Justicia poética

Para un escritor que empieza o que cuenta con la ambición utópica, aunque también legítima y descabellada, de poder vivir, o al menos comer, de las letras, vender cinco mil o sólo dos mil ejemplares de su primer libro puede resultarle tan increíble y azaroso como cuando uno ve por televisión o lee en los periódicos las noticias acerca de esas gentes afortunadas sobre las que recae el Gordo de Navidad.
Publicar, y por supuesto vender libros, aunque difícil, no es imposible: aparte del talento, o como quiera llamársele, se necesitan buenas dosis de paciencia, de trabajo, de años de lecturas y de folios arrugados de pura desesperación en la papelera y una voluntad férrea, refractaria al desaliento. Me decía una vez un amigo escritor que lo verdaderamente difícil de escribir no era la escritura en sí misma, sino soportar a pulso las toneladas de frustración que la construcción agotadora de una historia supone. Yo creo que escribir es un placer, aunque algunos lo asumen como un oficio tormentoso. Lo que ocurre es que la frustración viene dada por la dificultad, a menudo intrínseca, de que un párrafo te quede exactamente como lo tenías en la cabeza antes de plasmarlo sobre el papel.
Si uno consigue superar esa etapa de incertidumbre que se cierne sobre todo el que empieza a escribir, incluso sobre muchos de aquellos que ya tienen la experiencia de haber escrito y editado algunas novelas, ha recorrido, sin darse cuenta, un trecho enorme. Luego vendrá lo de publicar o no publicar, aunque eso, por desgracia, depende de otros factores que demasiadas veces tienen poco que ver con la literatura. Pero no hay que desanimarse: sólo con ser presentador de televisión no tiene uno garantías de publicar un libro, y además de tener éxito, aunque es muchísimo más fácil vender cinco mil (o cien mil) ejemplares para alguien que cuenta con un escaparate catódico. La recopilación de historias ajenas del libro de Ana Rosa Quintana (Daniel Steel y Angeles Mastretta hasta el momento) han levantado una polémica que, quizá por lo frecuente, no debería escandalizar a nadie, sobre todo cuando los lectores ávidos de morbo, o de curiosidad, han esquilmado de Sabor a hiel las estanterías, ahorrándole a la editorial el trabajo de retirar los ejemplares de las librerías. No sé si a Ana Rosa Quintana se le habrán quitado las ganas de escribir (o de que le escriban) otra novela, y tampoco me importa, la verdad. Tal y como está el panorama es posible que ya tenga ofertas millonarias para la próxima, antes incluso de tenerla en la cabeza, la novela, debido a la espectativa tan grande de ventas de la (hipotética) siguiente. Al menos queda el alivio de agradecer o sonreír al Destino, cínico cuando uno menos se lo espera, porque la misma semana que se descubre el asunto bochornoso de un libro que lleva vendidos cien mil ejemplares en apenas cuatro meses, a Gao Xingjian, un chino desconocido, con un ordenador menos travieso que el de Ana Rosa, exiliado en Francia desde hace más de diez años, cuyos libros rechazaron todas y cada una de las grandes editoriales galas, un escritor que vive en un apartamento minúsculo de las afueras de París, que a fuerza de su tesón y su paciencia y la colaboración gratuita de unos amigos traductores ha conseguido publicar La montaña del alma, libro que tal vez por las buenas críticas, ha logrado vender la modesta cifra de menos de diez mil ejemplares en cinco años, le han concedido el Nobel de Literatura.
Ya sabía que el tiempo ponía las cosas en su sitio, pero no imaginaba que tan deprisa.

© Andrés Pérez Domínguez, octubre de 2000.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Las pajas reales (o cómo escribir una felicitación navideña políticamente correcta)

La Teoría de la Relatividad

El payaso Trump