La silla de ruedas

Es un día de junio, un día entre semana. Un día de esos que, si hay sol, cualquier playa, por muy atestada que pueda estar en julio o en agosto, se antoja un paraíso que cuenta con resignación las jornadas que faltan para ser invadido por legiones de toallas, de carnes ansiosas de rayos ultravioleta y litros de bronceador que se diluirán en el mar para confundirse con la espuma del rompeolas.Pero hoy apenas hay nadie en la arena: no más de una docena de privilegiados y, junto a la orilla, dejándose acariciar por la rompiente, una silla de ruedas vacía.Nadie, por muy fuertes que sean sus brazos, puede arrastrar sin ayuda una silla de ruedas desde el paseo marítimo hasta la orilla: la arena es demasiado blanda y enseguida el centenar de metros que separa el mar de la civilización se convierte en un abismo insalvable. Acabo de sentarme en la toalla y ya estoy buscando al dueño de la silla. A mi lado, un matrimonio de sexagenarios mira el mar protegido bajo una sombrilla, con el aburrimiento de quien ya no tiene nada que decirse. Al otro lado, más cerca, la solitaria silla de ruedas. La respuesta la encuentro en el mar: una pareja se baña, abrazados a una distancia prudente de la orilla. Desde fuera resulta imposible saber quién sujeta a quién, cuál de los dos no puede andar —él o ella— o quién habrá empujado penosamente la silla hasta el borde del mar y habrá ayudado al otro a sumergirse en el agua, donde pueden flotar los dos y sentirse iguales, donde pueden abrazarse y besarse y tocarse sin temor a caerse. Porque se besan, se besan apasionadamente dentro del agua, se besan como si se tratase de la primera vez que lo hacen, o tal vez como si fuera la última, y me fascina no saber cuál de los dos es el inválido, si ella, cuyos brazos se enroscan al cuello del hombre como una serpiente cariñosa, o él, cuyas manos hurgan sin duda bajo el agua en las oquedades íntimas de la mujer.Aparte de mí, nadie parece haberse dado cuenta de lo que sucede bajo el agua. Nadie, salvo la mujer de la sombrilla que, por desgracia, se ha percatado de los besos y de las caricias y habla sola, despotricando contra la pareja mientras dirige miradas de soslayo a su esposo, que no levanta la vista del periódico, y a mí, que atiendo a la escena fascinado, sin prestar atención a las quejas de la mujer que van aumentando por momentos.De pronto, aquí, tumbado en la arena, me acuerdo del lisiado Burt Lancaster en la película Trapecio, radiante de felicidad haciendo el pino junto a su amigo Tony Curtis. Burt Lancaster se había quedado cojo y, del mismo modo que el dueño —o la dueña— de la silla de ruedas en el mar, sólo se sentía un hombre completo dando saltos mortales bajo la carpa del circo o paseando haciendo el pino.
Vi Trapecio de niño, hace muchos años, y recuerdo, también de niño, haber encontrado la novela de Max Catto en la que se basaba la película en las estanterías de la biblioteca de mi pueblo, con los retratos de Gina Lollobrigida, Burt Lancaster y Tony Curtis en la portada. No pude resistirme a coger el libro para leerlo en casa, pero la encargada de la biblioteca se erigió de repente en espada flamígera, en guardiana de las buenas costumbres y experta en lecturas apropiadas para adolescentes. Éste es un libro para adultos, espetó, y no me dejó llevármelo.Ahora, tumbado en la toalla, mientras escucho las imprecaciones absurdas de la mujer que se escandaliza bajo la comodidad de su sombrilla, sin pensar en el privilegio maravilloso de sus dos piernas, que le servirán para salvar el estrecho tramo que la separa del paseo marítimo, vuelvo a sentir en su voz las palabras de la vieja bibliotecaria, cuando era un niño que no podía levantar la voz para protestar, cuando tuve que volver a colocar en la estantería aquella novela que jamás leí.

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