuando la vida aprieta por otros costados soy capaz de activar un cortafuegos y lo que pasa en el mundo me llega de forma amortiguada. Sigo atento a los exabruptos de Trump, a los misiles y a los terroristas, a la guerra, a los mangantes; qué sé yo, al IPC. Pero aunque mantengo una dosis mínima de indignación, estoy tan cansado o tan ocupado que suspiro, resignado, y sigo a lo mío. A mucha gente le pasa lo mismo, seguro. Primum vivere, deinde philosophari, decían los latinos. Conque nada que añadir. Pero la grieta suele aparecer por donde menos te lo esperas. Entre tanta mierda habitual, una noticia breve en la radio me llama la atención mientras conduzco. Frunzo el ceño y me digo que no puede ser. Como no tengo redes sociales en el móvil y procuro sólo usar Google con el ordenador, no busco nada hasta última hora de la tarde, con la esperanza ingenua (y está bien que la esperanza lo sea) de que se trate de una noticia falsa. Pero no lo ...

Las escaleras de la Plaza de España

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            Los demás son turistas pero nosotros somos viajeros. Nos gusta pensar eso cuando salimos a recorrer el mundo. Pero pocas veces es cierto, me temo. El turismo es un gran invento, se titula una película divertidísima con Paco Martínez Soria y José Luis López Vázquez. Y lo es (un gran invento, digo), pero dada la saturación de cualquier lugar que merezca la pena y con la colaboración de los selfis en las redes sociales, lo exclusivo terminará siendo quedarse en casa. Ayer me enteré con pena de que está prohibido o se va a prohibir sentarse en las escaleras de la Plaza de España en Roma. Hacerse una foto con un helado como Audrey Hepburn puede resultar caro si te pilla un policía romano. Por ahí debo de tener alguna foto sentado en esa escalera, quizá hasta con helado. Y un poco más arriba, ya de noche, un vendedor de flores me dio una lección, con estilo e inteligencia, que jamás olvidaré, cuando le compraba una para la muj...

Pienso desquitarme

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Junio se está haciendo largo. Tengo una foto y un dibujo de una tarde en una playa solitaria el año pasado. No recuerdo qué hice, pero tampoco es difícil imaginarlo: escucharía algún podcast, me bañaría un par de veces y luego conduciría de vuelta. Menos este, junio siempre es demasiado corto por las ganas de aprovechar las tardes en playas solitarias porque todavía no han empezado las vacaciones escolares, porque aún no hay chiringuitos abiertos entre semana y, si están abiertos, con suerte no revientan la puesta de sol a ritmo de chunda chunda. Agoniza un junio de no dormir, de no hacer tanto ejercicio como acostumbro, ni siquiera he podido darme un paseo por el campo con la bici. De no leer, o leer demasiado poco, que viene a ser lo mismo. De no ver ni una sola película, me distraigo enseguida. Ni una obra de teatro: me muero por ver una representación bajo las estrellas, en las ruinas del mismo lugar donde la gente se sentaba a hacer lo mismo dos mil años antes. Pero escribo cada d...

¡A mí la Legión!

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Decía Javier Marías que la tristeza dura más que la paciencia de los amigos. Conviene tenerlo presente cuando la vida se complica, por mucho tiempo gastado en escuchar a amigos tristes o, casi peor, sólo neuróticos. Molestar lo justo, sobre todo cuando los días pasan muy despacio y el viento arrastra nubes negras. Agradecer siempre. Algo bueno habré hecho en la vida para que la gente se porte tan bien conmigo, le dije hace tiempo a un buen amigo cuando otro viejo y buen amigo me ofreció su ayuda en un momento delicado. No sé por qué te sorprendes, contestó. Se me puso la cara colorada cuando me lo dijo y también cuando lo escribo esta mañana mientras empieza a clarear y los pájaros despiertan a los vecinos. Ayer me llamó y le recordé aquella conversación. También le hablé de otro amigo que estos días me hizo un favor impagable (¿cómo se puede pagar lo que ahorra sufrimiento a quien más quieres?), de esos que no sabes cómo devolver. Que no puedes devolver. Quizá no me gusta pedir ayuda ...

Un bote de cola

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             Sólo venía a llamar por teléfono  es de mis cuentos preferidos de García Márquez: una avería obliga a la protagonista a subir a un autobús que pasa por la carretera. Se queda dormida hasta el final del trayecto, un manicomio del que durante años no podrá salir por más que se desgañita diciendo que ha llegado hasta allí por error. Me acuerdo de esa historia por una octogenaria muy bien vestida, tan elegante que la primera vez que la vi pensé que venía de visita para luego salir de fiesta. Me contó que prefería quedarse en la residencia en lugar de en un hotel porque allí la cuidaban mejor, pero que ahora se iba a dar una vuelta. Pero vi que alguien estaba pendiente de que no saliera. La escena se repite cada tarde. Me contó mi madre que una noche la vio por el pasillo con una maleta, que en otra ocasión le dijo que tenía que irse a trabajar. Voy cada día a la residencia, a menudo dos veces, me pongo a mirar y n...

De plumas y amigos

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Diciembre y junio son mis meses favoritos del año. Parece claro que, aunque mi gente me considere de naturaleza moderada, para los asuntos del calendario tiendo al extremismo. Junio es la alegría de un amor recién inaugurado, un lugar adonde todavía no pueden llegar el aburrimiento ni las dudas. El mundo recién pintado, como canta Sabina, el azul intenso del cielo aún no hiere los ojos, la piel agradece el roce gustoso de las camisas de lino y la playa por las tardes entre semana es una suerte de paraíso. Como me gusta conducir y no vivo lejos, en junio me gusta escaparme alguna tarde de diario, aunque sólo sea para tumbarme un rato y darme un baño. En julio y en agosto me da más pereza; y en septiembre resulta más difícil espantar la melancolía porque al caer la tarde me acuerdo de esa canción del Dúo dinámico,  El final del verano . Septiembre es el momento de lamentarte por lo perdido, por los días no exprimidos. Por la vida que se escapa como arena entre los dedos. No creo...

Las cosas que uno hace por amor

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He hecho algunas cosas más difíciles en mi vida, de verdad. Escribir unas cuantas novelas, por ejemplo. No sé: conseguir hablar un par de idiomas aparte del mío con cierta solvencia, aprobar el cinturón negro de karate o empezar a practicar yoga tras cruzar la barrera del medio siglo. No dar un puñetazo a quien me ha insultado, dándome voces y agarrándome por las solapas. En momentos así resulta complicado contenerse, creedme, sobre todo si sabes resolver el trámite sin que la sangre que se derrame sea tuya. También, tratar con amabilidad a quien no lo merece porque me ha hecho daño. Sentarme un día en un estudio de radio a decir lo que me diera la gana sin que se me notase el temblor de la voz y mantener el tipo durante varias temporadas. Conseguir que unas cuantas mujeres estupendas me soporten e incluso se enamoren de mí; hasta me han querido, vaya. Quién sabe si me siguen queriendo. No perder de vista al niño que fui, no traicionarlo, sobre todo. Ganarme el aprecio de un puñado de ...

Tengo la camisa negra

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Tengo una camisa negra en el armario. Tengo varias, en realidad, aunque mis favoritas son, como muchos sabéis, las azul marino. Pero esta negra es especial. Aún no la he estrenado. No porque no me guste, qué va. En realidad, es una de las camisas más bonitas que tengo: ligera, suave, tanto que me dan ganas de acariciarla o quizá deseo ser acariciado cuando llegue el momento de estrenarla. La compré en 2020, justo antes de la pandemia, y una de las promesas que me hice durante aquellas semanas tristes fue que sólo la estrenaría en un momento muy especial. Quizá porque me empeño en vivir buenos momentos, sin estrenarla he tenido muchos desde que la compré: he hablado en público al recoger algún premio, he besado por primera vez a varias mujeres que me gustaban mucho (pocos momentos son tan especiales como ese, lo confieso) y he sido invitado a sitios bonitos. Pero no me he acordado de ponérmela o el clima no acompañaba. La camisa es ligera, decía. Más propia de la primavera que del invie...