¿Con mi dinero pago?


Necesitaba un par de buenos almohadones. El insomnio vuelve a asomarse, tantos años después. Resulta asumible cuando estás al timón en mitad de la tormenta y adivinas las grietas en la cubierta. Los he comprado, con sus fundas correspondientes. Antes fui al supermercado, y de camino a la tienda he parado a encargar un protector de pantalla para mi nueva tableta, apenas tiene unos días y me apetece mucho dibujar con ella. Todo a golpe de tarjeta, clinc, clinc, con el móvil. Resulta agradable el cosquilleo de la vibración en la palma de la mano. He usado el verbo necesitar, pero miento. O no digo toda la verdad, como si no fuera lo mismo. Los quería, me apetecía, me venían bien o deseaba consumir, simplemente. Al cabo, soy humano. Con mi dinero pago. Suelo citar a Machado, como un cultureta pedante, cuando hablo de esto. Para mis adentros me justifico tontamente con que ya aprieta demasiado la vida como para privarme. Y estos días están siendo difíciles. El timón, la tormenta y las grietas de la cubierta, dije más arriba. Otra gilipollez. Hay días que me salgo de la tabla. De la tabla de gilipolleces, digo.

Me ha dejado tocado hoy encontrar a un viejo amigo sacudido por una enfermedad. No he querido preguntar mucho: por pudor, por cobardía. Pero para redondear el día lluvioso, incómodo, uno de esos días en los en los que tragar saliva es igual que si me clavasen alfileres en la garganta, en la acera de mi casa está sentado un adolescente. Los pies negros apenas protegidos por las chanclas de mercadillo. Sollozando bajo la tormenta. Debe de ser uno de los refugiados que llevo viendo desde hace meses. Es uno de esos instantes en los que no sé qué debo hacer, pero apenas he doblado la esquina y ya he dado la vuelta. Le pregunto si necesita ayuda. Sacude la cabeza. No sé si me ha entendido. Me preocupa que piense que intento echarlo. Se lo vuelvo a preguntar en inglés y vuelve a menear la cabeza, restañándose las lágrimas con el dorso de la mano. Levanto un pulgar, sintiéndome cada vez más idiota, y repito la pregunta. Asiente, pero sigo sin saber si me entiende. Sonrío, para darle confianza. Me despido. Vuelvo a doblar la esquina. Ya no puede verme. De pie, bajo la lluvia, pienso si debería ofrecerle comida o ropa. Pero intuyo que su problema es otro. Tengo el mando a distancia del coche en la mano, pero no soy capaz de pulsarlo. Me avergüenzan las luces, el rugido del motor, el cartón de tabaco en mi mano para alguien que no debería fumar.

¿Con mi dinero pago?

Perra vida.

A veces ni los mejores poemas pueden salvarnos. 

 

 

© Andrés Pérez Domínguez, noviembre de 2025

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