Palabras huecas


Cuando uno empieza a estudiar una carrera tiene la esperanza legítima de trabajar en algo que le ilusione, que le ayude a formarse como persona, y emociona ver a la gente que acaba de licenciarse —o diplomarse— llegar a su primer día de trabajo, con la ilusión de lo aprendido, dispuesto a aportar su granito de arena a una profesión y, de paso, si es posible, cambiar el Mundo. Por desgracia, la mayoría de las veces no es así, y una vez que el deslumbramiento de los primeros momentos en un puesto para el que se ha dejado las pestañas estudiando deja paso a la rutina, se va descubriendo la triste realidad, poco a poco, al principio sin querer reconocerlo, pero después no queda otro remedio que rendirse a la evidencia y mirar para otro lado con el riesgo de convertirse en algo que nunca habíamos querido ser, o tal vez, los más osados, apretar los dientes, liarse la manta a la cabeza y buscarse la vida en otro oficio, en otro gremio, con los dedos cruzados esperando que no sea tan mezquino como el que se acaba de abandonar.
Algún que otro médico después de estudiar su carrera y aprobar el deseado MIR sacuden la cabeza impotentes en su turno de guardia de Urgencias y reconocen que, la mayoría de las veces, lo único que pueden hacer es achicar un poco de agua para que la nave se mantenga a flote, pero nada más: les sobran enfermos y les faltan medios. Otras veces, ambiciosos estudiantes de económicas no tardan en verse abocados a aflojarse la corbata exhaustos después de pasarse una jornada intentando vender pólizas de seguros en la sucursal de un banco. Se preguntan quizá, los médicos y los economistas, por qué nadie les advirtió que iban a estudiar para esto.
No sé si a los abogados les sucederá lo mismo. Igual sí, por lo menos a algunos. Recuerdo el revuelo que se armó hace algunos años cuando Pedro Pacheco afirmó aquello de que la justicia era un cachondeo. Creo que estuvieron a punto de inhabilitarlo o multarlo. Tal vez, una de las muchas desventajas que tiene dedicarse a la política sea que uno no puede decir la verdad, de viva voz y con la boca llena. Es de suponer, que cuando un estudiante comienza la carrera de Derecho se le ponen los vellos de punta al oír el sonido de palabras tan grandes que uno, que se considera ingenuo, casi tiene que contener el acto reflejo de hacer una reverencia al escucharlas. Palabras como Ley o Justicia parecían antes —o tal vez nunca lo fueron pero así lo creíamos— conceptos sublimes bajo los que un buen ciudadano podría protegerse, como si fueran tótems sagrados cuya sombra nos protegiera de las maldades. Pero, o es que nunca fueron esos monolitos protectores y uno fue siempre demasiado crédulo como para pensar que lo eran o es que a quienes se encargan de mantenerlos —los monolitos— les da miedo utilizar sus poderes, como si la tierra fuera a temblar bajo sus pies después de haber conjurado su espíritu. Yo no estudié Derecho, pero ya que últimamente los conceptos de Ley y Justicia son algo que últimamente se me antojan confusos, espero que al menos algunos de quienes sí estudiaron leyes se revuelvan en sus despachos al saber que a un hombre al que podían caerle varios años de cárcel por haber pegado a su ex esposa un juez le ha impuesto la irrisoria condena de varios fines de semana de arresto domiciliario. Según parece, importa poco que llevase dos años sin pagar la manutención de sus hijos, y, por lo visto, que en el momento de propinar la paliza a la mujer empuñase un cuchillo no es más que una pequeña anécdota. Parece que es más importante el hecho de que llevase el cuchillo y no se lo clavara a la mujer que la paliza en sí misma. Cualquiera sabe. A lo mejor esgrimía el arma mientras pateaba a la esposa porque estaba cortando jamón y pensaba volver a sacar finas lonchas de Jabugo después de la sesión de puñetazos, o tal vez estaba el hombre ofuscado porque se le había estropeado el abrelatas y estaba peleándose con una lata de boquerones en escabeche cuchillo en mano y su mujer le molestó en el momento que sudaba a chorros, mordiéndose la lengua mientras se le resistía la tapa del envase.
Qué gracia. El año pasado, un campesino de Granada, un hombre probablemente analfabeto para quien las palabras Ley y Justicia deben de infundir tal respeto que se despoja de la gorra al escucharlas, estuvo a punto de ser condenado a dos años de prisión porque había arrancado un manojo de hierbas protegidas para condimentar un caldo en la cocina de su casa. Supongo que los jueces a veces se ponen serios y se les llena la boca al recordar las palabras que aprendieron en la facultad de Derecho. Sólo resta esperar que acierten a la hora de aplicarlas, si no, pronto veremos cómo a cualquier desalmado que maltrata a su esposa o viola a una jovencita que tiene la desfachatez de no ser virgen es condenado a irse a la cama sin postre.

© Andrés Pérez Domínguez, abril de 2001

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