Miedo

Miedo


Decía Maurois que el miedo es el más peligroso de los sentimientos colectivos. Pero hay muchos tipos de miedo y, alguno de ellos, cuando es el resultado de la suma de los miedos de mucha gente, se convierte en algo más aterrador incluso que el hecho que ha provocado el temor de aquéllos. No es lo mismo el miedo a la oscuridad, por ejemplo, que el miedo a lo que nos resulta desconocido o simplemente diferente. Por más que lo pienso no se me ocurre nada malo en pensar que pueda haber mucha gente con miedo a la falta de luz: que millones de personas sientan terror de quedarse a oscuras no es malo para nadie salvo para ellos mismos, y no se hacen manifestaciones, se cortan carreteras o incluso se esgrime un bate de béisbol por ello. Aunque ya han pasado un par de años nadie ha olvidado el miedo colectivo que causó aquellos lamentables sucesos en El Ejido, donde unos desalmados con bates de béisbol, escopetas de aire comprimido y pasamontañas, mancillaban el buen nombre de sus vecinos cazando moros.
Se le llama racismo, o xenofobia, pero tal vez sea mucho más simple que eso. Ahora que algunos ciudadanos de Almería han puesto el grito en el cielo porque se pretende instalar en su barrio un consulado de Marruecos me vuelvo a preguntar si en vez usar eufemismos y buscar explicaciones más o menos disparatadas a lo que sucede no deberíamos hablar sencillamente de eso, de miedo, de miedo a lo distinto, de miedo a otra cultura, a otra lengua, a otra religión. Aunque algunos han apuntado, creo que con mucha razón, que si se tratase del consulado de Estados Unidos, por ejemplo, o de Dinamarca, nadie habría protestado. Queremos ser europeos a toda costa, mirar más allá de los Pirineos y que nos consideren un país tan moderno como cualquiera de los de la Unión Europea. Nos cuesta mirar al otro lado del Estrecho, no queremos hacerlo, tal vez porque la inmigración nos recuerda lo que los españoles fuimos hace no tanto tiempo, y tal vez ése sea otro de los miedos que se transforman en un monstruo peligroso cuando son el resultado de la suma de los otros miedos: el miedo a lo que fuimos un día, a vernos reflejados en esos rostros morenos y ateridos que se juegan la vida al cruzar de una a otra orilla del Mediterráneo.

© Andrés Pérez Domínguez, noviembre de 2001

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