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Mostrando entradas de enero, 2024

Gamberras

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    Te pasas casi todo el sábado y el domingo haciendo mil cosas pendientes y charlando y bebiendo vino con amigos, lo que, la verdad, no es mala forma de pasar un fin de semana. Ni siquiera ves las noticias ni te enteras de nada porque tienes la sana costumbre de no usar redes sociales en el móvil (tal vez llegará un momento en que ni en el ordenador) y cuando por la noche enciendes la tele, exhausto, mientras picas algo con cierta desgana, ves a estas dos gamberras (disculpad el uso del femenino, pero eran dos mujeres), con cara de idiotas tras haber arrojado sopa sobre La Gioconda. Quizá sea porque voy de cabeza a convertirme en un viejo cascarrabias, pero aguanto pocas tonterías. Sobre todo las que tienen que ver con los malos modales o la estupidez, que a menudo (a menudo y por desgracia) coinciden. No es la primera vez que pasa esto, y no será la última: ¿queréis apostar? Por muy noble que sea la causa (y entiendo que lo que defiende el colectivo “Respuesta alimentaria”,...

Envidia cochina

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     Llamadme degenerado, pero no se me ocurre una forma mejor de morir que por agotamiento sexual. En las Maldivas, por ejemplo, o en un cuarto destartalado. Para determinados asuntos conviene ser práctico. Algún lector (o lectora) he perdido por decir estas cosas. Pero lo siento: la condición de escritor no siempre implica llevar gafas con cristales de culo de vaso o bufanda en verano. No ser entendido es un riesgo asumible. O, como canta el maestro Sabina: “Por decir lo que pienso sin pensar lo que digo, más de un beso me dieron y más de un bofetón”. Insisto: antes que morir sentado en una playa cuando se pone el sol o en la cama mientras los míos me cogen la mano y se preguntan dónde se van a ir de vacaciones cuando hereden los derechos de autor (pobres ilusos…), prefiero consumirme por agotamiento sexual. Mi admirado Tyrion Lannister, el enano de Juego de Tronos, lo describió en una frase muy gráfica que me abstengo de reproducir porque aún no pienso morirme y no qui...

Mejor un perro

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Al perro no le pasa nada, me dice la veterinaria. Los análisis son perfectos. Seguro que está incluso mejor que tú y mejor que yo. Se hace mayor, sólo eso. Lo normal es que no tenga ganas de jugar, ni de saltar, ni de salir al campo cuando hace frío. Es como mi abuela. Tiene noventa y tantos y una salud a prueba de bombas, pero no le apetece dar cabriolas. Lo bueno, quiero pensar siempre, es que los perros no saben que un día todo se apaga y ya está. Con las personas resulta más difícil, porque además, y resulta admirable, no quieren aceptar que hay cosas que ya no pueden hacer. Cosas que han hecho toda la vida pero ya el cuerpo no les acompaña. Y ven como el mundo a su alrededor se desmorona. Los de su generación se caen (ser viejo es tener miedo a caerse, decía el gran Manuel Alcántara) y se rompen los huesos, o se rompen los huesos y luego se caen, o pierden la memoria, poco a poco o de repente, o ya no pueden andar o hay que darles de comer y limpiarles la boca, como a los niños....

La vuelta al mundo

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  Tengo la manía de recordarlo casi todo. Eso tiene su parte buena y su parte mala: la buena, que lo recuerdas casi todo; la mala, que lo recuerdas casi todo, aunque a menudo hagas como si no lo recordaras. Datos, fechas, conversaciones, frases de libros leídos hace décadas, canciones, poemas, diálogos de películas que explican mejor que cualquier disertación espesa lo que te sucede. Recuerdo las primeras frases de muchos libros. Una novela es una frase genial seguida de doscientas páginas, decía Ernest Hemingway. O no es exactamente así y a lo mejor ni siquiera la dijo el autor de  El viejo y el mar . Mi memoria es excelente, pero no infalible. “Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé”. Así comienza  El extranjero , de Albert Camus. “Era una hermosa mañana de finales de noviembre” ( El nombre de la rosa ),  “Todas las familias felices se parecen, pero cada una es infeliz a su manera” ( Ana Karenina ); “Los chiquillos llegaron temprano al ahorcamiento” ( Los ...

La sociedad de la nieve

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  ¿Por qué quieres ver esa película?, me pregunta una persona muy querida. Sabes la historia, sabes el final. No es la primera película que se rueda sobre el accidente del avión uruguayo en los Andes. Precisamente por eso, respondo. Porque siento una enorme curiosidad por lo nuevo que me quieran contar sobre aquello. Porque me lo cuenten de otra forma quizá. Vi la película de Frank Marshall hace muchos años. Hay otra anterior que no he visto. Todas las historias están contadas, me temo. ¿Qué nos queda entonces? El punto de vista. La forma de contarlas. Es como la vida: todo es distinto según quien lo mire. Donde otros han puesto el acento en la aventura, Juan Antonio Bayona ha parido una hermosa historia intimista. Es bueno mirar atrás, escarbar en el pasado, porque, como dice la voz en off   del narrador al principio de  La sociedad de la nieve , el pasado siempre cambia. Quizá sea esa la frase que resuma mejor la película, la que justifique su rodaje, la que consiga que...

Stealthing

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Rafa me manda un artículo esta mañana con una sentencia judicial. Rafa es abogado. Luego hemos quedado con otro amigo, Juan Antonio, también abogado. Me agrada pasar tiempo con gente que conoce bien su oficio y soporta con paciencia las preguntas con que los profanos curiosos los asaeteamos. Rafa, además, es un tipo inteligente que, a pesar de no conocerme demasiado, me suelta con respeto pero sin tapujos lo que opina de mí. Resulta muy útil saber lo que los demás piensan de ti. Juan Antonio también es así. Y Manolín. Buena gente, buenos amigos. Hay cosas de las que uno no es consciente hasta que te las verbalizan mirándote a los ojos. Bien aprovechado, un rato donde alguien te cuenta cómo eres te eleva un par de peldaños. Lo digo de verdad. También, con el tiempo he aprendido que, por muy reservado que seas, resulta muy saludable abrirte las entrañas ante gente estupenda cuya opinión, estés de acuerdo o no, te enriquece tanto. Por muy poliédrica que pueda ser tu perspectiva  ― y v...

Principio de Incertidumbre

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El ritmo de publicación de un servidor se ha reducido al mínimo durante los últimos años. Nada grave. Casi nada lo es, por suerte. Grave, quiero decir. Son varios los motivos, pero no vienen al caso. Tengo un libro de cuentos en la recámara, estoy con otro y guardo varios proyectos de novela en la cabeza. A veces me asalta la pereza, o la desidia, que son parecidas pero no lo mismo. No dejo de escribir. Siempre lo hice por el puro placer de sentir cómo la tinta fluye sobre el papel. Tan físico, tan sencillo y tan prosaico como eso. Me siento en un bar, abro el cuaderno y garrapateo lo que me pasa por la cabeza, tomo apuntes de lo que veo, como un pintor que traza unos esbozos con los que luego trabajar en su estudio. Hace pocos días estrené el tercer cuaderno en un año. Me gusta la sensación de empezarlo, las páginas en blanco donde también iré contando lo que me pasa, lo que siento, de una forma sincera, sin tapujos. Tengo docenas de ellos, el más antiguo, aunque los hubo anteriores y...

Cansancio

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No sé vosotros, pero las Navidades me gustan tanto como me cansan. Empiezo diciembre con muchas ganas. Las luces, la proximidad del solsticio de invierno, el intacto recuerdo infantil de la cercanía de las vacaciones, los exámenes en el instituto y la fiesta de Navidad para despedir el primer trimestre, los amigos, los primeros amores y los niños de San Ildefonso cantando la lotería. Pero ya entonces me empezaban a aburrir a partir del 25. Igual que ahora. Cada vez más. Por desgracia, más pronto que tarde la Nochebuena ya no será igual. Quizá ya ni será. Quizá ya no habrá Navidad.   Pero aparquemos eso y centrémonos en el presente. Cansancio, decía, o aburrimiento. Con suerte mantengo el piloto automático hasta la Nochevieja, aunque no me entusiasme esa fiesta ni me gusten las uvas. Y a partir de ahí estoy deseando que acaben las Navidades, que todo vuelva a ser como antes. Que retiren las luces, ya me fatigan, me empalagan tanto como la abundancia de turrón y de mantecados; que pa...

Get busy living

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Antes lo apuntaba de cuando en cuando, pero a primeros de 2023 me impuse hacerlo cada día. Resulta muy útil. Os lo cuento. Lo descubrí hace tiempo en un libro de Alejandro Cencerrado:  En defensa de la infelicidad . Se trata de poner una nota a cada día, de una forma justa y sincera. Al final del día o a la mañana del día siguiente. Yo suelo optar por la segunda opción. Pero no debe estar muy separado en el tiempo, para que el presente no contamine el recuerdo ni para bien ni para mal. También hay que anotar lo que has hecho cada día, aunque sea de una forma muy breve, para saber los motivos que te han empujado a puntuar con una nota más baja o más alta. Es muy subjetivo (cómo podría ser de otra forma, claro), pero al poco de someterte a la disciplina de apuntarlo puedes ver de una forma gráfica y útil lo que resulta relevante para ti y lo que no, lo que te alegra y lo que te pone triste, lo que debes evitar y lo que debes buscar sin descanso. Un cinco es un día normal y no te impo...