La Europa de Babel

Desde los tiempos de Carlomagno, bien sea mediante la conquista militar o bien mediante la homogeneidad de mercado, no se recuerda un espíritu común europeo por parte de los dirigentes del continente como el de los últimos años. Parece que Europa, a trancas y barrancas, camina por fin unida ante en busca del bienestar de sus ciudadanos. Primero el Mercado Común, luego la Comunidad Europea, ahora la Unión Europea, se trata siempre del mismo perro pero con distinto collar.
Debe de ser estupendo, no voy a negarlo, una alianza de países europeos, pero hay veces que me pregunto si el precio que hay que pagar en el camino no es demasiado alto, si el peaje para convertirnos en un país civilizado (parece como si los españoles tuviésemos un complejo carpetovetónico de lo contrario) supone la pérdida del sentido de la existencia por parte de una generación de pescadores, ganaderos o agricultores que sacuden la cabeza resignados mientras se preguntan qué puede reportarles de bueno la Unión Europea. Recuerdo hace un par de años la escena, poco menos que triste, de los olivareros de Jaén ofreciendo un desayuno a base de pan con aceite al comisario Fischler, que a la postre sólo sirvió para endulzar el paladar y engordar el estómago del austriaco, que al final se salió con la suya. Y es que el resultado estaba cantado de antemano: es poco menos que imposible que un centroerupoeo pueda entender y asimilar en un rato, o en media vida, una tradición milenaria asentada en nuestras costumbres, del mismo modo que es difícil que un olivarero de Jaén, por ejemplo, pueda tener los mismos intereses que un pastor tirolés. Cuando pasan estas cosas me acuerdo de los agentes de la NKVD (antigua KGB) soviéticos que visitaban Sevilla en los años de la República y miraban atónitos los carteles que animaban a la revolución proletaria compartiendo fachada con los de la Virgen de la Macarena. Tal vez España, como reza el tópico, sea diferente. Y bendita (ya que hablamos de Vírgenes) la hora.
Ahora que el acuerdo pesquero con Marruecos se ha gafado, ve uno las imágenes de los pescadores de Barbate desolados ante la impotencia y no le queda otro remedio que preguntarse a uno hasta qué punto los comisarios europeos, esos que deben de sudar sangre defendiendo nuestros intereses, se han dejado la piel pensando en España. Tal vez, como en todas las negociaciones de alto nivel, hayan pensado en el bien común, en el europeo, que a veces, por desgracia, no es el mismo que el de España.
Pero bueno, todo sea en pos de la modernidad, de la moneda única (escalofríos me dan cuando pienso en las calculadoras echando humo en los mercados de los pueblos cuando llegue el Euro), de la política común, del idioma oficial (el francés, por supuesto), del progreso. Es de suponer que los políticos que gobiernan la Unión Europea se ocupan de asuntos importantes, de los que tienen que ver con el continente y el resto del Mundo y no de los aburridos asuntos domésticos. Pero tal vez, pienso, alguien debería reparar en que hay algo que chirría en toda esta parafernalia de funcionarios que van y vienen de Bruselas trajeados y están tan ocupados por la fiebre aftosa y las vacas locas (al final hasta las enfermedades raras se extienden a nivel europeo), sobre todo cuando en Bélgica, un pequeño país de la Unión Europea, han colisionado dos trenes porque los responsables del cambio de agujas de las estaciones de Wavre y Lovaina no se entendían. Y no es que no se entendieran por un asunto meramente laboral, sino que uno hablaba en francés y el otro respondía en flamenco. Al final, ocho muertos y doce heridos.
Con noticias así hay que rendirse a la evidencia: a la Unión Europea le queda un trecho muy largo por recorrer. Y lo malo no es eso, ni el tiempo que llevará si es que alguna vez se consigue, sino los agricultores o los pescadores que se quedarán en el camino en aras del bien común.
Ojalá que no sean más de los que ya han sido.

© Andrés Pérez Domínguez, abril de 2001

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