Sabina y Millás
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En los últimos años le he perdido un poco la pista y ya no busco sus discos con el entusiasmo de antes, pero yo siempre he sido muy de Joaquín Sabina. Era un niño cuando lo veía en el programa de Fernando García Tola, Si yo fuera presidente, en La 2, que antes se llamaba la segunda cadena. Creo que lo ponían los martes por la noche. Y apenas me había transformado en un adolescente cuando empecé a disfrutar de sus canciones. Era la época en la que el cantante empezaba a ser conocido, pero aún no era tan famoso como lo sería años después. En esos tiempos, cada vez que me compraba un disco suyo, lo primero que hacía era leer las letras antes de escuchar las canciones. Me las sabía ―me las sé― de memoria. Cualquiera que me conozca de largo podrá atestiguar cuánto me gustaba Joaquín Sabina, cuánto me han emocionado ―me emocionan― muchas de sus canciones. Qué curioso que puedas identificarte tanto con alguien tan diferente a ti.
Hace unos cuantos años, por casualidad terminé una noche sentado en una mesa con Sabina y un puñado de escritores. Estuve todo el tiempo en silencio, sin abrir la boca. Ni siquiera crucé una palabra con él. Me pareció ridículo decirle cuánto lo he admirado. El año pasado también coincidí en una firma con Luis Eduardo Aute, otro que también me gusta mucho, y tampoco dije esta boca es mía. Viene esto a cuento porque la otra noche vi un programa en Canal + en el que el escritor Juan José Millás pasaba un día con Joaquín Sabina. Entiendo que el cantante pueda no caer simpático a mucha gente, incluso que más de uno sea refractario a sus letras, porque el de Úbeda se ha ganado a pulso, quién sabe si con voluntad o con indiferencia, una fama merecida de tipo difícil. Pero hoy, durante una buena parte de casi seiscientos kilómetros de viaje en coche llevaba puesto un cd de Sabina. Algunas de sus letras me acompañan desde que era un adolescente, y sé que seguirán haciéndolo el resto de mi vida. Y, la otra noche, durante un momento del programa, ese tipo de voz cascada que confiesa sin pudor su pasión por las drogas y la mala vida y parece que todo le resbala consiguió emocionarme hasta que se me saltaron las lágrimas.
Y a mí eso me pasa muy pocas veces viendo la tele.
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© Andrés Pérez Domínguez, julio de 2011
Comentarios
Me alegra saludarte de nuevo. Un fuerte abrazo.
A lo mejor, deberiamos retarnos en un karaoke... a puerta cerrada (y sin testigos).
Un abrazo.
Abrazos para todos,