El Limonar
Por el rabillo del ojo veo la sonrisa de perro viejo curtido en muchas escaramuzas que amuebla la cara de Manolín. Debe de ser la duodécima vez que le doy las gracias. Venimos de un encuentro con los menores del centro de internamiento donde trabaja. Hace un par de meses regalé un montón de libros que salvé de la trituradora y de las implacables leyes del mercado. No es la primera vez que lo hago y procuro afinar. No quiero regalarlos y que acaben calzando una mesa o convertidos en mercancía de la que alguien pueda lucrarse. Le pregunté a Manolín si le parecía buena idea donarlos a la biblioteca del centro. A esa y a cuantas quisiera. Quienes me conocen saben de mi costumbre de rechazar la mayoría de las invitaciones que recibo, las que tienen que ver con el oficio literario y las que no, pero me ofrecí a pasar un rato hablando de libros y de lo que se terciara con los chavales. Cada vez más, con los años, uno procura hacer casi todo el tiempo las que cosas que le apetecen. Decir que s...