Entradas

Mostrando entradas de 2025

Mis mujeres

Imagen
El texto lo ilustra un dibujo de Mike Tyson (para los muy cafeteros: estilo línea continua, sin levantar el lápiz, todo en un trazo), pero esto va de mujeres. De las mías. He dicho las mías, sí.  Si a alguien le molesta, que no malgaste su tiempo y deje de leer este post. Ayer  fue un día complicado: una piedrecita traviesa inició su camino desde los riñones. Porque se había cansado de mí o para joder, quién sabe, qué importa la razón cuando es lo más parecido a que un sádico te clave un puñal en el costado y lo retuerza muy despacio. Pero esto iba de mujeres, decía: de la que vino a recogerme, sin dudarlo, cuando la llamé tan temprano para pedirle que me llevase al hospital, sin importarle la niebla, ignorando el color de los semáforos o encogiendo los hombros cuando algún peatón la insultaba por no detenerse en un paso de cebra. Yo no me habría atrevido ni a la mitad, pero ella  tiene los ovarios muy bien puestos. También va de las mujeres que me escribieron o me l...

¿Con mi dinero pago?

Imagen
Necesitaba un par de buenos almohadones. El insomnio vuelve a asomarse, tantos años después. Resulta asumible cuando estás al timón en mitad de la tormenta y adivinas las grietas en la cubierta. Los he comprado, con sus fundas correspondientes. Antes fui al supermercado, y de camino a la tienda he parado a encargar un protector de pantalla para mi nueva tableta, apenas tiene unos días y me apetece mucho dibujar con ella. Todo a golpe de tarjeta, clinc, clinc, con el móvil. Resulta agradable el cosquilleo de la vibración en la palma de la mano. He usado el verbo necesitar, pero miento. O no digo toda la verdad, como si no fuera lo mismo. Los quería, me apetecía, me venían bien o deseaba consumir, simplemente. Al cabo, soy humano. Con mi dinero pago. Suelo citar a Machado, como un cultureta pedante, cuando hablo de esto. Para mis adentros me justifico tontamente con que ya aprieta demasiado la vida como para privarme. Y estos días están siendo difíciles. El timón, la tormenta y las griet...

Misantropía

Imagen
Me manda un amigo muy querido el texto de alguien que habla sobre otra persona y sin saberlo, aunque me conoce bien, también habla de mí mismo. No de lo que soy, pero sí de lo que podría ser si me dejase llevar por mi tendencia natural a la misantropía. Las mejores historias, por muy cortas que sean, por lugares muy lejanos donde sucedan, nos hablan de nosotros mismos. Pero aterra asomarse a ese abismo aunque nos sepamos (aunque lo creamos tontamente tal vez) dueños de muchos asideros; a pesar del convencimiento de que la mesa temblará menos si la sostienen muchas patas. Salto de un mundo a otro con facilidad, incluso con placer, lo he aprendido con el tiempo, una suerte de desdoblamiento saludable y enriquecedor: llevo puesto el traje de escritor en cualquier cosa que haga, pero también al sentarme a escribir me acompaña todo lo vivido durante años, mis propias experiencias y las de la gente que he conocido. Me gusta esa frase hecha, estar en el mundo. Saber, aunque sólo sea lo justo,...

La princesa india

Imagen
Dice que le gusta escribir. Yo, como acostumbro con los desconocidos, no le he dicho la verdad. Es curioso que tan cerca de las oficinas de un grupo editorial donde he publicado varias novelas y la sede de un diario muy conocido le llame la atención un tipo que saca el cuaderno de la mochila deshilachada y se ponga a escribir mientras le sirven el primer café de la mañana. O tal vez las cercanías mencionadas la empujan a pensarlo. Dos y dos a veces suman cuatro. No, ya me gustaría, he respondido, cuando me ha preguntado si soy escritor. Sólo tomo algunas notas sobre las tareas pendientes, para que no se me olviden. Además, añado, porque sigue mirándonos, al cuaderno abierto sobre la mesa y a mí, escribir ayuda a ordenar ideas.  Asiente. Es colombiana, muy joven, guapísima, parece una modelo menuda. La piel de bronce y el pelo con reflejos azulados de tan negro. Se mueve con seguridad, derrocha desparpajo. Una princesa india se me antoja. Un motivo tan lícito como cualquier otro par...

El conde de Montecristo

Imagen
No soy de hacer listas ni de poner a competir libros, pero si tuviera que quedarme con unos cuantos que me han dejado tumbado, ahí estaría, sin duda,  El conde de Montecristo . Mi recuerdo más antiguo sobre la historia de Edmundo Dantés debe de ser la mítica serie española de finales de los sesenta que vería en alguna reposición de niño, en blanco y negro. La versión ilustrada que atesoro en mi estantería llegaría a mis manos poco después (gracias otra vez a mis padres, por tantas cosas). La tengo en otras ediciones. Mi favorita es la de Debate, mil y pico de páginas en papel fino. Desde muy niño siento debilidad por los personajes oscuros y atormentados obligados por las circunstancias a embocar caminos muy distintos a los que deseaban. Michael Corleone también fue uno de esos tipos que se hicieron mis amigos enseguida. Tal vez por eso  El Padrino , que vi por primera vez en una pantalla grande a los catorce años (la novela la leí a los once) es mi película favorita de siempr...

Hola y adiós

Imagen
¿Lo has pasado bien?, me pregunta, al final de la noche. El bar atestado. Una pareja amable nos ha cedido un hueco en la barra. Sólo quería ofrecer la entrada a quien de verdad pudiera disfrutarlo. Tres horas antes, en el taxi, se parte de la risa cuando le digo, medio en broma, o no tanto, que mi último concierto fue el de Spandau Ballet en Sevilla, en 1987. No pensaba ir al de Joaquín Sabina, pero ella fue el martes y tenía otras dos entradas para hoy. Me cuenta que hará todo lo posible por ir también al del sábado. Me admira su voluntad de pasarlo bien, de disfrutar. Me admiran sus ganas de vivir. Sobre todo, confiesa, me va gustar el concierto de hoy porque espero que te guste mucho a ti. Pero no quiero que se sienta como la anfitriona de una fiesta, preocupada porque sus invitados lo pasen bien antes que por disfrutar ella misma. Cruzamos la Puerta del Príncipe, la misma por la que salen a hombros los toreros, y ya tengo los vellos de punta. Nos equivocamos de asiento y para ver l...

El que apaga la luz

Imagen
Se les ha hecho largo el fin de semana porque he estado cuarenta y ocho horas desaparecido. No fue nada del otro mundo, pero lo bastante para estar ocupado. Me llamó un buen amigo y estuvimos charlando un rato; una amiga muy querida me escribió para interesarse por mis huesos tras la caída en las piedras del teatro de Mérida. La tranquilicé, no pasa nada. Hasta tus caídas son literarias, replicó, la muy guasona. También vino alguien que me aprecia a pasar la tarde y estuvimos practicando yoga y hablando y cenando y riendo mucho. Y me llamó otro buen amigo mientras iba (él) camino de la radio. Y más cosas que me callo, claro. No es mal patrimonio ese, joder, los amigos. Por la noche voy antes de que sea tarde y estén dormidos. Hablo con ella un rato, de muchas cosas. Ya está acostada. Se encuentra mucho mejor, pero no tanto como le gustaría, como nos gustaría a todos. Trato de animarla, pero en el fondo es ella quien, con esa forma tan astuta que tiene de hacer las cosas...

Teatro

Imagen
Son dos horas y pico de ida y otras dos horas y pico de vuelta, hace mucho calor, aunque sea de noche y al aire libre. ¿Y qué? Me gusta conducir y en el armario tengo varios pantalones y camisas de lino. Pero sobre todo me gusta el teatro, mucho más sentado encima de una piedra en la que algún ciudadano romano de la Lusitania hizo lo mismo hace dos mil años. Lo pienso mientras pincho en el enlace para pagar, con Bizum es aún más fácil. Es raro encontrar un buen sitio con tanta premura, pero no imposible. Nunca hay que perder la esperanza. Y he tenido suerte. La suerte me sonríe a menudo, a pesar de todo. También me empeño en buscarla. Si siempre he tenido claro que conviene aprovechar los buenos momentos porque nunca sabemos cuánto durarán y es seguro que antes o después regresarán los malos, cómo no podría estar más seguro después de estas últimas semanas. Merece la pena el viaje, apenas hay tráfico, un breve paseo por la ciudad, picar algo antes de la función, contemplar asombrado es...

Como para tener prisa en morirse

Imagen
No sé cuántos años hace que conozco a Manuel, pero más de treinta, por lo menos. Manuel es una de esas viejas y sólidas amistades, otra de tantas, que germinaron en el tatami. Pocas cosas unen más, parece, que jugar a pelearnos. Soy consciente, otra vez, que a muchos de mis buenos amigos los conocí ahí. Con Manuel, además, he compartido muchos kilómetros de bici por el campo, arreglando pinchazos en una cuneta, las reservas de agua bajo mínimos mientras pedaleábamos muy fuerte porque nos había pillado la noche y todavía estábamos lejos de casa. Por si fuera poco, me ha hecho reír como nadie ha sido capaz. En privado cuento a veces una anécdota surrealista en las duchas del dojo . No creo haberme reído nunca tanto en mi vida. Más de un cuarto de siglo después me sigo riendo con la misma intensidad y el mismo asombro al recordarla. También he visto pasar a Manuel momentos muy delicados, delicados de verdad, pero esos no me corresponde contarlos. No sé si yo seguiría en pie de haberlos ...

Cansancio

Imagen
  Tengo ganas de sentir frío, de ese que corta la cara y sólo puedes quitarte al entrar en un café, pedir una taza de chocolate caliente y agarrarla bien fuerte para volver a sentir los dedos. Pero me conformo con una brisa fresca por la mañana y no tener que buscar una mesa dentro del bar porque todavía no son las nueve y en la terraza no se puede estar. Hace poco enchufé un ventilador y hasta cuatro días después no supe que también había conectado el brasero de una mesa de camilla que tengo arrumbada. Sólo noté que hacía más calor del habitual. Se dio cuenta alguien que vino a casa. Se llevó las manos a la cabeza, no sé si con más indignación que preocupación. Quién sabe cuánto habrían tardado en aparecer las llamas, en arder los libros (si no sabéis a qué temperatura arde el papel, leed a Ray Bradbury), en quemarse mi carne de haberme pillado ahí.  Por esto, y también por otras muchas cosas que me reservo, sé que llevo mucho cansancio acumulado. Sobre todo de mí mismo, me t...

El vello de punta

Imagen
Me pasa a menudo. Es una respuesta natural, incontrolable. Deliciosa. La ciencia explica que sucede por una emoción intensa. Alguien que me conoce muy bien me ha confesado muchas veces su envidia porque me pase con tanta frecuencia. No siempre soy consciente de que lo que me pasa a mí no tiene por qué pasar a los demás, o pasarles de la misma forma. Escucho una canción, leo un poema, veo la escena de una película y se me pone la carne de gallina. Como es tan evidente en verano, el otro día me lo volvieron a decir, que cuánta envidia, cuando el vello de mi antebrazo apuntaba al cielo. Todavía me pasa más si canto una canción, cuento la escena de una película que significa mucho para mí, o el pasaje de un libro, o si soy yo quien recita el poema. Me gusta recitar, en voz baja, sin estridencias, sólo unos pocos versos, al oído de quien lo merece o mirando sus ojos. Hasta aquí puedo leer. La emoción del otro día era por varias canciones: Que nadie vaya a llorar , de Manuel Molina (cuando m...