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Mostrando entradas de 2023

Saber escuchar

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  Recuerdo a menudo una película de Lawrence Kasdan:  Mumford . La filmografía de este tipo no resulta abrumadora por el número de títulos pero sí por algunos de ellos:  Fuego en el cuerpo , sin ir más lejos. Me pasé muchos años sin aliento por culpa de Kathleen Turner. Tanto me gustaba que unas amigas me regalaron un póster de ella en El honor de los Prizzi y escribieron un montón de bromas por detrás. Ya me gustaría no haberlo perdido en alguna mudanza y tenerlo bien a la vista en mi despacho. Por los comentarios guasones de mis amigas, digo. Kasdan, además, es el guionista de  En busca del arca perdida ,  El imperio contraataca  y  El guardaespaldas . Casi nada. Cuento lo anterior porque quizá traerlo aquí sólo por  Mumford  parezca injusto. Para nada. Es una película estupenda, no demasiado conocida y mucho menos recordada, que cuenta la historia de un granuja con tanta habilidad para escuchar a los demás y dar consejos que, sin haber pas...

De vagones y rejones

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  Busca un asiento en el metro. Los pies lentos, casi arrastrándolos. Una sola muleta. Hay un sitio vacío justo enfrente, pero me levanto para cederle el mío, como un resorte, pero no hay prisa porque nadie tiene intención de adelantarse. La anciana declina mi ofrecimiento con una sonrisa y se coloca justo enfrente. Ochenta y muchos, calculo. Bien vestida y bien peinada. La mirada digna de quien aún tiene el coraje de valerse por sí misma. Aun quedan varias paradas hasta mi destino. Hace frío estos días en Madrid. Mucho. Me gusta, pero el problema de las ciudades donde aprieta el invierno es que aún no han inventado un traje anfibio para salir a la calle y luego entrar en un sitio donde parece que regalan la calefacción, conque, a poco que uno se descuide, acaba ahorrándose el bono de la sauna. Me quito la cazadora de comandante de submarino alemán, la bufanda, dejo en el suelo la mochila y las bolsas con las compras, algunas mías y varios regalos, y las sujeto entre mis piernas pa...

Kim Basinger septuagenaria

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“Compro y vendo dinero. Se le voy a decir a la primera tía que vea cuando salgamos”. Eso afirmaba, convencido y guasón, uno de los amigos a quien más risas debo en mi adolescencia. Era una de esas noches felices en el cine de verano. Mickey Rourke contaba su oficio en  Nueve semanas y media , las mujeres se derretían y nosotros pensábamos que ser un yuppie era el camino directo a la felicidad. ¿Cómo podría ser de otra forma si el premio era Kim Basinger paseando de tu brazo por Nueva York? Venga, dime la verdad: ¿nunca has fantaseado con un estriptís mientras Joe Cocker canta  You can leave your hat on ? Levanta la mano o sonríe para tus adentros, anda, lo que prefieras, si has tarareado esa canción mientras una mujer se quita la ropa, para ti y para nadie más que para ti, asombrado y agradecido porque alguna vez la vida te regala esos momentos; porque, por muy mal que rueden las cosas, al menos una mujer (esa mujer, sí) aún te permite verla desnuda. Fueron unos años de felici...

Estos rojos asquerosos...

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No he visto un solo minuto del debate de investidura. La única emoción que me provoca es el aburrimiento, y como la vida aprieta últimamente por varios flancos, el tiempo que me queda lo dedico a leer provechosamente (ando arremangado en un tocho delicioso de Mary Beard: la antigua Roma, sí; como apuntó Terencio, soy un hombre y nada de lo humano me resulta ajeno) y a terminar un cuento que llevaba meses atascado (quiero empezar una nueva novela y no me gusta dejar trabajos pendientes) y que, por inconfesable desidia, lo había ido posponiendo aunque sepa bien que las historias no se escriben y mucho menos se terminan solas.  A pesar de lo apuntado en la primera frase, como no vivo en una burbuja resulta imposible sustraerme a lo que pasa, en el Congreso y en la calle. Soy de los que piensa que al final todo se calmará, cada uno seguiremos con nuestra vida y antes o después habrá otro tema del que ocuparse. Otro asunto del que discutir, vaya. Y entonces esto no será más que un recue...

Saben aquell

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Salgo el viernes con la intención de verla, pero un plan inesperado me lleva por otro lado y acabo pasando una velada memorable, no recuerdo desde cuándo no me reía tanto. El sábado hago lo mismo, pero la hora de la proyección que consulté indicaba que era una hora más tarde. Antes de Internet también pasaban estas cosas, así que os ahorraré un par de líneas que desenmascaren al cascarrabias que llevo dentro. Mañana no puedo, tampoco el miércoles ni el jueves, y como temo que sea de las películas que aguantan en la cartelera menos de lo que deberían, repito el ritual por tercera vez. Total, a Bill Murray no le fue tan mal haciendo lo mismo cada día.  Una sala vacía es el trágico privilegio de un cinéfilo. No conozco un solo loco del cine que no haya fantaseado con tener una sala grande en su casa, con butacones tan cómodos como los del desaparecido cine Bécquer de Sevilla, pero una prueba incontestable de que a menudo no resulta agradable ver tus sueños cumplidos es sentarte en una...

Barça Madrid

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El sábado tendremos un Barça Madrid. Pongo por delante al Barcelona porque, al jugar de local, es lo habitual. Cuando abundan los ofendidos o los aficionados a lo dicotómico conviene aclararlo. No sé cuándo se enfrentarán el Sevilla y el Betis. O el Betis y el Sevilla: conviene cambiar de nuevo el orden, por si acaso. De futbolero tengo lo justo para disfrutar los últimos veinte minutos de un buen partido, no mucho más. Ya me gustaría ser hincha de un equipo, de esos que se comen las uñas desde que árbitro pita el comienzo y gritan y sufren y vociferan hasta que acaba; o tener esa excusa para viajar y ver el mundo porque tu equipo juega contra otro extranjero. Puede parecer que recurro a la ironía, pero lo digo en serio: siempre envidio a la gente capaz de desgañitarse por lo que le apasiona.  En España somos muy aficionados a los Barça Madrid o a los Sevilla Betis (perdonad que ahora no vuelva a desdoblarme: la paciencia de los lectores no es infinita). Tal vez por eso nos comport...

Los huevos de Mollejo

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D ani es uno de esos tipos inteligentes que hasta cuando bromea, y lo hace a menudo, dice cosas muy serias. Amigos como él son un tesoro. Basta con tener sólo unos pocos así para sentirse afortunado. La gente capaz de ironizar sobre todo lo que se mueva enseguida se gana mi simpatía y mi cariño. Si además tiene el valor de ironizar sobre sí misma, tiene mi respeto sin fisuras. Sólo la gente inteligente es capaz de carcajearse de su propia sombra. Por otro lado, son los torpes y los envidiosos quienes usan esta sinceridad irreverente para atacarlos o para definirlos ante otros por sus defectos confesados humorísticamente. Más de un amigo ha dejado de serlo por esto. Anoche me escribía Dani para comentarme sobre el tocamiento genital de un futbolista, Víctor Mollejo, al celebrar un gol. Vaya por delante que agarrarse el paquete para celebrar un triunfo o para molestar a alguien resulta de un mal gusto inadmisible. A lo mejor porque acostumbro a tomarme con cierta frialdad y distancia las...

El chat de los guarros

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La que habéis liado, chavales. A quién se le ocurre ponerse a decir guarradas en un chat privado. Seguro que mientras tecleo este artículo ya os están moliendo a palos y que muy raro será que leáis esto, pero no quiero dejar de decir que yo os creo. No me cabe duda de que ha sido la primera vez, y por supuesto será la última; un desliz, vaya. Una de esos momentos tontos que uno tiene a los veinte años, cuando lo normal es ponerte a debatir acaloradamente con tus amigos sobre cuál de los tomos de En busca del tiempo perdido  te pone más verraco. Lo hemos hecho todos, vaya. Lo de los libros de Proust, digo. A esa edad e incluso cuando éramos más jóvenes. Mejor habría sido hablar del peinado de Puigdemont; o sobre los sutiles matices que, según Núñez Feijoo, existen entre el contrabando y el narcotráfico. Qué sé yo. No es sólo cosa vuestra, queridos. De vez en cuando alguna amiga me cuenta cosas que habla con sus amigas, conversaciones subidas de tono sobre hombres que suelen quedar f...

Por un beso

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Me fascinan los dinosaurios desde que de niño encontré un espléndido libro ilustrado sobre estos bichos en la biblioteca de los Maristas. Durante muchos años eché en falta en las mesas de novedades ejemplares actualizados en los que encontrar nuevos datos, aprender. Eso lo solucionó Michael Crichton. Steven Spielberg llevó al cine su novela  Parque jurásico  y nació la dinosauriomanía, o como se diga. Además de  Parque jurásico , al novelista norteamericano le debo unas cuantas lecturas estupendas (sí, también leo bestellers, a mucha honra; lo siento, pero no me llevo bien con los complejos), y me acuerdo estos días de una novela que me zampé en 1994,  Acoso , o  Disclosure , como dirían los esnobs. Si no la habéis leído, os la recomiendo. Tal vez recordéis la versión cinematográfica, con Michael Douglas y Demi Moore. A saber: ella, Meredith Johnson, tiene un breve escarceo sexual en la oficina con Tom Sanders, subordinado suyo, hasta que el tipo cae en la cuent...

La utilidad de lo inútil

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Entre las muchas lecturas caniculares disfruto especialmente el opúsculo de Nuccio Ordine cuyo título he robado para este artículo. El italiano era una de esas personas de entusiasmo contagioso, me recuerda a Ray Bradbury, a quien la muerte se ha llevado antes de poder recoger el Premio Princesa de Asturias que le iban a entregar este año.  Antes de leer el libro de Ordine le había dado muchas vueltas al significado del título, a todo lo que encierra, tan sencillo y tan complejo. Tan cierto y tan contundente para quienes nos empeñamos en gastar la vida enfrentándonos a molinos de viento. Me educaron en el utilitarismo: lo que hagas en la vida ha de estar enfocado a una finalidad práctica, vaya. Lo valoro, y doy fe de que resulta útil, valga la redundancia, pero también me da que he sido un mal alumno, porque mi tendencia, me temo, es dedicar mucho esfuerzo a aventuras cuyo resultado nunca puedo controlar. Pero al mismo tiempo me procuran un enorme placer: leer, escribir, dibujar, i...

Cuestión de perspectiva

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Estoy zambullido en la recopilación de artículos de un escritor que me gusta mucho. Durante el desayuno me zampo unos cuantos, y así cada día, poco a poco. La ficción la dejo para las noches. La oscuridad me estimula más para soñar o tal vez por las mañanas siento que aprovecho más el tiempo si leo un ensayo. El otro día, entre sorbo y sorbo de café, o entre bocado y bocado a la tostada, la reflexión sobre el autorretrato de un genio cuando tenía más o menos la edad que yo tengo ahora me deja tumbado. Por lo bien escrito y por lo que significa. El autor se refiere a él como un viejo, a su mirada de cansancio, sabedor de que lo mejor de su vida ha pasado y ya sólo puede aguardar la muerte con la mayor dignidad posible. No puede ser, me dije. Ni de lejos me siento así. Y mucho menos quiero sentirme. Y todavía menos siento que debería sentirme así. Por fortuna, enseguida leo el siguiente artículo, y aquí el escritor habla de una película en la que un personaje piensa exactamente lo contra...

Premio a la felicidad

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  José Manuel me anunció la muerte de Ibáñez con un mensaje. Casi al mismo tiempo, Óscar, mi viejo amigo de la radio, hizo lo mismo. Estos pequeños detalles significan mucho más de lo que parecen y los considero una prueba mayúscula de su aprecio: la gente que me conoce bien sabe cuánto significaba para mí el creador de Mortadelo y Filemón. Cuando falleció Stan Lee también me escribieron algunas personas muy queridas para mostrarme algo parecido a un pésame vicario. He crecido leyendo tebeos y copiando sus dibujos. Que aún siga leyendo tebeos y dibujando no es sino una prueba de mis ganas de no dejar nunca de ser un niño. No me habría dedicado de una forma quijotesca (¿acaso hay otra?) a escribir sin los tebeos. Me acabo de mudar de despacho y una buena parte de la estantería está repleta de tebeos. Mientras tecleo me consuela tenerlos cerca, tanto como la serie   Fundación , de Asimov, los cuentos de Carver, Cortázar, Cheever o Philip K. Dick; igual que   Moby Dick , ...

El éxito y el fracaso

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Una de las cosas que más debería enorgullecer a alguien, le decía ayer a Sergio mientras pedaleábamos por el campo, es que los amigos quieran pasar tiempo contigo. Me he comprado una bici nueva y, de las mejores cosas que tiene haber cuidado la antigua y no tirarla ni venderla por una miseria, es que de vez en cuando los amigos te acompañan en el pedaleo. El camino de vuelta se hace un poco pesado, suele suceder, sobre todo si hemos rodado a buen ritmo durante la ida, y la meta, como en las carreras, aunque suave, es cuesta arriba. Fue cuando Sergio recordó a Pantani. Qué pena que un tipo que había triunfado como él acabase tan mal, dijo. Nadie sabe a ciencia cierta lo que sucedió con el ciclista italiano, pero a menudo la realidad resulta menos deslumbrante que las expectativas que los demás depositan en ti. Tú has estudiado económicas, le dije a Sergio, tienes un buen trabajo y una vida razonablemente feliz, pero imagina que mucha gente te dijera  ― casi siempre con buena intenci...

El Limonar

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Por el rabillo del ojo veo la sonrisa de perro viejo curtido en muchas escaramuzas que amuebla la cara de Manolín. Debe de ser la duodécima vez que le doy las gracias. Venimos de un encuentro con los menores del centro de internamiento donde trabaja. Hace un par de meses regalé un montón de libros que salvé de la trituradora y de las implacables leyes del mercado. No es la primera vez que lo hago y procuro afinar. No quiero regalarlos y que acaben calzando una mesa o convertidos en mercancía de la que alguien pueda lucrarse. Le pregunté a Manolín si le parecía buena idea donarlos a la biblioteca del centro. A esa y a cuantas quisiera. Quienes me conocen saben de mi costumbre de rechazar la mayoría de las invitaciones que recibo, las que tienen que ver con el oficio literario y las que no, pero me ofrecí a pasar un rato hablando de libros y de lo que se terciara con los chavales. Cada vez más, con los años, uno procura hacer casi todo el tiempo las que cosas que le apetecen. Decir que s...

Insultadme con gracia

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  Hace tiempo, al presentarme a una subordinada, un editor estirado quiso hacerse el gracioso: “Ez andalú, ¿no vez cómo habla?”. No hay nadie más antipático que un andaluz al que le tocan las pelotas, creedme. Con una sonrisa helada le expliqué que el acento andaluz tiene una variada y rica gama de matices y que si para imitarme recurría al ceceo debía de ser por su pésimo oído. Lo de la poca gracia es otro asunto, añadí. No se trata de defender lo indefendible, pero si alguien piensa que por ser andaluz me voy a poner a bailar sevillanas o a contar chistes me sale el misántropo que llevo dentro y me siento más cerca de Harry el Sucio cuando quiere que le alegren el día que del Chiquito de la Calzada. El Rocío me parece una manifestación insoportable, la feria el lugar perfecto para maltratar las cuerdas vocales; y de la Semana Santa me quedo con el olor a incienso y la belleza artística, a poder ser de lejos. Pero no le voy a sonreír a nadie que piense que antes de subir al AVE he...

Roald Dahl

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Vaya por delante que nunca he leído a Roald Dalh. Quedaría muy bien decir que sí, buscar unas cuantas referencias en Google y pasar por un experto en su obra. Pero no me llevo bien con los complejos y los únicos fantasmas que tolero arrastran sus cadenas para quitarme el sueño cuando la vida se complica más de la cuenta. Recuerdo, hace años, un espléndido documental sobre su vida, y tengo sus cuentos completos en algún rincón de mi estantería, un voluminoso libro al que por pereza aún no me he acercado. Tampoco me entusiasma  Charlie y la fábrica de chocolate , tal vez por una aversión irracional a la mayoría de las películas de Tim Burton y sobre todo a Johnny Depp.  Pero todo ha sido enterarme de que la editorial Puffin va a contratar a lectores sensibles (no me invento el adjetivo) para reescribir fragmentos adecuados a los tiempos que corren y transformarme en un roaldahlóctilo de balcón. Un  hoolligan  del escritor británico, vaya. Es mi reacción natural cuando ...

Funerales en Navidad

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Por algún motivo que no me preocupo de racionalizar, padezco una peculiar alergia a las bodas y a los funerales. Si pudiera sólo iría a los míos, pero si leéis esto es porque aún sigo vivo (ya que estamos: cuando me llegue la hora brindad a mi salud, cantad una canción o buscad a alguien con la voz bonita para que recite un poema y luego enterrad las cenizas a la sombra de algún olivo anciano); tampoco me he casado y creo que cada día que pasa resulta más difícil, aunque nunca se sabe: la única condición que pongo es no llevar un anillo porque me gusta tener las manos libres.  Pero si me planto en un funeral o en una boda es porque me tocan muy de cerca y siento que debo ir, sin que nadie me obligue y mucho menos sin sentirme comprometido. Estas Navidades se han clausurado con el funeral de una persona muy cercana y muy querida. Acaso lo fácil o lo lógico sería decir que si todos los funerales son tristes aún son más tristes durante la Navidad. Las luces celebran la fiesta pero la ...