Censura
Como la mayoría, no he leído El odio, el libro de Luisgé Martín sobre José Bretón. Digo como la mayoría porque, mientras tecleo, el libro no está en las mesas de novedades. Pero no estoy de acuerdo con la retirada de los ejemplares. Prefiero confesarlo al principio, para que nadie que no le interese lo que voy a decir pierda el tiempo leyéndolo. Tampoco puedo estar seguro de si tendría curiosidad por leerlo de no haberse montado el revuelo que ha llevado a la editorial Anagrama a tomar la decisión de no distribuirlo. No creo que sea una estrategia comercial. Esto es: retrasar la venta del libro mientras la expectación crece (también la indignación) y se imprimen miles de ejemplares para distribuirlos cuando toque. Parece que Anagrama ha cedido al chantaje de las redes sociales, a la indignación de tanta gente que amenaza con no volver a comprar nada del catálogo de una de las mejores editoriales que conozco. En realidad, no sé cuántos de
quienes piden que el libro no se distribuya, juran que no lo leerán e incluso que no lo venderán (también hay libreros censores, vaya) se dejaron las pestañas viendo programas zafios de la tele que ganaron mucho dinero gracias a lo morbosa que resultaba para la audiencia un malnacido que había quemado a sus hijos. Igual que ahora, tal vez el dolor de la madre debió haber sido tenido en cuenta entonces. Es fácil dejarse llevar por la corriente, no salirse de lo que opina la mayoría. Hacer lo contrario supone un riesgo cada vez más difícil de asumir. Manda la censura, la voz de cualquier iluminado cuya opinión resulta conveniente seguir porque la siguen casi todos. No vaya a ser que dejen de comprar tus libros, no vaya a ser que te excomulguen. Prohibir la publicación de un libro sienta un precedente peligroso. Por muy doloroso que resulte lo que cuenta. No menos preocupante me parece ceder al chantaje de los indignados.
quienes piden que el libro no se distribuya, juran que no lo leerán e incluso que no lo venderán (también hay libreros censores, vaya) se dejaron las pestañas viendo programas zafios de la tele que ganaron mucho dinero gracias a lo morbosa que resultaba para la audiencia un malnacido que había quemado a sus hijos. Igual que ahora, tal vez el dolor de la madre debió haber sido tenido en cuenta entonces. Es fácil dejarse llevar por la corriente, no salirse de lo que opina la mayoría. Hacer lo contrario supone un riesgo cada vez más difícil de asumir. Manda la censura, la voz de cualquier iluminado cuya opinión resulta conveniente seguir porque la siguen casi todos. No vaya a ser que dejen de comprar tus libros, no vaya a ser que te excomulguen. Prohibir la publicación de un libro sienta un precedente peligroso. Por muy doloroso que resulte lo que cuenta. No menos preocupante me parece ceder al chantaje de los indignados.
No se escribe para contar lo que uno sabe. Se escribe para intentar comprender. Si El odio tiene algún interés es precisamente ese: entender qué pasa por la mente enferma de un tipo capaz de hacer una pira con los cadáveres de sus hijos. Entender no significa justificar ni estar de acuerdo. Es bueno, creo, explicar la diferencia. También, ya que estamos, leer A sangre fría. O El adversario.
Un libro no llega a demasiada gente. Y si llega a mucha gente, cuando llega, suele ser porque suscita un interés más allá de lo literario. Tal vez el libro de Luisgé Martín sobre José Bretón habría pasado desapercibido, como la mayoría de los miles de títulos que se publican. Pero ahora es un libro prohibido, un libro deseado, un libro cuyo valor aumenta cada día que pasa criando telarañas en un almacén.
La censura a veces puede ser un arma de doble filo.
© Andrés Pérez Domínguez, abril de 2025
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