Tontos sin fronteras

Hoy me voy a poner polémico, Cristóbal, y voy a hablar de un tema tabú. Y es que me da mucha pena que el mundo ande revuelto por las caricaturas del profeta Mahoma. Si te digo la verdad, yo no creo ni que el artista que las dibujó ni el periodico que las publicó tuvieran intención de ofender a los musulmanes, y en las ofensas lo que cuenta de verdad es la intención. El problema, Cristóbal, es que todo el mundo está, si me permites la expresión, acojonado: nadie abre la boca por no molestar, nadie es capaz de decir que la libertad de expresión es una de las más hermosas conquistas del hombre después de muchos años de agachar la cabeza o poner la espalda para que nos den latigazos. Hay algo todavía peor que la censura, y es la autocensura: uno no debe ponerse barreras cuando ha de decir lo que piensa y, sobre todo, cuando procura no ofender a nadie y escucha otras opiniones, además. Tú sabes, Cristóbal, que yo he escrito muchas veces contra la intolerancia, y des-de este micrófono he hablado alguna vez también de la repugnacia que me producen los tipos con la cabeza rapada a los que les afecta una xenofobia carpetovetónica. Pero eso no me impide decir que la intolerancia o la miopía que no te permite ver más allá de tus narices, por desgracia, no es patrimonio exclusivo de ningún grupo, de ninguna religión. Y me parecen muy tristes las amenazas de muerte, las recompensas que ya están ofreciendo algunos clerigos radicales para quien asesine al dibujante que plasmó a Mahoma en un periódico, me da mucha pena la resignación de algunos artistas valencianos, que han decidido eliminar de las fallas imágenes que puedan ofender al Islám. No sé, Cristóbal, pero llega un momento en la vida que uno tiene que decir lo que piensa, un momento en que los principios hay que demostrarlos con hechos, y no sólo con palabras. Y del mismo modo que me entristecen las amenazas de muerte de los radicales siento vergüenza ajena al ver en televisión a un ministro italiano que se desabrocha la camisa, igual que si estuviera en el salón de su casa, para enseñar los dibujos de Mahoma estampados en su camiseta. ¿Ves, Cristóbal? A esta clase de cosas me refería hace un momento cuando te decía que lo que de verdad cuenta es la intención. Y la intención de este cantamañanas ―me refiero al ministro italiano, claro― era de la peor calaña. No sé si en Italia a los políticos que cesan en sus cargos los recompensan con prebendas, pero no creo que sea muy diferente a lo que pasa aquí, así que, puesto que este hombre ―Calderoli, se llama― ha demostrado que no se puede ser más imbécil, me gustaría proponerlo, para quien me quiera escuchar, como presidente honorífico de alguna ONG, si es que hay alguna que se llame Tontos sin Fronteras.

© Andrés Pérez Domínguez, febrero de 2006


Comentarios

Entradas populares de este blog

Las pajas reales (o cómo escribir una felicitación navideña políticamente correcta)

La Teoría de la Relatividad

François Cluzet