A la luz de una vela

   Una de dos: o me estoy haciendo viejo o antes era todo más sencillo. Tal vez las dos cosas, quizá ninguna. Hace no muchos años ibas al banco, pedías un extracto de tu cuenta y te llevabas el papelito doblado. Ahora también, pero de cuando en cuando el director de la sucursal, con mano izquierda, si la tiene, te sugiere que desde casa puedes hacer todas esas gestiones sin molestarte en esperar cola. Siempre le contestas lo mismo: que sí, que tú ya tienes una tarjeta que te dieron para mirar tu cuenta y averiguar si los editores esta vez no se han retrasado dos o tres meses en liquidarte las ventas de tus libros; pero resulta que te equivocaste una vez al teclear la clave y vuelta a empezar, y con la clave nueva, por más que lo intentas, no puedes acceder a tu cuenta. Así que el director hace como que te entiende y se vuelve a su despacho preguntándose por qué ellos tienen una oficina abierta al público en lugar de un call center, de los que cuando llamas te suena la musiquita y una voz metálica te pasa de un departamento a otro mientras corre el contador.
Lo del banco es un juego de niños comparado con las compañías de suministros: la luz, el agua, el teléfono, ya saben. Mi ordenador debe de tener un hechizo mediante el cual la clave de acceso para poder descargarme las facturas expira cada trimestre. No puede haber otra razón por la que, cuando me dispongo a bajar las facturas para que Hacienda pueda comprobar que soy un autónomo cumplidor y echemos cuentas para ver quién le debe dinero al otro, la última clave ya no sirva y, por arcanos de la informática que no soy capaz de descifrar, resulte imposible acceder a mis datos porque, según el sistema de la compañía, un servidor no existe, algo que no me sorprende porque la mayoría de los escritores estamos acostumbrados. Después de mucho rebuscar a golpe de ratón encuentro un número. Llamo, me suena la música, una voz robótica me indica varias opciones; debo marcar un número, pero mi móvil es táctil (sí, esos teléfonos que sirven para casi todo menos para hablar) y el asunto se complica; cuando por fin consigo abrir el teclado en la pantalla resulta que también he de incluir letras y en mi teléfono sólo veo números. Un alma piadosa debe de haberse dado cuenta de que hay un cliente sufriendo al otro lado de la línea y tras un par de minutos de desesperación me explica que es otro número el que debo marcar, el de atención al cliente, porque ellos se ocupan de los problemas de facturación online. ¿Pero no es eso lo que tengo? ¿No es un problema de facturación online? Con lo fácil es que te lleguen las facturas por correo, como toda la vida. Eso es lo que quiero suplicar, pero ya me han colgado. Vuelta a empezar: voz de novela de Asimov, musiquilla, lucha desigual con la pantalla táctil y otro buen samaritano cuando todo parecía perdido, alguien que parece hablarme desde el fondo de un pozo, con acento extranjero. Cual si fuera mi confesor le cuento lo que me pasa. Necesito las facturas para Hacienda. Mi asesor fiscal no deja de tirarme de las orejas cada trimestre, me dice que es por mi bien.
Después de perder toda la mañana y haber pensado que soy un antiguo me han jurado y perjurado que vuelven a mandarme las facturas por correo postal, como toda la vida. Fue la misma promesa inútil que escuché hace tres meses. Ganas me dan de estrellar el móvil contra la pared y alumbrarme a la luz de una vela antes de volver a pasar este calvario.


© Andrés Pérez Domínguez, mayo de 2015

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