Hola y adiós
¿Lo has pasado bien?, me pregunta, al final de la noche. El bar atestado. Una pareja amable nos ha cedido un hueco en la barra. Sólo quería ofrecer la entrada a quien de verdad pudiera disfrutarlo. Tres horas antes, en el taxi, se parte de la risa cuando le digo, medio en broma, o no tanto, que mi último concierto fue el de Spandau Ballet en Sevilla, en 1987. No pensaba ir al de Joaquín Sabina, pero ella fue el martes y tenía otras dos entradas para hoy. Me cuenta que hará todo lo posible por ir también al del sábado. Me admira su voluntad de pasarlo bien, de disfrutar. Me admiran sus ganas de vivir. Sobre todo, confiesa, me va gustar el concierto de hoy porque espero que te guste mucho a ti. Pero no quiero que se sienta como la anfitriona de una fiesta, preocupada porque sus invitados lo pasen bien antes que por disfrutar ella misma. Cruzamos la Puerta del Príncipe, la misma por la que salen a hombros los toreros, y ya tengo los vellos de punta. Nos equivocamos de asiento y para ver los números en la pantalla del móvil y resolver el malentendido todos tenemos que usar gafas de lectura. Ahí está la clave, o una de ellas: muchos empezamos a disfrutar las canciones de Sabina hace décadas. Otros aún no habían nacido la primera vez que me dejó tumbado una canción del tipo que está a punto de salir al escenario. No hay un solo momento de mi vida, alegre o triste, que no pueda contarse, o cantarse, en una letra de Sabina. He comprado todos sus discos, he leído cada letra antes de escuchar las canciones y sin pretenderlo casi todas las he memorizado. Cualquiera que me conozca un poco me habrá escuchado citarlo más de una vez, tras quedarme un instante en silencio, para subrayar alguna reflexión. No sabe cantar, protestaban ciertos examigos aguafiestas. ¿Y eso qué más da? ¿Y Leonard Cohen? ¿Y Dylan? ¿Y Javier Krahe?
A mitad de la primera canción me resbalan unos lagrimones por las mejillas. Me contengo por pudor, pero la sonrisa que me amuebla la cara ya no va a desaparecer. No recuerdo cuándo fue la última vez que me emocioné de una forma tan honda. Y qué raro, si a mí me espantan las multitudes. He estado a punto de no escribir sobre el concierto, para no malbaratar el recuerdo, quizá para mantenerlo intacto como un tesoro que prefiero tener guardado en un cofre por si alguna vez lo necesito. Pero sería un desagradecido si no lo contara. Las deudas hay que pagarlas, o intentarlo, porque cuesta responder a una emoción tan intensa con unas pocas palabras.
¿Lo has pasado bien?, me preguntó. Apuré la cerveza de un sorbo (le ahorré lo de “acertó quien el templo del morbo le puso a este bar”, me habría sentido ridículo citando a Sabina después de un concierto de Sabina), le conté algún momento reciente en que lo pasé bien, para explicarle la diferencia.
Esto es distinto, añadí. No lo he pasado bien. He sido muy feliz.
© Andrés Pérez Domínguez, septiembre de 2025
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