Porteros

A mí también me ha sucedido alguna vez. Harto de hacer cola, soportando el frío glacial de una noche de invierno y, cuando te llega el turno, una manaza te sujeta el pecho sin contemplaciones. Un momento, por favor; aunque, a veces, ni siquiera dicen eso, ni un momento ni por favor, se limitan a mirarte de arriba abajo, los zapatos, el color de los calcetines o la calidad del tejido de tu cazadora: llevar calcetines blancos, un par de zapatos baratos y, además, no tener la suerte de ir acompañado de una señorita cuyo buen gusto en el vestir equilibre la balanza de tus escasas dotes para ir bien arreglado, supone, cuando menos, tener todas las papeletas para que, en el mejor de los casos, te pidan un carnet de socio que nadie sabe dónde obtener o que el portero —o los porteros, porque suelen ser varios, todos ellos enormes como armarios de dos por dos—, vuelva a mirarte de arriba abajo, con una sonrisita, como perdonándote la vida, y te señale el camino de salida.
La mayoría, supongo, se conforma, o tal vez masculla un exabrupto para sus adentros cuando ya no puede oírlo el cancerbero. Sin embargo, por desgracia, a veces se lía. Al chaval de los calcentines blancos que a lo mejor lleva toda la semana machacándose el lomo repartiendo congelados —o lo que sea—, se le cruzan los cables e intercambia alguna que otra palabra subida de tono con el vigilante, que, si tiene dos dedos de frente, solventará el asunto con mano izquierda y la discusión no pasará a mayores. Total, él cumple órdenes, y no hay por qué echarle la culpa. Lo peor es cuando se excede de sus funciones, se pone gallito y los compañeros acuden, con los colmillos rezumando baba, al olor inminente de la sangre.
Algo así debió de pasar la otra noche en el Maremàgnum de Barcelona, cuando el ecuatoriano Wilson Pacheco tuvo la mala fortuna de plantarse en la puerta del Caipirinha con sus amigos, sus zapatos baratos y sus rasgos inconfundibles de suramericano.
Y es que, no me canso de decirlo, nos estamos volviendo de un moderno que asusta. Hace diez años, en Alemania, me impidieron la entrada en alguna discoteca con un argumento taxativo: “Aussländer verboten”, es decir, “prohibido extranjeros”.
Ya digo, apenas hemos tardado un decenio en convertinos en un país civilizado y moderno.

© Andrés Pérez Domínguez, febrero de 2002



















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