El que apaga la luz




Se les ha hecho largo el fin de semana porque he estado cuarenta y ocho horas desaparecido. No fue nada del otro mundo, pero lo bastante para estar ocupado. Me llamó un buen amigo y estuvimos charlando un rato; una amiga muy querida me escribió para interesarse por mis huesos tras la caída en las piedras del teatro de Mérida. La tranquilicé, no pasa nada. Hasta tus caídas son literarias, replicó, la muy guasona. También vino alguien que me aprecia a pasar la tarde y estuvimos practicando yoga y hablando y cenando y riendo mucho. Y me llamó otro buen amigo mientras iba (él) camino de la radio. Y más cosas que me callo, claro. No es mal patrimonio ese, joder, los amigos. Por la noche voy antes de que sea tarde y estén dormidos. Hablo con ella un rato, de muchas cosas. Ya está acostada. Se encuentra mucho mejor, pero no tanto como le gustaría, como nos gustaría a todos. Trato de animarla, pero en el fondo es ella quien, con esa forma tan astuta que tiene de hacer las cosas, me anima a mí. Me agarra la mano, me taladra con los ojos y me suelta a bocajarro cuánto me quiere. Trago saliva y me miro los pies. No hay nada más bonito que te lo digan de forma espontánea, sin esperar nada, sólo para que no lo olvides. También hablo con él, cuando nos quedamos solos. Vienen nubarrones, no tengo más remedio que darle una mala noticia. Le digo cómo pienso resolver el problema, ese y otros aun peores que hacen cola, deseo su consejo. Pero ya no quiere dármelos, o siente que no debe o que, puesto que cualquier decisión condicionará mi vida, debo ser yo quien la tome. Haz lo que tú creas conveniente, resuelve, con el ceño fruncido. La responsabilidad pesa como nunca, pesa cada vez más. Pesa sobre todo porque demasiadas cosas, casi todas, dependen de mí. Septiembre va a ser un mes difícil. Otro más.

Mowgli también anda por ahí. Ya no se levanta como antes al verme, sólo mueve el rabo, de costado en el suelo fresco. Me tumbo junto a él, también de costado. Me pone las patas sobre los hombros, una suerte de abrazo perruno. El rabo castiga el suelo, enérgico. Es su hora de acicalarse y me regala la ración correspondiente de lametones. Dicen que una de las mayores muestras de cariño de un perro es cuando se está lavando y al mismo tiempo te incluye en la faena, con igual mimo que si fueras otro perro. A mucha gente no le gusta, y lo entiendo, pero me fascina cuando lo hace. Me dejo lavotear, como un cachorrillo. Ya me ducharé luego, otra vez. A su edad ya es como un octogenario, tiene el hocico nevado de canas. Quizá por eso ahora le gusta pasar tanto tiempo con ellos. Después de limpiarme a conciencia se queda dormido, las patas sobre mis hombros, el poderoso cabezón apoyado en mi frente, la trufa húmeda en mi cara. Me levanto despacio, lo acaricio para que se tranquilice y no me siga, me voy de puntillas y apago la luz. Me acuerdo de esa cita de Somerset Maughan con la que tituló Juan Bonilla una colección de cuentos hace muchos años:  “… Y cada noche yo le contaba a mis nietas historias que no acababan nunca porque ellas no me permitían ponerle el vivieron felices y me pedían que las prolongase con nuevos personajes hasta que se rendían al sueño. Entonces yo las arropaba y me iba hasta la puerta, desde donde las miraba una vez más. Sentía allí que un narrador, en el fondo, no es más que eso: el que apaga la luz. Y apagaba la luz y salía”.

Ese será el final, maldita sea, cada vez queda menos: irme de puntillas y apagar la luz para siempre.

Y luego qué más da. Luego no hay más. Luego, que el diablo me lleve también.

 

© Andrés Pérez Domínguez, agosto de 2025

 

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