Símbolos devaluados



En 1948, un escritor inglés dueño de una salud menos que precaria, excombatiente de la Guerra Civil Española, militante del Partido Obrero Unificado Marxista (P.O.U.M.), escribió una de las novelas más famosas del siglo XX, una utopía que, como todos las grandes utopías de este siglo (a saber, Un mundo feliz, La isla) que aún no se ha terminado, pese al encono de algunos, presagiaba oscuras nubes pesimistas sobre el futuro más o menos inmediato.
Planteaba Orwell un estado totalitario en el todavía para él lejano 1984. Conviene decir que esta fecha arbitraria no es más que el resultado del puro y simple azar. Esto es, del cambio de orden en las dos últimas cifras del año en que escribió la novela; por tanto, 1948 pasó a ser 1984.
En aquella desasosegadora utopía futurista se nos presentaba a un triste personaje, Winston Smith, que a duras penas ocultaba su “doblepensar” contrario al régimen, agazapado en su vivienda para no ser visto por la pantalla desde donde un circunspecto bigotudo lo observaba noche y día. Me refiero, claro está, al Gran Hermano.
Según se lee en los periódicos, el programa que ha robado el título al personaje de Orwell es un fenómeno televisivo sin precedentes, un hito en la breve historia audiovisual. Pero, qué quieren que les diga, a mí, pues bueno, allá cada cual con su tiempo, y si alguien prefiere malgastarlo viendo cómo una pandilla de concursantes se ponen las pilas, vale, de acuerdo. Pero quisiera sugerir un pequeño detalle: me gustaría que, junto a esos números de teléfono que se exhiben constantemente para votar al próximo concursante a eliminar (lo confieso, no puedo reprimir una risita morbosa al situar a los concursantes en el pellejo del pobre Winston Smith ante la jaula de las ratas). Decía, y a ver si lo digo de una vez, que echo de menos junto a esos reclamos para que los televidentes llamen y seleccionen al concursante que quieren enviar a los leones (o a que le coloquen la jaula de las ratas en la cara, máxime cuando, según tengo entendido, son ahora los propios concursantes quienes deben votar para eliminar a sus compañeros; el programa, por tanto, plagia la novela al ciento por ciento) un incentivo adicional, un plus para aquel telespectador capaz de acertar la obra de Orwell en la que aparece el personaje que da título al programa. Así, al menos, alguno recordará que el Gran Hermano, es (ha sido y espero que será, aunque después del programa me temo que nunca volverá a ser lo mismo) un símbolo mucho más serio y a tener en cuenta que la telebasura que, por desgracia, nos toca tragar.
Pero bueno, tal vez sea pedir demasiado. Si no, ahí lanzo una apuesta. ¿Se acuerda alguien, a estas alturas, de que Crónicas marcianas es el título de una novela que Ray Bradbury publicó allá por 1950?
Siempre se ha mantenido que Orwell, por fortuna para los lectores, hizo bien en no dedicarse al noble arte de la futurología, aunque, dados los resultados espectaculares de audiencia del programa, es posible que ahora mismo esté revolcándose de la risa desde su tumba al comprobar que son (somos) tantos los que se fatigan a diario mirando por el ojo de la cerradura lo que un puñado de concursantes hacen encerrados dentro de una casa, participando en un programa zafio que devalúa el valor simbólico del personaje de su novela en la medida que cada vez, por desgracia, serán más los que asocien el nombre del Gran Hermano con el programa televisivo en lugar de con la novela. En cualquier caso, hasta de lo peor puede sacarse algo positivo, y tal vez la parábola futurista de Orwell, de algún modo, se haya hecho realidad, como una de aquellas tres consignas de aquel estado totalitario que se mostraba tras la figura del siniestro Gran Hermano y que ahora ilustra con precisión fotográfica el denominador común de este programa y de quizá la mayoría de los programas televisivos del momento: “La ignorancia es la fuerza”.
Al final, ya digo, va a resultar que Orwell tenía razón. Yo mismo, redactando estas líneas, me he distraído unos instantes y, del mismo modo que Winston Smith escribía oculto de la telepantalla que lo observaba día y noche, de un modo inconsciente mis dedos han tecleado la misma frase que él garrapateaba compulsivamente: “Abajo el Gran Hermano, abajo el Gran Hermano, abajo el Gran Hermano...”.


© Andrés Pérez Domínguez, mayo de 2000.

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