Un mundo perfecto
En un
mundo perfecto debería haber una ley que prohibiera acercarse a los racistas
borrachos a la Puerta del Sol o a cualquier espacio público. En un mundo
perfecto tal vez existiera esa ley y además la policía se encargaría de hacerla
cumplir a rajatabla. En un mundo perfecto la gente no se asustaría al ver a
zoquetes uniformados con camisetas negras serigrafiadas con insignias de las Waffen
SS, o luciendo músculos o lorzas y tatuajes de gusto dudoso en el torso
mientras beben cerveza en la calle desnudos. No los dejarían entrar en el metro,
amedrentando con sus cánticos y su falta de modales a todo el que ha tenido la
mala suerte de cruzarse con ellos y no le queda más remedio que apretar los
dientes y mirar para otro lado, con los dedos cruzados para que no se fijen en
él. En un mundo perfecto, en lugar de a un hombre que sale del metro aterrado,
la bestia borracha le daría una un manotazo y una patada a la persona
equivocada, alguna que yo me sé, y se le quitarían las ganas de meterse con
nadie y le temblarían las piernas y ninguno de los cobardes que lo jalean
osaría acercarse. Si viviéramos en un mundo perfecto un chaval negro no tendría
la mala suerte de entrar en un vagón donde el más gracioso de los asnos (qué
digo asnos, ya quisieran ser tan inteligentes: los animales se acordarían de
que la estrella de su equipo tiene la piel del mismo color) al verlo tira de la
palanca para detener el metro y obligarlo a bajarse. Lástima no vivir en un
mundo perfecto donde alguien pudiera sacarlos a todos del vagón, y
ponerlos contra la pared hasta que terminase el partido mientras el tipo al que
querían obligar a bajarse sigue su camino, con todo los asientos para él solo,
amueblada la cara con una sonrisa que ninguno de esos malnacidos sería capaz de
entender.
© Andrés Pérez Domínguez, mayo
de 2015
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